La esposa olvidada por el Mafioso: embarazada y abandonada., novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Salento
En una pensión de las montañas, Soraya escucha el latido de su hijo y ve una camioneta negra en la plaza.
Salento amaneció envuelto en niebla.
Bajé del bus con las piernas hinchadas y el bolso colgado del hombro, y respiré un aire tan frío que me dolieron los pulmones.
Era un pueblo pequeño de casas de colores, balcones de madera y una plaza con una iglesia amarilla.
Nadie me conocía.
Nadie sabía quién era mi marido.
Eso, después de diez años, me pareció un regalo.
Había elegido ese pueblo por una sola razón.
Una compañera de la escuela de enfermería, la única amiga que nunca había conocido a Lázaro, me había hablado de una pensión de su tía.
"Mi tía Lourdes", decía. "Es brava, pero es buena. Tiene un rifle detrás de la puerta."
La pensión estaba al final de una calle empedrada, con un portón verde y geranios en las ventanas.
Toqué dos veces.
Abrió una mujer de unos sesenta años, bajita, de pelo blanco recogido en un moño y brazos de lavandera.
Me miró de arriba abajo.
Se detuvo en el vientre, que todavía no se notaba.
"¿Qué se le ofrece?"
"Una habitación. Me manda su sobrina, la enfermera."
"¿La enfermera? ¿La de la ciudad?" Frunció el ceño. "¿Y su marido?"
"No tengo."
"¿Y el papá de la criatura?"
Me quedé callada.
La mujer entrecerró los ojos.
Después, sin una palabra, se hizo a un lado.
"Pase. Que se me enfría la casa."
Me dio una habitación pequeña en el segundo piso, con una cama de madera, una cobija de lana y una ventana que daba a las montañas.
"Son doscientos mil al mes, con desayuno y almuerzo. Se come lo que hay. Se lava su ropa. Y no recibo hombres."
"Gracias, doña Lourdes."
"Y no me llame doña. Yo soy Lourdes."
"Gracias, doña Lourdes."
Resopló.
Pero vi que sus labios se movían, tratando de no sonreír.
Las siguientes dos semanas fueron un lento aprendizaje del silencio.
Aprendí que en Salento el café se sirve en tazas pequeñas de barro.
Que las vacas cruzan las calles sin pedir permiso.
Que a las seis de la tarde ya nadie sale de casa.
Y que doña Lourdes sabía mucho más de mí de lo que decía.
Me di cuenta el décimo día, cuando una mañana dejó sobre mi mesita un frasco de vitaminas, un paquete de galletas de jengibre y una nota con su letra torcida.
"Contra las náuseas. No me dé las gracias."
Esa tarde le ayudé a pelar papas en la cocina.
Me puse un delantal.
Ella me miraba de reojo.
"Usted no es de aquí."
"No."
"Y huye de alguien."
Dejé el cuchillo.
"Sí."
"¿Le pega?"
"No."
"¿Le miente?"
Pensé en la cena de los capos, en el anuncio, en el beso en la frente.
"Sí."
Doña Lourdes asintió.
Hubo un silencio.
"Mi finado era así", dijo. "Con la diferencia de que el mío era tonto. El suyo, parece que es listo."
"Es listo."
"Peor."
Casi me reí.
Se limpió las manos en el delantal.
"Mañana hay ecografía en el puesto de salud. Yo la acompaño."
"No tiene que..."
"No dije que tenga. Dije que la acompaño."
Fuimos caminando, ella delante, yo detrás.
El puesto de salud tenía una sola sala, con un ecógrafo viejo y una médica joven de ojos amables.
Me acosté en la camilla.
El gel estaba frío.
Doña Lourdes se quedó de pie junto a la pared, con los brazos cruzados, como un guardia.
La pantalla parpadeó.
Y entonces, un latido.
Rápido, firme, como un tambor pequeño dentro de una caja de cristal.
Me tapé la boca con las dos manos.
"Doce semanas", dijo la médica, sonriendo. "Está perfecto."
No había nadie a mi lado para apretarme la mano.
Doña Lourdes, desde su pared, carraspeó.
Se acercó.
Y me puso en el hombro su mano seca y dura, sin decir nada.
Lloré con la cara hacia el techo, en el consultorio de un pueblo del que nadie sabía el nombre, escuchando a mi hijo.
Esa noche dormí mejor que en diez años.
Tres días después, mientras volvía del mercado con una bolsa de naranjas, vi algo en la plaza.
Una camioneta negra, con vidrios polarizados y placas de la costa.
Estaba estacionada frente a la iglesia, con el motor encendido.
Se me aflojaron las rodillas.
La bolsa de naranjas se me cayó de las manos, y rodaron por las piedras como pelotas de colores.
La puerta del conductor se abrió.
Un hombre bajó, de camisa blanca, sin chaqueta.
Se quedó de pie junto a la camioneta, con las manos a los costados, mirando hacia mí.
Lázaro.