Huí de mi boda y encendí la aurora, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Las cenizas
Entre las ruinas y los obreros, Mariluz se reencuentra con su pasado; Gianfranco llama a la puerta.
Bajé del camión con las piernas rígidas.
Frente a mí se alzaba lo que había sido mi mundo.
Cuatro galpones de piedra volcánica, negros de hollín, con las ventanas rotas y los techos de calamina caídos hacia adentro.
El patio estaba lleno de maleza.
Un portón de hierro, retorcido por el calor, colgaba de una sola bisagra.
Tres años antes yo corría por ese patio con zapatos de colegiala, tirando migas a las palomas.
Noé apagó el motor y se quedó sentado, sin mirarme.
Me dejó acercarme sola.
Crucé el portón, y el silencio me cayó encima.
Dentro del primer galpón, la luz del mediodía entraba en columnas por los agujeros del techo, dibujando sobre el suelo manchas de oro polvoriento.
Las máquinas seguían allí.
Ennegrecidas, retorcidas, con los engranajes fundidos, como esqueletos de animales.
Toqué un telar.
La pintura se me quedó en los dedos.
"Aquí murió", dijo la voz de Noé, detrás de mí.
Señalaba el rincón junto a la oficina, donde el techo había caído sobre una puerta de acero.
Me temblaron las piernas.
Me senté en el suelo, sobre las cenizas, con la espalda contra un telar.
No lloré.
Ya había llorado todo en tres años, o eso creía.
Me quedé mirando el rincón.
Pensé en mi padre pegado a esa puerta, tosiendo, golpeando, llamándome por mi nombre.
"Siento que te lo hayas perdido", dijo Noé, agachándose a mi lado.
"¿Perdido qué?"
"Despedirse."
"Yo lo despedí en el hospital. Ya estaba muerto."
"No lo despediste. Lo velaron cerrado."
Asentí, con la garganta atravesada.
Un ruido de pasos nos hizo levantar la cabeza.
Por el portón entraban, de a uno, hombres y mujeres con ropa de trabajo, sombreros de paja, mantas de colores sobre los hombros.
Veinte, treinta.
Se detuvieron a diez pasos.
Una anciana con trenzas grises dio un paso adelante.
"Niña Mariluz", dijo, con la voz quebrada.
La conocía.
Era la que cuidaba la cocina de la fábrica, la que me tejió un gorro cuando cumplí cinco años.
"Señora", susurré.
"Qué grande que estás."
Me abrazó, olía a humo de leña y a lana cruda, y me dejó llorar sobre su hombro.
Uno por uno, los demás se fueron acercando.
Me tocaron los brazos, me dieron las manos, me contaron sus nombres.
Eran los obreros de La Aurora.
Los que quedaron sin trabajo tras la quiebra, sin indemnización, sin cartas de recomendación.
Los que habían ido a la estación a despedirme el día que me fui de Arequipa, y a los que no volví a ver.
"Nos avisó el Noé", dijo un hombre alto, con las manos curtidas. "Nos dijo que venías."
"¿Cuándo?"
"Hace una hora, por radio."
Miré a Noé, que apartó la vista.
"Pensé que querrían verte", dijo.
Estuve a punto de abrazarlo también.
Pasé la tarde entre ellos, sentada en el patio sobre cajones de madera, comiendo papas con queso y escuchando.
Me contaron del humo, de la policía, de los sobres sin dirección que les llegaban con billetes y la orden de callar.
Me contaron que Isaías Salvatierra había pasado dos veces por la fábrica, de traje, con un arquitecto, para decidir dónde poner un parque.
"Un parque", repetí.
"En homenaje a don Aurelio", dijo la anciana, y escupió al suelo. "Qué descaro."
A las cinco de la tarde, mi teléfono apagado en el bolsillo estaba muerto, y yo imaginé una iglesia de Lima llena de gente, un órgano tocando, un novio de pie ante el altar mirando su reloj.
Sentí una pequeña satisfacción amarga.
Esa noche me quedé a dormir en la cabaña de Noé, en Chiguata, a media hora de la ciudad, en una cama angosta, con una frazada de alpaca que olía a naftalina.
Él se acostó en un colchón en el suelo de la sala, sin decir buenas noches.
Dormí catorce horas.
Me despertó, a la mañana siguiente, un golpe en la puerta.
Noé salió a abrir, en pantalón de pijama.
Oí un murmullo de voces, un silencio, otra voz.
Me incorporé, aturdida.
Noé volvió al cuarto con la cara seria.
"Mariluz", dijo. "Tienes visita."
"¿Quién?"
"Dice que se llama Gianfranco Zevallos."