UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

La Heredera Traicionada, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: Las estrellas

Eugenio vuelve con Yamila a media noche y su padre lo humilla frente a la familia.

Mi padre llegó de Guadalajara a las dos de la madrugada, con cuatro camionetas y un médico.

Bajó de la primera antes de que parara del todo.

Don Evelio Arriaga, sesenta y dos años, pelo blanco, bigote, traje arrugado de viaje.

Cruzó el patio con paso firme.

Al ver la puerta destrozada, se detuvo.

Después me vio a mí, de pie en el vestíbulo, con una manta sobre los hombros.

"Dámaris."

"Papá."

"¿Tu madre?"

"Está arriba, con el médico. Tiene un moretón en el brazo. Nada más."

Cerró los ojos un segundo.

Luego se acercó, me tomó la cara con sus manos callosas y me besó la frente.

Hacía años que no lo hacía.

"Gracias a Dios."

"Gracias a Abel", dije.

Mi padre miró al jefe de seguridad, que estaba de pie junto a la chimenea con el brazo vendado, sin quejarse.

"Quiroga."

"Señor."

"¿Qué pasó?"

"Seis hombres armados. Tres heridos, uno detenido. El resto escapó en una camioneta."

"¿Y los demás guardias?"

Abel no contestó.

Mi padre no necesitaba la respuesta.

Se volvió hacia la puerta.

Y entonces la oímos: una risa de mujer, el motor de un coche deportivo y el chirrido de la grava.

Eugenio.

Eran las seis de la mañana cuando mi hermano entró en el vestíbulo.

Llevaba una chamarra de cuero, el pelo engominado y el aire de quien vuelve de una fiesta.

Detrás de él venía una chica delgada, rubia, de vestido blanco y ojos verdes muy abiertos.

Yamila.

"¿Qué pasa?", dijo Eugenio, mirando a los policías, las manchas de sangre y las astillas.

"¿Quién rompió la puerta?"

Mi padre lo observó en silencio.

"¿Dónde estabas?"

"Te lo dije. Con Yami. Una noche de estrellas."

"¿Y los doce escoltas?"

"Los necesitaba."

"¿Para qué?"

"Para... para que no nos molestaran." Eugenio levantó la barbilla. "Es mi derecho. Soy tu hijo. Y esta casa tiene alarmas."

"Esta casa tiene un cuarto de seguridad y un solo guardia."

"Ya, pues, no pasó nada."

"Tu madre casi muere."

"Mamá está bien. Siempre exageran."

El golpe sonó como un trueno.

La mano de mi padre, abierta, contra la mejilla de Eugenio.

Yamila ahogó un grito.

Eugenio se llevó la mano a la cara, perplejo, con los ojos muy abiertos.

"¡Papá!"

"Doce hombres. Doce. Para que tú le enseñes el cielo a una mujer. Y tu madre a un paso de la muerte."

"¡No lo sabía!"

"No te importó saberlo."

"¡Papá, por favor!"

"Hoy no me hables, Eugenio."

Mi padre le dio la espalda.

Subió las escaleras hacia el cuarto de mi madre, con los hombros rígidos.

Eugenio se quedó en medio del vestíbulo, humillado, con la mejilla roja.

Me miró.

Con un odio líquido, nuevo, que me recordó otra mirada.

La del cuarto, la última noche.

"Tú", susurró. "Seguro tú le fuiste con el cuento."

"Yo no conté nada."

"Siempre eres la perfecta."

"Eugenio, hubo seis hombres en esta casa."

"¡Y qué! ¡Estaban todos vivos cuando me llamaste! ¡No te hacía falta destrozarme la noche!"

"Eugenio", dijo una voz dulce.

Yamila se había adelantado, con los ojos llenos de lágrimas, y le tomó el brazo.

"No te enojes con ella. Es mi culpa."

"Yami, no."

"Sí. Fui yo la que pidió las estrellas. Si no hubiera sido tan caprichosa..."

Se volvió hacia mí.

Dio dos pasos, con la mano en el pecho, la barbilla temblando.

"Dámaris. Perdóname. De verdad. No sabía. Me muero de vergüenza."

Cuando me abrazó, olía a jazmín.

Tenía las manos frías.

Me quedé quieta, mirándola por encima de su hombro.

Su vestido blanco estaba impecable.

No tenía una sola brizna de pasto.

Ni una mancha de rocío en el dobladillo.

Ni una gota de lodo en las sandalias.

Habían estado, según Eugenio, toda la noche en una loma, sobre mantas, mirando el cielo.

Había llovido a las ocho.

Me aparté despacio.

"No pasa nada", dije.

"Qué buena eres." Se secó una lágrima. "Voy a pedirle perdón a Doña Amalia."

Subió las escaleras con pasos ligeros.

Al pasar junto al barandal, su bolso se resbaló de su brazo y cayó al suelo.

El celular salió disparado.

Rodó por las baldosas hasta mis pies.

La pantalla se encendió.

Una llamada entrante.

El nombre del contacto, en letras claras:

"Papi."

Debajo, el número.

Código de Michoacán.

Yamila bajó corriendo, pálida.

"Perdón, es mío."

Lo recogió de mi mano.

La pantalla se apagó.

Me miró un segundo.

Un segundo apenas.

Y en esos ojos verdes, grandes, húmedos, vi que había entendido que yo lo había visto.

← Capítulo 1 · Todos los capítulos · Capítulo 3 →