Gloria: El Nombre que Nunca Fui, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: La noche del temporal
Deja su ropa en la playa y nada en plena tormenta hasta que un capitán de lancha la sube a bordo y decide no ver nada.
El sábado a las ocho de la noche el temporal ya rugía sobre el canal de Quinchao.
Los huéspedes se habían encerrado a rezar el rosario.
Tadeo estaba en la capilla de madera, arrodillado, con los ojos cerrados.
Yo me puse mi abrigo viejo, tomé mi bolso impermeable y salí por la cocina.
En la playa de piedras, detrás de la casa, dejé mi bufanda azul, un zapato y mi anillo de bodas sobre una roca.
Me quedé un instante mirando el anillo.
Cinco años de mi vida cabían en esa argolla fría.
Lo dejé ahí.
Desde pequeña nadaba bien, y en mi carrera de biología marina había aprendido a leer las corrientes.
Esa noche el agua estaba negra, helada, y el viento levantaba olas que me llegaban al pecho.
Entré caminando.
El frío me cortó la respiración.
Nadé hacia el sur, con el bolso atado a la espalda, siguiendo la corriente que bordea la isla.
Las olas me tapaban la cabeza.
A los diez minutos ya no sentía los dedos.
A los veinte, tragué agua y tosí hasta ver estrellas.
Pensé en mi abuela.
Pensé en la voz de Tadeo diciendo que yo no podía acercarme a la felicidad de nadie.
Seguí nadando.
Cuando ya no podía más, vi una luz roja que se acercaba entre las olas.
Una lancha.
Se detuvo a unos metros, con el motor rugiendo.
Una mano grande me agarró del abrigo y me subió a bordo como se sube un bulto de pescado.
Caí de rodillas sobre la cubierta mojada, temblando, vomitando agua salada.
Una manta de lana me cayó encima.
"Respira", dijo una voz grave, sin apuro. "Despacio. Ya pasó."
Levanté la cara.
Era un hombre de unos treinta y cinco años, con la barba negra, un gorro de lana y un impermeable amarillo.
Tenía las manos curtidas y los ojos tranquilos, color café.
"No hables", añadió. "Estás helada."
"Por favor", dije, castañeteando. "No le digas a nadie que me viste."
Soltó un resoplido que podría haber sido una risa.
"Soy Ismael", dijo. "Llevo el último ferry entre Quinchao y Dalcahue, y hace una hora que te vi dejar la ropa en la playa."
Se me heló el estómago más que el agua.
"No voy a decir nada", añadió. "Yo no vi nada. Vi una lancha, un temporal y una mujer que se cayó de una roca."
Me ayudó a ponerme de pie.
Me llevó a la cabina, encendió una estufa a leña diminuta y me puso en las manos un jarro de caldo caliente.
El caldo sabía a mar y a cilantro.
Lloré sin ruido, con la cara hundida en el jarro.
Él no dijo nada.
Se sentó frente a mí, con los codos en las rodillas, y me dejó llorar.
"¿Tienes adónde ir?", preguntó al rato.
"No."
"¿Papeles?"
"Mañana a las nueve, en Castro, a nombre de Rosario Quezada."
Asintió, como si le contara el clima.
"Entonces mañana a las nueve te llevo yo."
Por la ventanilla se veía, a lo lejos, la casa de retiros con las luces encendidas, pequeña, inmóvil.
Había una silueta alta junto a una ventana.
Sentí que me miraba.
No me miraba.
Me estaba buscando en el agua.
Al amanecer atracamos en Dalcahue.
Ismael me prestó ropa seca, un chaleco de lana y unas botas dos números más grandes.
En la fonda del muelle, un televisor colgado en la pared mostraba un noticiero.
Una periodista hablaba frente a la casa de retiros, con el viento en el pelo.
"La esposa del llamado monje aristócrata, Tadeo Echeverría, desapareció anoche durante el temporal. Se encontró su ropa en la playa."
Y entonces apareció él.
Con los ojos rojos, el rostro hundido, las manos juntas.
Tadeo lloraba delante de las cámaras, y parecía de verdad.
"Era mi vida entera", dijo. "Que Dios me la devuelva."
Se me apretó el pecho.
A mi lado, Ismael apagó el televisor con el control remoto.
"Come", me dijo, y me puso un plato de huevos delante.
"No puedo."
"Puedes."
Y comí.