Una Noche Con La Universitaria Del Vagón, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: Amanecer sin tren
Me desperté con la cara de Iván a diez centímetros de la mía y una luz blanca en los párpados.
Dormía de lado, con un brazo sobre mi cintura, el pelo revuelto y los lentes torcidos sobre la almohada.
Parecía un niño.
Cuando abrí del todo los ojos, entendí por qué la luz era tan blanca.
Por la ventana, entre las cortinas, no se veía el altiplano.
Se veía nieve.
Una pared lisa de nieve, que subía hasta la mitad del cristal, y encima un cielo gris perla del que seguían cayendo copos grandes y lentos.
El tren estaba inmóvil.
Me incorporé con cuidado de no despertarlo.
El camarote olía a lana, a piel tibia y a sexo.
Mi franela estaba arrugada en el suelo, mi pantalón colgaba del estante, y sobre la colcha había una mancha oscura que miré sin vergüenza.
Me puse el suéter sobre la piel desnuda.
El cascabel seguía en mi tobillo.
"Buenos días", dijo una voz ronca.
Iván tenía un ojo abierto.
"Buenos días, doctor."
"Todavía no soy doctor."
"Sonámbulo."
"Tú eres la sonámbula."
"Ya no. Me desperté."
Sonrió con la cara aplastada en la almohada.
"¿Y cómo se siente?"
"Hambre."
"Yo también."
Nos vestimos con una mezcla de risas y de torpeza.
Él me ayudó a abrocharme el sostén, con dedos tan cuidadosos que me ardió la espalda.
Yo le arreglé el cuello de la camisa.
En el pasillo del vagón había más gente de la que imaginaba.
Pasajeros con mantas sobre los hombros, niños jugando en el suelo, una mujer mayor con una olla de api morado que repartía vasos de plástico.
Todos hablaban a la vez.
Nos cruzamos con el conductor, que bajaba por el pasillo sacudiendo la nieve de su gorra.
"Señores, señores, calma", decía. "Ha caído más de un metro sobre la vía. Están despejando con una máquina desde Uyuni, pero no llegará hasta la tarde."
"¿La tarde?", preguntó alguien.
"Unas diez horas, calculo."
Un coro de quejas recorrió el vagón.
Yo me quedé mirando a Iván.
Él me miró a mí.
Diez horas.
"¿Vamos a desayunar?", dije.
"Vamos."
El coche comedor era un vagón largo, de mesas estrechas con manteles de cuadros, donde un camarero con chaleco servía té de coca, pan casero y huevos revueltos.
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