Cuando el Alfa Me Reclamó... Ya Era Demasiado Tarde, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: Raíz de ceniza
Greta sacó del bolsillo de su abrigo un frasquito de vidrio color café.
Lo agitó entre dos dedos, como se agita una campana.
"Raíz de ceniza", dijo. "Molida, macerada en aceite. Una gota detrás de la oreja y mi olor entra en un lobo como si fuera su destino."
Elio se quedó rígido.
"Greta."
"Déjame terminar, mi amor. Tu Luna merece saber."
Me miró directo.
"Los tres que te dejaron, Ámbar. A los tres les puse una gota la primera noche. Les parecí la mujer de su vida. Después, cuando se les pasó el efecto, ya me amaban de verdad. O estaban demasiado avergonzados para confesar que los habían engañado."
Se rio, orgullosa.
"Es muy práctico."
Sentí que el cuarto se inclinaba.
Los tres.
Tres hombres que habían llorado en mi puerta pidiéndome perdón sin saber de qué se disculpaban.
Tres años de mi vida preguntándome qué tenía yo de rechazable.
"¿Y a Elio?", pregunté.
"A Elio no le hizo falta." Greta ladeó la cabeza, deleitada. "Él solito."
Elio ni se movió.
Pero por el vínculo, que todavía latía entre los dos, sentí su vergüenza subir como agua turbia.
Era verdad.
No hubo raíz para él.
Lo hizo con la cabeza fría.
Eso dolió más.
"Todavía la usas", dije, mirando el frasco.
"Cada mañana. Es lo único que mantiene a la manada Espino Negro lejos de mi cuarto cuando Elio no está. Les confunde el olfato."
"Y tu hijo te abraza todo el día."
"¿Qué tiene que ver mi hijo?"
Ahí fue cuando Elio se movió.
No hacia Greta.
Hacia mí.
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