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El Doctor De Las Calenturas, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La receta

Con la puerta cerrada con llave, Dalila escribe su propia receta sobre el escritorio del consultorio hasta que suena el teléfono de su tío.

"Yo sí te miraba a ti", repitió ella, y me soltó la mano.

Se bajó de la camilla con el vestido todavía arrugado en la cintura.

Los pantalones cortos seguían enredados en sus rodillas, y se los quitó con un solo movimiento de los pies.

Los dejó tirados sobre las baldosas como si fueran un trapo.

"Me llamo Dalila", dijo. "Dalila Orozco. Ahora ya sabes cómo se llama la señora de las pastillas."

"Dalila", repetí, y el nombre me supo a fruta madura.

"Mi marido llevaba dos años en la cama cuando llegaste tú."

Yo no sabía qué decir.

"Venías con la caja de medicinas y la camisa pegada a la espalda de sudor."

"Hacía mucho calor en esa subida."

"Sí. Yo miraba el sudor bajarte por la nuca."

Mi pantalón no tenía espacio para lo que me estaba pasando.

"Dalila, yo no soy doctor."

"Eso es lo mejor de ti."

Caminó hasta la puerta del consultorio y giró la llave por dentro.

El clic sonó como un disparo.

Después se volvió y se quedó parada frente a mí, descalza, con el vestido amarillo cayéndole por un hombro.

"Cuatro años, Nicanor", dijo. "Dos con un marido que ya no podía y dos con la casa vacía."

"Lo siento."

"No lo sientas. Hazlo."

No me moví.

Entonces ella vino hacia mí, me agarró la bata por las solapas y la abrió de un tirón.

Los botones saltaron por el piso.

"Esa era la bata de mi tío", dije.

"Le compro otra."

Me empujó con las dos manos en el pecho hasta que mis rodillas chocaron con el sillón de consulta y caí sentado.

Era un sillón de cuero viejo, de los que se reclinan, y rechinó bajo mi peso.

Ella se arrodilló entre mis piernas.

Desde esa altura me miró hacia arriba, con el pelo cayéndole a los lados de la cara.

"Quédate quieto, doctor", dijo, y se rió al ver mi cara.

Me desabrochó el cinturón, me bajó el cierre, y la verga me saltó libre, dura, hinchada, con la punta ya mojada.

Dalila se quedó mirándola un segundo.

"Mira nada más", susurró. "Con razón el sudor."

Me la agarró con la mano y la apretó desde la base.

Sentí que la cabeza me daba vueltas.

Sacó la lengua y me lamió la punta, una sola vez, lenta, como quien prueba el sabor.

Solté un gemido que no reconocí como mío.

"Eso, doctor", dijo, contra mi piel. "Dígame dónde le duele."

Me la metió en la boca.

Era caliente y húmeda y me la tragó hasta la mitad de una sola vez, sin ninguna prisa.

Le puse la mano en el pelo, y ella gimió alrededor de mí, y esa vibración me subió por toda la columna.

"Dalila."

Empezó a subir y a bajar, con la lengua pegada abajo, con una mano cerrada en la base y la otra apoyada en mi muslo.

Cada vez que subía me chupaba la punta, y cada vez que bajaba la sentía tocarle el fondo de la garganta.

El sillón crujía.

Afuera pasó un bus tocando la bocina, y adentro lo único que se oía era el sonido mojado de su boca.

"Así", dije, con la voz rota. "Así, mamita. No pares."

Ella levantó los ojos, y vi que estaban brillantes y que le encantaba que se lo dijera.

Me la sacó de la boca con un hilo de saliva colgando.

"Otra vez", pidió.

"Mamita."

"Otra vez."

"Chúpamela, mamita. Hasta el fondo."

Se la metió de nuevo, más hondo, y yo me agarré a los brazos del sillón para no venirme ahí mismo.

Faltaba muy poco.

La separé por los hombros, jadeando.

"Espera. Si sigues, me vengo en tu boca."

"Y a mí me encantaría."

"Primero te quiero a ti."

Sus ojos se oscurecieron.

Se puso de pie despacio y se sacó el vestido por la cabeza.

No llevaba sostén.

Tenía los pechos grandes, pesados, con los pezones oscuros y duros, y la marca del encaje del calzón le cruzaba las caderas.

Yo me quedé mirándola como un idiota.

"Ven", dije.

La levanté por la cintura y la senté sobre el escritorio de mi tío, encima de los recetarios y del teléfono.

Un lapicero rodó y cayó al suelo.

Le abrí las rodillas, y le quité el calzón con los dientes.

"Nicanor", dijo, entre risa y gemido.

Me arrodillé frente a ella, le agarré los muslos y hundí la cara en su cuca.

Sabía a sal y a algo dulce, y estaba tan mojada que me chorreó por la barbilla.

La lamí de abajo hacia arriba, plano, con toda la lengua, y ella se arqueó hacia atrás sobre los papeles.

"Dios mío."

