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Turbulencia En Medias De Seda, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Revisión de cabina

Después de colgar, Isaura y Luciano se acuestan por primera vez hasta el amanecer; ella se va a volar con una nota: lo suyo era él, no las películas.

"Sí, mi amor, te escucho."

Isaura tenía el teléfono pegado a la oreja y la voz más tierna del mundo.

Su mano seguía subiendo y bajando por mi verga bajo la cobija.

"¿Que si extraño la casa?" Me miró con los ojos verdes llenos de malicia. "Mucho. Está muy solita."

Me tapé la boca con el antebrazo.

Cada vez que su pulgar me rozaba la cabeza, el cuerpo entero se me arqueaba contra el colchón.

Del otro lado de la línea mi tío contaba algo de un clima malo en Monterrey y de un desayuno con la gente de la base.

Ella decía "ajá" y "qué horror" y "cuídate mucho".

Me soltó un segundo.

Se llevó los dedos a la boca y los chupó despacio, sin dejar de mirarme.

Volvió a tomarme.

Ahora el movimiento estaba mojado, resbaloso, tan bueno que me mordí el brazo para no gemir.

"Yo también te quiero", dijo ella.

Y colgó.

Dejó el teléfono sobre el buró con un golpecito suave.

Después se echó a reír, silenciosa, con la frente apoyada en mi hombro.

"Pobrecito", susurró. "Casi te desmayas."

"Eres una bruja."

"Y tú estabas a punto de venirte en mi mano como un adolescente."

"Tengo veintidós."

"Exacto."

Me quitó la cobija de un jalón.

Me quedé desnudo y duro bajo la luz del buró, con el pecho subiendo y bajando, y ella me miró de arriba abajo sin disimular nada.

"Qué bonito estás", dijo. "Con razón ibas por el pasillo con esa toalla tan chiquita."

"Dices que no hablara."

"No quise decir esto." Pasó una uña por mi muslo. "Aunque esto sí se puede."

Se bajó de la cama.

Se paró frente a mí, con el liguero y las medias y el encaje negro, y se llevó las manos a la espalda.

El sostén cayó al piso.

Se me paró el corazón.

Tenía los pechos grandes, pesados, con los pezones oscuros y duros, y una marca blanca de bikini en la piel que le subía hasta las costillas.

"Mírame bien", ordenó. "Quiero que me veas completa."

La miré.

Ella bajó los dedos al borde de los calzones.

Los deslizó por las caderas muy despacio, hasta dejar solo el liguero y las medias.

Su panocha era suave y oscura, depilada a medias, con los labios brillantes de humedad.

"Isaura", dije, con la garganta seca.

"Eso. Así me gusta."

Volvió a subirse a la cama, de rodillas entre mis piernas.

Se inclinó.

Sentí su aliento caliente sobre mi verga, y después su lengua.

Un lametón largo, lento, desde la base hasta la punta.

Gruñí.

Ella sonrió contra mi piel.

"Quietecito."

Cerró los labios alrededor de mí y me tomó por completo.

Era caliente, apretada, resbalosa.

Bajaba muy hondo y subía despacio, chupando fuerte, con la lengua pegada abajo.

Cada vez que llegaba a la punta me daba un golpecito con la lengua que me hacía ver blanco.

Le hundí las manos en el pelo.

Ella me las quitó con un manotazo.

"Las manos en la cama."

Obedecí.

"Muy bien." Se limpió la boca con el dorso de la mano. "Eres buen niño."

Volvió a mamármela.

Metió una mano entre mis piernas y me acarició los huevos mientras tragaba hasta la garganta, y yo apreté las sábanas hasta que me dolieron los dedos.

"Isaura, me voy a venir."

Se detuvo.

Me miró desde abajo, con los labios hinchados y brillantes.

"Todavía no."

"Por favor."

"Ni por favor." Subió gateando por mi cuerpo hasta ponerse sobre mí. "Primero quiero que me comas."

Se sentó sobre mi cara.

Me quedé sin aire.

Tenía su panocha justo encima de mi boca, tibia, olorosa, con una gota brillante bajándole por el muslo.

"Ándale, Lucho."

La lamí.

Fue un lengüetazo torpe, nervioso, de arriba abajo.

"Más despacio", dijo ella con la voz ronca. "Con la punta. Ahí arriba."

Probé donde me decía.

El sabor era salado, dulce, mejor que cualquier cosa.

Cuando mi lengua encontró el clítoris, ella soltó un gemido largo y se agarró del cabecero.

"Ahí. Justo ahí. Así."

Obedecí.

Chupé, lamí, giré la lengua en círculos pequeños, y ella se frotaba contra mi cara con los muslos temblando.

"Qué bien lo haces", jadeó. "Qué bien, mi amor, qué bien."

Me abrió los labios con dos dedos para que la lengua llegara más hondo.

Se la metí.

