Amante En La Sombra, novela · Capítulo 2 de 16
Capítulo 2: La mañana siguiente
Renata interrumpe el embarazo, recoge sus cosas y deja la llave en la mesa mientras Valentín finge un imprevisto; su hermano la invita a cenar con Josefina.
La doctora no me hizo ninguna de las preguntas que esperaba.
Me miró un momento, cerró el expediente y se quitó los lentes.
"Renata, ¿estás segura?"
"Sí."
"Es una decisión legal y es tuya. Pero quiero asegurarme de que no la tomas por un impulso."
"Esta mañana tenía una razón para querer tenerlo." Sostuve su mirada. "Esta tarde ya no."
Ella asintió despacio.
No me preguntó más.
Me explicó el procedimiento con voz clara y sencilla.
Me dijo que podía hacerse al día siguiente, a primera hora, que sería rápido, que no me dolería más que una cólica fuerte.
Que podía llevar a alguien.
"Voy sola."
"¿Estás segura?"
"Sí."
Salí de la clínica y me quedé un buen rato en el estacionamiento, con el motor apagado y las manos en el volante.
No lloré.
Eso me sorprendió.
Pensé que iba a derrumbarme.
Pero algo dentro de mí se había apagado, como un interruptor.
Dormí esa noche en mi apartamento de arriendo en Teusaquillo, el que conservé por si acaso.
Aldo me llamó dos veces.
No contesté.
Valentín no llamó ni una.
A las siete de la mañana ya estaba otra vez en la clínica.
La doctora me tomó la mano antes de entrar.
"Si quieres parar en cualquier momento, paras."
"No voy a parar."
Fue rápido.
Un cuarto blanco, una enfermera que me hablaba en voz baja, una luz muy fuerte y un silencio denso.
No sentí culpa.
Sentí frío.
Y al salir, una paz extraña, cansada, como la de quien termina de limpiar una casa donde ya no va a vivir.
Volví al penthouse a las cuatro de la tarde.
Entré por el ascensor de servicio, por costumbre.
La señora de la casa me esperaba en la cocina con un caldo caliente.
Me abrazó sin preguntar nada.
"Hay un bolso grande en el closet", le dije. "Voy a necesitar tu ayuda."
Ella me miró a los ojos.
Y asintió.
Empaqué en cuarenta minutos.
Mis libros de traducción.
Mi ropa.
El cepillo de dientes que dormía junto al suyo.
La foto de los dos en una playa de Santa Marta, hace dos años, la única que nos hicimos juntos.
La dejé donde estaba.
Valentín llegó a las nueve de la noche.
Lo oí abrir la puerta del apartamento.
Dejó las llaves en la mesa.
Entró a la sala con el nudo de la corbata flojo, el pelo revuelto y el olor de otra mujer pegado al saco.
No era mi perfume.
Era fresco, de azahar.
Me miró desde la puerta.
Yo estaba sentada en el sofá, con un bolso a los pies.
"Renata."
"Valentín."
"Qué... ¿qué haces aquí?"
"Vivía aquí. Tres años."
Se pasó una mano por la cara.
"Perdón por lo de ayer. Se me pasó el día. Tuve un imprevisto."
"¿Un imprevisto?"
"Un asunto de la empresa. Muy complicado." Dejó caer los brazos. "Feliz cumpleaños atrasado. Mañana lo celebramos."
Lo dijo con una naturalidad tan perfecta que casi lo admiré.
"Fuiste al aeropuerto", dije.
Se quedó inmóvil.
"Eso no..."
"Con rosas blancas."
El color se le fue de la cara.
"Renata, déjame explicar."
"No hace falta."
Saqué del bolsillo la llave del penthouse.
La dejé sobre la mesa de centro, junto a su celular.
"Fue un buen tiempo", dije. "Pero se acabó."
"No dramatices."
"No estoy dramatizando. Estoy hablando muy tranquila."
"Es Josefina." Habló rápido. "Volvió ayer. Está mal. Su matrimonio fracasó. Tuve que ayudarla. Es una vieja amiga."
"Una vieja amiga."
"Sí."
"A la que esperabas con rosas blancas, temblando."
Silencio.
Se acercó dos pasos.
"No es lo que parece."
"Ya sé lo que es." Me puse de pie, con el bolso en una mano. "Aldo me lo contó todo. Con mucho orgullo."
"¿Aldo?"
"Estuvo contigo en el aeropuerto."
Su cara cambió.
Esa mezcla de miedo y rabia que se le pone cuando algo se le sale de control.
"Renata, siéntate."
"No."
"Estás haciendo una escena."
"No hay escena. Hay una puerta."
Caminé hasta el ascensor principal.
El de los invitados.
El que nunca usé en tres años.
Cuando se abrieron las puertas, giré la cabeza.
"Una cosa, Valentín. Hoy me preguntaste por qué estaba aquí."
"¿Y?"
"Vine a decirte algo importante."
"Dilo."
Lo miré.
Pensé en el latido.
Pensé en la sala blanca y en el frío.
"Ya no importa", dije.
Y entré al ascensor.
Él no me siguió.
Lo vi quedarse de pie en la sala, con los brazos colgando, mientras las puertas se cerraban.
Abajo, el portero me abrió la puerta del carro sin saber quién era yo.
Conduje hasta Teusaquillo con las lágrimas por fin llegándome a los ojos.
Pero no eran por él.
Eran por la mujer que había sido hasta ayer.
Al llegar a mi edificio, sonó el celular.
Era mi hermano.
Contesté con la voz más serena que pude.
"Renata, ¿dónde estabas?" Estaba feliz. Hablaba con prisa. "Te tengo una noticia buenísima. Valentín nos invita el sábado a cenar en mi casa. Va a venir Josefina. ¡Quiere presentártela!"