Huí de mi boda y encendí la aurora, novela · Capítulo 12 de 12
Capítulo 12: Aurora
Seis semanas después, el camión rojo de Noé salió de La Aurora con la primera carga de hilo.
Cuatrocientos kilos de alpaca teñida, en conos blancos y color arena, atados en bultos con cuerda de cabuya.
Los cuarenta y siete obreros se alinearon a lo largo del camino de tierra, agitando sombreros y pañuelos.
La anciana de las trenzas lanzó un puñado de pétalos de rosa al capó.
El capataz, subido a un cajón, gritó un viva que todos repitieron.
Yo me quedé de pie en el portón, con el chal de lana sobre los hombros.
Miré cómo el vehículo se alejaba, cada vez más pequeño, por la ladera del volcán.
Todos los días, desde que se encendió la primera máquina, sonaban diez telares en el galpón.
El zumbido me despertaba en el cuarto que Noé y yo compartíamos en la casita del portero.
Tenía una cama de hierro, una estufa y una ventana que daba al Misti.
Esa mañana de martes, el fiscal me había llamado.
Isaías Salvatierra había sido llevado a juicio oral.
Yuri Lazo, como testigo colaborador, había declarado durante once horas.
Karol, desde un departamento de Cusco donde vivía con su madre, había enviado un correo.
Tenía una sola línea: "Gracias por darme la oportunidad de hacerlo bien".
De Gianfranco no supe más.
Me alegré de no saberlo.
En la explanada, los obreros habían quitado la placa de bronce de Isaías.
Lo hicieron a martillazos, en una tarde de sábado, con música de cumbia y una caja de cerveza.
En su lugar clavaron una de madera pintada a mano, que decía:
"Hilandería La Aurora. De sus trabajadores. Fundada en 1962 por don Aurelio Paredes."
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