Capo, tu amor ya no significa nada, novela · Capítulo 8 de 16
Capítulo 8: Fuego en el río
Las luces blancas nos cegaron.
Tres lanchas de casco gris rodearon el muelle, con hombres armados de pie en las proas.
Fermín me tomó del brazo y me puso detrás de un pilote.
Nazario sacó su pistola y se agachó junto a la escalera.
"Genaro", gritó Fermín hacia el agua. "¿Qué haces aquí?"
"Lo mismo que usted, patrón", contestó el megáfono. "Buscar a la señora."
"Nadie te mandó."
"Nadie me mandó, es verdad. Pero la señora se llevó algo que no le pertenece."
Sentí que Fermín me miraba.
"¿Qué se llevó?", preguntó.
Hubo un silencio corto.
Genaro había hablado de más, y lo sabía.
"Unos papeles de la contabilidad", dijo, ya sin tanta dulzura. "Material delicado de la familia. Que me los entregue y nos volvemos todos a casa."
"Ella es mi esposa. Lo que se llevó, lo decido yo."
"Con todo respeto, patrón, usted no sabe lo que lleva."
"Entonces dímelo."
Esa fue la señal.
No vi quién disparó primero.
Oí el estallido seco, y después las astillas del pilote saltaron junto a mi cara.
Fermín me aplastó contra las tablas.
Los disparos empezaron a llover desde las tres lanchas, y la madera chasqueaba sobre nuestras cabezas.
Nazario respondió dos veces.
"Señora", gritó por encima del ruido, "¡adentro!"
"No tengo armas."
"Tome."
Me tiró una pistola chica, negra y pesada.
La atrapé con las dos manos.
Hacía diez años que me habían enseñado a usarla, un domingo en un polígono, y yo la había odiado desde el primer tiro.
Ahora la sentí como una parte más de mi brazo.
Me arrastré hasta la barandilla.
Una lancha se arrimaba al muelle por el lado izquierdo, y un hombre ya preparaba el salto.
Apunté al motor.
Disparé tres veces.
La tercera bala encendió una chispa y el motor tosió humo negro.
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