Me fui… y todos enloquecieron, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: El heredero a la puerta
Severino llega a la casa, huele su almohada y confiesa que ella lo salvó del veneno sin que él lo supiera; deja la venda de seda en el umbral.
Casiano se llevó un dedo a los labios.
Me señaló la cortina de lana que separaba la cama del consultorio.
Salí de las mantas con las piernas temblando y me quedé de pie, descalza, pegada a la pared de adobe.
Los golpes seguían.
Tres, cuatro, cinco.
Una voz de hombre gritó desde la calle.
"¡Abra en nombre del príncipe heredero!"
Se me heló la sangre.
Casiano me miró un segundo.
Después fue a abrir.
Oí el chirrido de los goznes.
El sonido de botas pesadas.
La voz de Severino.
Desde mi escondite, por la rendija entre la cortina y la pared, pude ver una franja de su cuerpo.
Seguía vistiendo los ropajes del banquete, de brocado azul y bordes dorados.
Pero estaban arrugados, manchados de barro, con un botón arrancado.
El pelo negro revuelto.
La barba de varios días.
Los ojos hundidos, rojos, como los de un hombre al que han despertado de una pesadilla para meterlo en otra.
Detrás venían seis guardias.
"Médico", dijo Severino con la voz rasposa. "Tengo entendido que llegó hace cuatro días del norte."
"Es cierto, alteza."
"¿Trajo a alguien consigo?"
"A nadie."
"¿Una mujer?"
"A nadie."
Severino caminó por el consultorio.
Miró los frascos, las hierbas colgadas del techo, la mesa de operaciones.
Se detuvo frente a la cama.
La cama vacía, con las mantas revueltas.
Yo contuve la respiración.
"¿De quién es esta cama?"
"De mi aprendiz, que salió a buscar leña."
"Está tibia."
"Hace calor en la casa, alteza."
Severino tocó la almohada.
La levantó con las dos manos.
La acercó a su cara.
Y cerró los ojos.
Se me contrajo el estómago.
La almohada olía a mí.
Lo supe porque lo vi en su cara: el estremecimiento, la manera en que le temblaron los hombros.
Dejó la almohada con cuidado.
"Casiano", dijo en un susurro. "¿Alguna vez has perdido a alguien?"
"Sí, alteza."
"¿Y qué hiciste?"
"Dejé de buscarla."
"Yo no puedo."
Se pasó una mano por la cara.
Los guardias miraban el suelo.
"La expulsé", dijo Severino. "Hace cuatro noches. La puse en la fila, entre todas. Le dieron la bolsa de oro. Ella la tiró al suelo."
"Lo sé, alteza. Me lo contaron."
"Y no la vi."
"¿No?"
"No levanté la mirada." Se rio, y la risa se volvió algo feo. "Veintiún años. Veintiún años en la misma casa y no levanté la mirada la noche que se fue."
Se dejó caer en la silla donde Casiano se había sentado para cuidarme.
Se tapó la cara.
Lloraba.
El futuro Emperador de Solanda, llorando en una silla de madera, ante seis guardias.
"Hace seis años", dijo con la voz ahogada, "alguien puso veneno en mi copa. Estuve tres semanas entre la vida y la muerte. Siempre creí que me había salvado el médico de turno."
"Fui yo, alteza."
"No fuiste tú."
Casiano se quedó callado.
"Lo supe ayer. Un criado viejo, un lavandero, vino llorando a confesarme." Severino levantó la cabeza. "Lía me dio un antídoto de hierbas de su tierra. Se pasó nueve noches a mi lado, cambiándome las compresas. Cuando desperté, ella ya no estaba."
Me tapé la boca con la mano.
Yo no se lo había dicho.
El sistema lo prohibía.
[Mensaje del sistema: Revelar méritos reduce afinidad.]
Nunca entendí esa regla.
Ahora la entendía.
Era una trampa.
"Y yo..." Severino se apretó los ojos con la mano. "Yo pensé que me había curado Briseida, con sus oraciones. Y por eso la hice mi favorita."
"Alteza."
"Briseida estaba en la cama de otro, esa semana, Casiano." La voz se le quebró. "Lo confesó esta mañana. Con el látigo."
Casiano no se movió.
Yo tampoco.
"Hice azotar a mi favorita", susurró Severino. "Y no me sentí mejor."
Se levantó de golpe.
Los guardias se enderezaron.
"Quiero que se registre la casa", ordenó.
Casiano no respondió.
"¿Me oyes?"
"Alteza, esta es una casa de curación. Hay un hombre con fiebre en el cuarto de atrás."
"Mentira."
"Puede verlo."
Hubo un silencio.
Dos guardias avanzaron.
Yo sentí que el corazón me golpeaba tan fuerte que iba a delatarme.
Casiano habló, bajo, con una calma de hierro.
"Si entran, alteza, entran contra un contagio de fiebre negra. Y la fiebre negra se lleva al que la huele."
Los guardias se detuvieron.
Severino los miró.
Palidecieron.
"Fuera", ordenó el príncipe. "Esperen afuera."
Los guardias salieron casi corriendo.
Quedaron los dos hombres solos.
Severino se acercó a Casiano.
Lo miró con los ojos de un animal herido.
"Tú la quisiste."
"Alteza."
"Todos lo sabían. Menos yo."
"No sé de qué habla."
"Mientes mal."
Casiano apretó la mandíbula.
Severino se dio la vuelta.
Caminó hasta la puerta.
Se detuvo en el umbral, con la luz de la calle iluminándole el perfil.
Metió la mano en la manga y sacó algo.
Un trozo largo de seda blanca, cortada.
Reconocí la venda.
La que usé en el Ocaso.
La partida en dos, con el nudo todavía atado.
La dejó caer sobre el suelo del umbral, con un gesto casi tierno.
"La encontré colgando de la viga", dijo sin volverse. "Con los pedazos de un nudo cortado por un cuchillo muy fino."
Casiano no respondió.
"Si la ves", continuó Severino, "dile que su nombre..."
Se interrumpió.
Tragó saliva.
"Dile que no sé cuál es su nombre. Que me gustaría saberlo."
Y salió.
Escuché sus pasos alejándose por el camino de tierra.
Los caballos.
Los gritos de los guardias.
Luego, silencio.
Casiano cerró la puerta.
Se quedó de espaldas, con una mano apoyada en la madera.
Yo salí de detrás de la cortina.
Caminé hasta el umbral.
Me agaché.
Recogí la venda de seda blanca.
Estaba sucia, mojada de rocío.
La apreté contra mi pecho.
"Inés", dijo Casiano, sin girarse.
"Dime."
"¿Estás bien?"
No supe qué responder.
Porque lo único que sentí, en ese momento, fue una enorme y extraña satisfacción.
Y detrás de ella, un hueco muy hondo que no sabía cómo llenar.