Ella gritó, se mordió el puño y se vino sobre mi boca con un temblor largo, empapándome la barbilla.

Me quedé ahí hasta que dejó de moverse.

Se bajó de mí con las piernas flojas, respirando como si hubiera corrido.

"Dios, Lucho."

"¿Estuvo bien?"

"Cállate." Se rio, sin aire. "Me vas a hacer llorar."

Me besó.

Fue un beso hondo, sabiendo a ella y a mí.

Yo la tomé por las caderas y la acosté de espaldas.

Se dejó.

Me acomodé entre sus muslos, con las medias de seda rozándome las costillas, y la miré a los ojos.

"¿Ahora sí?"

"Ahora sí."

Le puse la punta en la entrada.

Estaba tan mojada que me deslicé sin esfuerzo, hasta el fondo, en un solo empujón.

Ella arqueó la espalda y soltó un grito ahogado.

Yo también.

La sentí apretarme por dentro, tibia, apretadísima, latiendo alrededor de mi verga.

"Quédate quieto", pidió. "Un segundo. Déjame sentirte."

Me quedé.

Le temblaban los muslos.

Me miró con los ojos húmedos.

"Hace dos años que nadie me hace esto."

"¿Dos años?"

"No hables."

Me moví.

Primero lento, retirándome casi del todo y entrando de golpe.

Ella me clavaba las uñas en la espalda.

Después más fuerte, con las caderas chocando, el colchón rechinando, las patas de la cama golpeando la pared de tablaroca.

"Más", gemía. "Más fuerte, Lucho. No te contengas."

La embestí con todas mis ganas.

Las tetas le rebotaban en cada empujón.

Le chupé un pezón y ella gritó mi nombre.

"Así, mi amor. Qué rico. Qué verga tan rica."

Me puso las piernas alrededor de la cintura y me atrajo más hondo.

Las medias de seda me raspaban la piel de una manera deliciosa.

"Voltéame", dijo de pronto.

La giré.

Se puso a cuatro patas sobre el colchón, con el culo levantado y la cara hundida en la almohada, y me miró por encima del hombro.

Era la imagen más hermosa que había visto en mi vida.

Me agarré de sus caderas y volví a entrar.

Ella gimió contra la almohada.

El sonido de nuestros cuerpos llenaba el cuarto, húmedo, rápido.

"Dame más", pidió. "Dame todo."

Le di una nalgada.

Se rio, medio llorando de placer.

"Otra."

Le di otra, y su panocha se contrajo a mi alrededor.

Estiré la mano y le froté el clítoris con los dedos mientras la cogía, y su cuerpo entero se tensó.

"Voy a venirme", jadeó. "Otra vez. Lucho, otra vez."

"Vente."

"No pares."

No paré.

Se vino con un grito que mordió en la almohada, apretándome tan fuerte que yo ya no pude aguantar más.

"Isaura..."

"Adentro", pidió. "Quiero sentirte."

Me hundí hasta el fondo.

El orgasmo me recorrió la columna como un latigazo y me vine dentro de ella en chorros calientes, una vez, otra vez, hasta quedarme sin fuerzas.

Caímos de lado.

Respiramos.

Su espalda sudada contra mi pecho.

Mi mano abierta sobre su vientre.

El mundo había dejado de existir.

Ella se giró en mis brazos.

"Dime que no me vas a decir nada."

"Soy una tumba."

"Dime que lo vamos a hacer otra vez."

Me reí.

"Cuando quieras."

"Ahora."

Lo hicimos otra vez.

Más lento, con ella encima, moviéndose como si flotara.

Y otra vez al amanecer, medio dormidos, con la luz gris entrando por la ventana y su pierna sobre mi cadera.

Sonó la alarma de su teléfono a las cinco y media.

Isaura se estiró como un gato y me besó el hombro.

"Tengo vuelo a las ocho."

"Quédate."

"No puedo."

Se levantó, desnuda, y la vi entrar a mi baño sin vergüenza.

Cuando salió, ya se había vestido.

Traía el uniforme azul marino, la blusa blanca perfectamente abotonada, la pañoleta de seda roja anudada al cuello y la falda recta justo arriba de la rodilla.

Las medias de seda color piel le brillaban a la luz.

El pelo recogido en un chongo impecable.

Se veía como la sobrecargo más respetable de Guadalajara.

Y yo, tendido en la cama con las sábanas hechas bola, sabía exactamente cómo gemía.

Se agachó para darme un beso corto.

"Regreso el jueves por la noche", dijo contra mi boca.

"¿Y ya?"

"Y no te toques."

"¿Cómo?"

"Todo es mío, Lucho." Me mordió el labio, suave. "Aprende a esperar."

Salió.

Escuché el motor del coche alejarse.

Sobre el buró había una nota doblada en cuatro, con su letra redonda.

La abrí con las manos todavía temblando.

"Anoche no te pedí unas películas. Te pedí a ti. Hasta el jueves, mi niño."

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