Le chupé el clítoris con los labios y lo rodeé con la punta de la lengua.

Le metí dos dedos otra vez y los curvé exactamente donde la había sentido apretar en la camilla.

"Ahí", gritó. "Ahí, ahí, no cambies nada."

No cambié nada.

Ella me agarró del pelo con las dos manos y empezó a mover las caderas contra mi cara, montándome la boca.

Sus muslos me apretaban las orejas.

Oí cómo se le aceleraba la respiración, cómo le temblaba la voz.

"Me voy a venir en tu cara. Nicanor, me voy a venir."

"Hazlo."

"Ay, ay, ay..."

Se tensó entera y se vino con un sollozo largo.

Sentí el chorro caliente en la lengua, los muslos temblando, los dedos clavados en mi cuero cabelludo.

Seguí lamiéndola hasta que me empujó la frente, riendo y sin aire.

"Para, para, que me mato."

Me puse de pie con la cara empapada.

Ella me agarró de la camisa abierta y me besó con fuerza, probándose a sí misma en mi boca.

"Ahora", dijo contra mis labios. "Ahora, doctor. Ya."

"¿Aquí?"

"Aquí mismo. Encima del escritorio de tu tío."

Se tumbó hacia atrás con las piernas abiertas y me miró a lo largo de su propio cuerpo.

Me acerqué, me agarré la verga con una mano y le pasé la punta entre los labios mojados.

Los dos soltamos el aire a la vez.

La empujé despacio.

Entró la cabeza, y ella cerró los ojos y mordió el aire.

Entró más, centímetro a centímetro, mientras la cuca se le abría para mí.

"Qué grande", susurró. "Qué rico. Sigue."

Llegué hasta el fondo y me quedé quieto.

Estaba tan apretada, tan caliente, que me temblaron las piernas.

"Dalila."

"Muévete."

Retrocedí hasta la punta y volví a entrar de un solo golpe.

Ella gritó y el escritorio chocó contra la pared.

"Otra vez."

La tomé de las caderas y empecé a darle con ritmo, fuerte, hondo, cada embestida arrancándole un gemido.

Los recetarios resbalaron al suelo.

Le agarré un pecho con una mano y se lo estrujé, y le pellizqué el pezón entre los dedos.

"Así me gusta", dijo, con la voz hecha trizas. "Así, que se note que eres hombre."

"Mírame."

Abrió los ojos.

Me miró mientras la tomaba, con la boca abierta y las pupilas enormes.

"Eres mía en este escritorio", dije, y no sé de dónde salió.

"Soy tuya", jadeó. "Tuya, tuya, doctor."

Se incorporó sobre los codos para mirarse el vientre.

"Mira cómo entras", dijo, con la voz rota. "Mira qué rico."

Bajé los ojos y me vi entrar y salir de ella, brillante, hinchado, empapado de los dos.

Ella me miraba mirarla, y eso la mojaba todavía más.

"Dime que te gusta", pidió.

"Me vuelves loco, Dalila."

"Dímelo sucio."

"Tienes la cuca más rica que me han dado en la vida, y no pienso salir de ella."

Alargó la mano hacia el borde del escritorio, buscó a ciegas y agarró el estetoscopio de mi tío.

Se lo puso en los oídos con un movimiento torpe y me apoyó el disco frío sobre el pecho.

"Quiero oírte el corazón", dijo.

Yo seguí empujando dentro de ella.

Ella escuchó, con los ojos fijos en los míos, y vi cómo le cambiaba la cara.

"Late rapidísimo."

"Me vas a matar."

"Todavía no."

Me sujetó con las piernas en la cintura y me atrajo hasta que no quedó un centímetro entre los dos.

Entonces empezó a moverse ella, a girar las caderas, a restregarse contra mi pelvis con cada embestida.

Sentí cómo se cerraba y se abría alrededor de mi verga.

Sentí el sudor corriéndome por la espalda.

"Voy a venirme otra vez", avisó. "Contigo adentro. No pares, Nicanor."

"No voy a parar."

Aceleré, y el escritorio golpeaba la pared con un ruido seco que debía de oírse en toda la cuadra.

Ella se arrancó el estetoscopio de las orejas y se agarró de mis hombros.

"Ya, ya, ya..."

La segunda vez fue distinta.

Se vino callada, con los ojos abiertos clavados en los míos.

Su cuca me ordeñó la verga en tres apretones largos que me vaciaron la cabeza.

"Dalila", gemí. "Me vengo."

"Dentro", dijo. "Quiero sentirte."

Me hundí hasta el fondo y me vine con un rugido, vaciándome en ella, pulso tras pulso, con las piernas a punto de ceder.

Ella me abrazó con fuerza y me mordió el cuello para no gritar.

Nos quedamos así, pegados, jadeando, con los latidos de los dos mezclados.

El tubo del techo zumbaba.

Todavía estaba dentro de ella cuando sonó el teléfono del escritorio, justo al lado de su cabeza.

En la pantalla apareció un nombre: Tío Eusebio.

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