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El Don Me Embarazó y Eligió a la Otra, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: El regalo

Deja una caja y un aviso de ruptura en la oficina del Don. En el aeropuerto, su padrastro intenta detenerla.

Esa misma noche, mientras la familia Brandolini brindaba en el salón del club con doscientos invitados, yo entré al edificio por la puerta de servicio.

Tenía llave.

La había tenido durante seis años.

Subí por la escalera de atrás hasta el despacho del Don, en el último piso.

Era un cuarto grande, con alfombra gruesa, paredes de madera oscura y una caja fuerte empotrada.

Nadie me vio.

Todos los hombres de Cesare estaban abajo, bebiendo champán.

Dejé la caja sobre su escritorio.

Era una caja de cuero negro, del tamaño de una caja de zapatos.

Dentro puse tres cosas.

Primero, el anillo de ópalo que él me había regalado, envuelto en un pañuelo.

Segundo, un sobre blanco con el aviso formal de ruptura de compromiso, firmado por mí y por mi abogado.

Y tercero, el cuaderno verde.

Era un libro contable normal, de tapas duras, que yo había llenado a escondidas durante once meses.

En sus páginas, columna por columna, estaba el desfalco.

Once millones de dólares sacados de las cuentas de la familia, mediante empresas fantasma, en pagos de cincuenta mil, cien mil, trescientos mil.

Cada transferencia con su fecha, su destino y su firma.

La firma de Arnaldo Marchetti.

Mi padrastro.

El padre de Dalila.

Lo había descubierto un año antes de que Cesare me pidiera matrimonio.

No se lo había dicho.

Quería tener todas las pruebas antes de hablar.

Y después llegó el compromiso, y la fiesta, y el anillo, y me dio miedo arruinarlo.

Ahora, con la boda de Dalila consumada, el cuaderno era mi regalo de despedida.

No lo hice por venganza.

Lo hice porque ese libro contenía la verdad de la familia que yo había mantenido a flote durante seis años, y no pensaba llevármelo a Europa.

Dejé la caja en el centro del escritorio, bien a la vista.

Apagué la lámpara.

Cerré la puerta del despacho.

Y bajé por la escalera de servicio.

Mi pasaje salía a las nueve de la mañana, rumbo a Lisboa.

No elegí Lisboa por nada.

Tenía una amiga de la universidad que vivía allí, un piso pequeño, y un idioma que me gustaba cómo sonaba.

En el aeropuerto me di cuenta de que me seguían.

Un hombre con chaqueta de cuero, a veinte pasos.

Dos más, junto a las máquinas de café.

Tres hombres con la misma mirada fija de quien tiene órdenes.

Los reconocí.

Eran los de Arnaldo.

Me detuve ante el control de seguridad.

Detrás de mí, una voz.

"Nicoletta."

Me giré.

Arnaldo Marchetti, con su abrigo largo de lana, su reloj de oro y su sonrisa gruesa, avanzaba hacia mí con las manos abiertas.

"Hija. ¿A dónde vas con tanta prisa?"

"No soy tu hija."

"Lo eres de corazón."

"Qué bonito."

La sonrisa se le tensó.

"Dalila lloró toda la noche. Cree que la odias. Ven, vuelve a casa, hablamos."

"Tengo un vuelo."

"Los vuelos se cambian."

Me puso la mano en el codo.

Era un gesto suave, familiar, que había hecho mil veces.

Esta vez lo sentí como una cadena.

"Arnaldo, suéltame."

"Tengo que preguntarte algo", susurró, con los dientes apretados. "Estuviste en la oficina de Cesare anoche."

Sentí que la sangre se me iba de la cara.

"No sé de qué hablas."

"El guardia de la puerta de servicio te vio."

"Me despedí de mis cosas."

"¿Qué dejaste en su despacho?"

"Un anillo."

"¿Solo un anillo?"

"Y un aviso de ruptura."

Sus ojos negros se clavaron en los míos, buscando.

No supe si me creyó.

Lo vi hacer una seña con la cabeza a los hombres del abrigo de cuero.

"Qué lástima", dijo, soltando mi codo. "Pensé que podíamos hablar en privado."

"Buen viaje", añadió, en voz baja, cuando retrocedí.

Crucé el control de seguridad con las piernas flojas.

No miré atrás.

Pasé por la puerta de embarque, entregué el pasaje, bajé por el pasillo hasta el avión.

Cuando me senté junto a la ventanilla, vi a Arnaldo por el cristal.

Estaba de pie en la sala de espera, hablando por teléfono, con una expresión que no le había visto nunca.

Pánico.

El pánico de un hombre que acaba de adivinar que alguien ha estado revisando sus cuentas.

Se llevó el teléfono a la oreja y dijo algo breve.

Pude leerle los labios.

Que nadie la deje llegar.

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