Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 8 de 24
Capítulo 8: Nueve semanas
Claudio llegó a Niebla esa misma noche, después de ocho horas de carretera y de doscientos kilómetros sin parar.
Oí el auto antes de verlo.
Fue un motor grande que frenó junto a la puerta de la casa, sobre el ripio, con un chirrido de neumáticos.
Después, el golpe seco de una puerta de coche.
Apagué la lámpara de la cocina.
Me quedé de pie en la penumbra, con la espalda pegada a la pared.
Los golpes no tardaron.
"Javiera."
No contesté.
"Javiera, sé que estás ahí."
Más golpes.
Me llegó su voz a través de la madera, ronca y quebrada, la voz de un hombre al que han arrancado la ropa.
"Por favor. Ábreme."
"No."
Dije la palabra sin levantar la voz.
Pero él la oyó.
Los golpes cesaron.
Hubo un silencio largo, roto por el goteo del techo y el ladrido lejano de un perro.
"Estuviste embarazada", dijo al fin.
Cerré los ojos.
"Estuviste embarazada de nueve semanas y no me dijiste nada."
"No."
"Era mi hijo."
"Era mío primero."
"Javiera..."
"Era mío cuando tenía dos rayas en una bolsita de farmacia, mientras tú te arrodillabas delante de otra mujer."
Oí un sonido sordo, como si él se hubiera dejado caer contra la puerta.
"Lo sé", dijo. "Lo sé, lo sé. Lo leí esta mañana. En el informe de la clínica. 'Aborto espontáneo por traumatismo.' Pensé que había un error."
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