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Compradora, comprada por su bestia, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: Cola para otra

Sirio le sirve con frialdad y mueve la cola cada tarde por Brisa, así que Inés va a la Casa y compra a Rufo.

Sirio llevaba nueve días en mi casa y no me había dicho una frase de más.

Me servía el desayuno con las manos firmes y los ojos en la pared.

"Buenos días, señorita."

"Buenos días, Sirio. Puedes sentarte."

"Prefiero estar de pie, señorita."

Me abría las puertas, me acompañaba por los canales, y dormía en el cuarto del fondo con la puerta abierta, como mandaba el contrato.

Era perfecto, y yo me estaba volviendo loca.

Todas las tardes llegaba Brisa con una caja de pasteles y su perfume.

Entraba al salón como si fuera suya la casa, y la cola de Sirio empezaba a moverse.

Yo veía cómo se le endurecía la mandíbula cuando ella pasaba a su lado.

Veía también que las orejas se le inclinaban hacia delante, y que la cola, sin permiso, barría el suelo de lado a lado.

"Mira, Inés", dijo Brisa esa tarde, riendo. "Me adora."

"Es un contrato, Brisa."

"Los contratos no mueven la cola."

Se agachó delante de él y le rascó la oreja con la punta de las uñas.

Vi cómo le temblaba el pecho entero.

"Qué buen perro", susurró ella. "¿A que sí?"

"Brisa."

"Es una broma, hermana. No seas aburrida."

Sirio no dijo nada.

Miraba un punto vacío del aire, con la boca apretada, y la cola seguía moviéndose.

Esa noche no pude cenar.

Conocía el dolor de ver a Brisa llevarse lo que era mío, pero nunca lo había visto con una cola tan grande.

Salí al patio, y Sirio me siguió en silencio, a dos pasos.

"Puedes dejarme sola", dije.

"No es lo que dice el contrato, señorita."

"Pues el contrato es una lata."

Me volví a mirarlo.

Estaba muy cerca, con la luz del farol sobre las orejas, y por un segundo creí ver algo parecido a la vergüenza en su cara.

"¿Por qué mueves la cola cuando ella entra?", pregunté.

Se quedó callado tanto tiempo que pensé que no iba a contestar.

"Es mi cuerpo, señorita", dijo al fin. "Y yo no soy dueño de todo lo que hace."

No entendí lo que quiso decir.

Entendí solo que me había rechazado un hombre al que compré para que me cuidara, y que me escocía más que cualquier otra cosa.

A la mañana siguiente fui a la Casa de Contratos, al segundo piso, donde nadie me conocía.

Doña Casilda Arrieta me recibió con un traje morado y un bastón con puño de plata.

"Valcárcel, qué sorpresa. ¿El lobo no le satisface?"

"El lobo es perfecto. Quiero un contrato de desahogo."

Alzó una ceja.

"Hay catálogo. Los de primera cuestan una fortuna, y usted ya gastó la suya."

"Quiero el más barato que tenga."

Doña Casilda sonrió como quien huele dinero.

"Tengo uno. Un zorro, sin título, sin referencias. Se llama Rufo."

Lo trajeron a una salita.

Era un hombre delgado, de pelo rojo revuelto y una cola esponjosa con la punta blanca, que meneaba sin ningún complejo.

Tenía pecas en la nariz y ojos verdes de gato, y me miró de arriba abajo con una sonrisa torcida.

"Señorita", dijo, con una reverencia exagerada. "Soy el inferior de la lista. Un placer."

"No creo que seas inferior."

"Ah, qué amable. Es la primera que lo dice."

Su cola dio un golpe contra la silla.

"En el desahogo no hay órdenes", me advirtió, de golpe serio.

"Yo elijo con quién, y yo elijo si seguimos. Si algo no me gusta, me voy."

"Eso me parece bien."

"Además, si me permite la pregunta, ¿por qué me quiere?"

Dudé.

"Para olvidar a un lobo."

Rufo soltó una carcajada.

"Entonces no me quiere a mí. Qué honesta es. Me cae bien."

Firmamos un contrato de un mes.

Doña Casilda me despidió con una sonrisa que no me gustó nada.

"Qué ocurrencia, Valcárcel. Ya verá cómo se arrepiente."

Volvimos en góndola, Rufo y yo, por los canales de la tarde.

Me contó tres chistes malos, y me hizo reír dos veces.

Cuando llegamos a mi puerta, Sirio ya estaba esperándonos.

Se había plantado en el umbral, con las manos a la espalda, y la cola recta y dura como una espada.

Rufo lo miró, y silbó.

"Ay, madre."

Sirio no dijo ni una palabra.

En su garganta se formó un gruñido bajo y lento, que hizo vibrar los cristales de la entrada.

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