El Arrepentimiento del Alfa: Recuperando a Mi Compañera Humana, novela · Capítulo 2 de 20
Capítulo 2: Lote siete
Fernanda confiesa y ayuda a Valeria a escapar por la cocina.
Había siete jaulas en el escenario, una al lado de otra, cada una con una mujer adentro.
La mía era la última.
Lote siete.
Las otras seis lloraban, o miraban al suelo, o se tapaban la cara.
Una de ellas, una chica de apenas veinte años, golpeaba el cristal sin hacer ruido.
Yo no lloré.
Me senté en la silla, pasé las manos por mi barriga y respiré hondo.
La bebé pateó.
"Ya sé", le susurré. "Ya sé, mi amor."
El subastador fue vendiendo.
Lote uno, doce millones.
Lote dos, quince.
Cada vez que caía el martillo, dos guardias abrían una jaula, sacaban a la mujer del brazo y se la llevaban por una puerta lateral.
Nadie decía nada.
Los hombres levantaban los dedos, los números subían y bajaban, y las copas tintineaban.
Ezequiel no se había movido.
Seguía en la primera fila, con el papel en el puño y los ojos en el suelo.
Gaspar estaba a su lado, con la mano en su hombro.
Le susurraba algo al oído.
Cuando se anunció el lote siete, Ezequiel levantó la cabeza.
Me miró.
Vi cómo abría la boca, y cómo Gaspar apretaba los dedos sobre su clavícula.
"Lote siete", dijo el subastador. "Humana, veinticinco años, sana. Embarazo de siete meses. Cría de macho alfa de la manada Ventisquero. Salida en veinte millones."
Un silencio atravesó el salón.
Alguien soltó una exclamación.
"Ventisquero", murmuró una voz. "Es la cría del Alfa."
"Imposible", dijo otra.
"Hay un informe", intervino Gaspar con voz suave, levantando una carpeta. "La paternidad fue descartada. Es un lote como cualquier otro."
El murmullo cambió.
Los hombres se enderezaron.
"Veinte", dijo uno.
"Veinticinco", dijo otro.
"Treinta", dijo una voz de hombre viejo desde el fondo.
Vi a un alfa de pelo blanco, con un abrigo largo y un bastón con empuñadura de plata, que levantaba el dedo con aburrimiento.
"Treinta millones, una vez."
Miré a Ezequiel.
No hizo nada.
"Dos veces."
Algo se me rompió dentro, con un chasquido seco.
Ya no era rabia.
Era algo más frío.
"Ezequiel Leiva", dije, y mi voz salió por los altavoces de la jaula, amplificada, con eco. "Mírame."
La sala entera guardó silencio.
Él levantó los ojos.
"Cuando esta niña nazca y te mire", dije, "vas a saber que no mentí. Y no vas a tener cara para mirarla."
Ezequiel se puso pálido.
El martillo cayó.
"Vendida."
Los guardias se acercaron a la puerta de la jaula.
Yo me quité uno de los zapatos de tacón que me habían dado y lo agarré por la punta.
El primer guardia abrió la puerta.
Le clavé el tacón en la mano.
Gritó.
Salí corriendo por el escenario, descalza, con la barriga por delante y el vestido enredado en las piernas.
El segundo guardia me agarró del brazo.
Le mordí.
Una puerta de servicio se abrió a mi izquierda, y una mano me jaló hacia adentro.
Me encontré en un pasillo oscuro, con olor a aceite y a verduras.
Era Fernanda.
"Corre", susurró. "Por aquí. Corre."
"Tú..."
"Después. Corre."
Me arrastró por una cocina llena de vapor, entre cocineros que no levantaron la vista, y empujó una puerta trasera.
El aire frío me golpeó la cara.
Estábamos en un callejón.
Había nieve en los techos y un olor a leña quemada.
"Fer."
"Me pagaron cinco millones", dijo, con la voz rota.
"Gaspar me dijo que solo te iban a hacer fotos."
"Me dijo que si no te llevaba, le iba a hacer algo a mi mamá."
Lloraba.
"Perdóname."
"Perdóname."
"No ahora."
"Toma."
Me puso en las manos su abrigo, un par de botas gastadas y un teléfono.
"Corre hacia el lago. Hay una posada, la de la señora Rosario. Dile que te mando yo. Ella sabe."
"¿Y tú?"
"Los entretengo."
"Fernanda."
"Corre, Valeria."
Me puse el abrigo.
Las botas me quedaban chicas.
Eché a andar por el callejón, con una mano en la barriga y la otra apoyada en la pared de ladrillo.
A mis espaldas se oyeron gritos, golpes de puertas, pasos.
Cuando llegué a la esquina, la calle desembocaba en una carretera de tierra que bajaba hacia un bosque de lengas.
La nieve caía en copos espesos.
Había una luna entera en el cielo, enorme y plateada.
Corrí.
No sé cuánto.
Pasaron minutos, o años.
El bosque me tragó, con sus troncos negros y sus ramas cargadas de escarcha.
Me dolía la espalda, me ardían los pulmones y sentía a la bebé moverse con cada paso.
Llegué a un claro.
Y me detuve en seco.
Una forma enorme, negra y silenciosa, me bloqueaba el camino entre dos árboles.
Un lobo.
Era más grande que un caballo, con el pelaje espeso cubierto de nieve y los ojos encendidos en un rojo profundo.
Me miraba sin parpadear.
Y yo, sin saber cómo, lo reconocí.