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La Novia Sustituta del Clan Serpiente, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La prueba

Delante del embajador, la poción reconoce a su verdadera autora; una serpiente blanca se enrosca en la muñeca de Ofelia.

El embajador de las Serpientes llegó a nuestra casa al amanecer, en un carruaje negro con cortinas verdes.

Bajó solo.

Era un hombre de cincuenta años, delgado, de manos largas y ojos que parpadeaban muy poco.

Mi madre, que no había dormido, le sirvió té en la sala.

Mi padre se quedó de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados.

Jacinta llegó diez minutos después, del brazo de Íñigo, con un vestido azul pálido y la marca del lobo a la vista sobre el hombro.

Se sentaron frente al embajador, muy juntos.

Yo me quedé en el rincón, junto a la ventana.

"Señorita Navarrete", dijo el embajador, mirando a Jacinta. "Debo informarle que el contrato nupcial es irrevocable. El clan Serpiente no acepta sustituciones."

"Lo sé", contestó ella. "Pero yo estoy marcada por un lobo. Mi pacto ya está sellado. No puedo casarme con otro."

Íñigo asintió.

"Es la ley de los clanes."

El embajador dejó la taza.

"Entonces el clan Serpiente se siente agraviado."

"Lo siento mucho."

"No lo siente."

Jacinta sonrió con la boca apretada.

Yo di un paso al frente.

"Embajador."

Se volvió hacia mí.

"Soy Ofelia Navarrete. Esa poción es mía."

Hubo un silencio.

Jacinta se rio, un sonido fino, cristalino.

"No empieces."

"La hice yo. Cuatro meses. Con rocío de belladona de la sierra, raíz de lengua de víbora y mi propia sangre en el sello."

"¿Tu sangre?"

"Mi abuela me enseñó. El sello de cera verde solo se abre para la mano de quien lo cerró con su sangre."

El embajador alzó una ceja.

"Eso es verdad", dijo, despacio. "Es un secreto antiguo."

Jacinta dejó de reír.

Sacó del bolso el frasco de vidrio ahumado, el tapón de cera verde.

Lo puso sobre la mesa.

"Aquí está. Hecho por mí."

"Entonces ábralo."

Jacinta dudó.

Extendió la mano y tocó el tapón con la yema del dedo.

La cera se endureció, enrojeció, y soltó un chasquido seco.

Jacinta chilló y retiró la mano.

Tenía la yema del dedo quemada, con una marca roja del tamaño de una moneda.

"¡Me quemó!"

"Qué extraño", dijo el embajador.

Se volvió hacia mí.

"Señorita Ofelia."

Me acerqué.

Puse la yema de mi dedo sobre el sello.

La cera verde se ablandó bajo mi piel como mantequilla tibia.

El tapón se aflojó solo y cayó sobre la mesa con un golpecito suave.

Un olor a sombra fresca, a hierba, a lluvia de noche, llenó la sala.

Mi madre soltó un sollozo.

Mi padre cerró los ojos.

Íñigo se quedó pálido.

"Es un truco", dijo.

"No lo es", respondió el embajador. "Es magia de sangre. No se falsifica."

"Pero yo gané el torneo", dijo Jacinta, con una voz que se quebraba. "Los jueces..."

"Los jueces se equivocaron. Cuando un sello reconoce a su autora, la ley de los torneos le da el derecho a ella."

Se puso de pie.

"El clan Serpiente reconoce a Ofelia Navarrete como autora del Rocío de Sombra."

Jacinta se levantó de un salto.

"¡Pero ella iba a casarse con él!" Señaló a Íñigo. "Está prometida a un Lobo."

"Ya no", dijo Íñigo, con la voz seca.

Lo miré.

Era la primera vez en toda la mañana que me miraba a los ojos.

"Ya no", repetí.

El embajador se acercó a mí.

"Señorita Ofelia. El contrato nupcial exige a la autora de la poción. No pregunta si está comprometida ni libre. Pregunta si acepta."

El corazón me golpeaba en las costillas.

Miré a mi madre.

Miré a Jacinta, que me clavaba los ojos con un odio descarnado.

Miré a Íñigo, que se quitaba el pelo de la frente con una mano temblorosa.

"Acepto", dije.

"¡Ofelia!", gritó mi madre.

"Acepto. Con una condición."

"Dígala."

"Que mi hermana devuelva todo lo que me robó."

Jacinta soltó una carcajada.

"¿Y qué te robé?"

"La poción. Mi prometido. Y tres años de mi vida."

"Qué dramática."

"Es la verdad."

El embajador sacó de su manga una pequeña caja de madera tallada.

La abrió.

Dentro, enrollada sobre un lecho de terciopelo verde, había una serpiente blanca del largo de un brazo, de ojos rojos y escamas casi transparentes.

"No puedo imponer condiciones del clan", dijo. "Pero sí puedo sellar el compromiso."

Levantó la serpiente con dos dedos.

La puso en mi muñeca izquierda.

Se enrolló sola, tres vueltas, fría como un brazalete de hielo.

Y me mordió.

Fue un pinchazo breve, sin dolor.

Un hilo de sangre.

La serpiente se aflojó y quedó inmóvil, convertida en una marca blanca, tatuada, de tres vueltas, alrededor de mi muñeca.

"Bienvenida al clan Serpiente, señora Vidaurre", dijo el embajador, haciendo una reverencia.

Jacinta lanzó un grito de rabia.

Yo me miré la muñeca.

El tatuaje latía, tibio, como un segundo pulso.

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