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Mis cenizas a los pies de mi esposo, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Doña Consuelo

Consuelo abofetea a su hijo y se lleva la urna.

Ricardo abrió el portón en pantalones cortos, descalzo, con el pelo revuelto y cara de no haber dormido.

Doña Consuelo estaba al otro lado con su bastón y su cartera, el vestido floreado de los domingos, el pelo gris recogido.

Me bastó verla para que se me aflojara algo.

Era la única persona de esa familia que alguna vez me había cuidado la fiebre.

"Mamá. ¿Qué haces aquí tan temprano?"

"Llevo una semana llamando a Lourdes. No contesta."

"Estaba ocupada."

"Fui a su oficina. Dicen que no vino el miércoles, ni el jueves, ni el viernes." Entró sin esperar invitación, golpeando el piso con el bastón. "¿Dónde está?"

"Mamá…"

"¿Dónde está mi nuera, Ricardo?"

Él se pasó la mano por la cara.

Miró hacia la casa, hacia la ventana del segundo piso, donde alguien se movía detrás de la cortina.

"Murió", dijo.

Doña Consuelo se quedó quieta.

"¿Qué?"

"El martes. En la calle. Fue una hemorragia. Un coágulo en la cabeza, creo."

"¿El martes?"

"Sí."

"¿Hoy es sábado?"

"Sí, mamá."

"¿Y me lo dices ahora?"

"No quise darte el susto."

"¿Dónde está el cuerpo?"

"Ya está…" Dudó. "La cremaron ayer."

El silencio fue largo.

Fuera, en la calle, un vendedor de frutas pasó gritando mangos.

Doña Consuelo soltó el bastón.

Cayó con un ruido seco sobre el cemento.

Y con la mano abierta, la mano de una costurera que había cortado telas durante cuarenta años, le dio una bofetada a su hijo que le cruzó la cara y lo hizo girar medio cuerpo.

"¡Mamá!"

"Cállate."

"¡Me pegaste!"

"Cállate, Ricardo. Cállate o te pego otra vez."

Él se llevó la mano a la mejilla, con los ojos redondos.

Yo, desde la entrada de la casa, desde una llave que colgaba del cuenco, quise aplaudir.

Doña Consuelo recogió su bastón.

Se enderezó.

Le temblaba la barbilla, pero la voz no.

"¿Quién te llamó para identificar el cuerpo?"

"El hospital."

"¿Y fuiste?"

Ricardo no contestó.

"¿Fuiste, Ricardo?"

"Tenía una reunión."

"¿Qué reunión?"

En ese momento la puerta de la casa se abrió y salió Rebeca.

Llevaba mi bata de seda azul, descalza, con el pelo rubio recogido en un moño torpe.

Se detuvo en el último escalón.

Doña Consuelo la miró de arriba abajo, con el cuello rígido.

Miró la bata.

La reconoció.

Yo se la había comprado en un viaje a Punta Cana, con el primer pago de una obra grande.

"Buenos días, señora", dijo Rebeca, con una sonrisita. "Soy Rebeca. La asistente."

"¿La asistente de qué?"

"Del señor Bonilla."

"¿Y qué haces con la bata de mi nuera?"

Rebeca bajó la vista.

Se miró la bata como si no supiera cómo había llegado ahí.

"Ricardo me la prestó. Hacía frío."

"Hace treinta y dos grados."

Nadie dijo nada.

Doña Consuelo se volvió hacia su hijo.

Lo miró despacio, hasta el fondo, como se mira una tela que se sabe que no va a aguantar.

"Muéstrame las cenizas."

"Mamá, no es el momento."

"Ahora."

"Están en el garaje."

"¿En el garaje?"

Ricardo se encogió.

"Es temporal."

Ella no respondió.

Cruzó el patio con su bastón, sola, y abrió la puerta del garaje con una mano.

Entró a oscuras.

Sentí cómo se detenía frente al estante, entre los tornillos y el galón de pintura.

Cómo estiraba la mano.

Cómo me levantaba de allí con las dos palmas, con una ternura que me hizo falta, y me apretaba contra su pecho.

"Mija", susurró. "Mija, perdóname. No supe. Perdóname."

Yo no podía llorar.

Pero algo de mí tembló dentro de la caja, y no creo que fuera el viento.

Salió del garaje conmigo contra el vestido.

Ricardo la esperaba en el patio con las manos abiertas.

"Mamá, dámela. Es mi esposa."

"Era."

"Es mi responsabilidad."

"Tuviste tres días para hacerte responsable." Pasó a su lado sin mirarlo. "Se viene conmigo."

"No puedes…"

"Puedo."

"Es ilegal."

"¿Vas a llamar a la policía para decirles que tu madre se llevó a tu esposa?" Se detuvo en el portón, sin volver la cara. "Hazlo. Cuéntales cómo la recogiste, y dónde la tenías."

Ricardo se quedó mudo.

Doña Consuelo subió a un carro público que esperaba en la esquina y me puso sobre las rodillas.

Me acarició la tapa con el pulgar.

El chofer arrancó.

Atrás, en el portón de mi casa, Rebeca le decía algo a Ricardo en voz baja, agarrándolo del brazo.

Él no la escuchaba.

Miraba el carro que se alejaba.

La casa de Doña Consuelo en Villa Mella era pequeña, de bloques pintados de verde, con una mecedora en el balcón y una Singer vieja junto a la ventana.

Olía a café y a jabón de cuaba.

Me puso en el centro de la mesa del comedor, sobre un tapete de crochet que ella misma había tejido.

Prendió una vela.

Se sentó frente a mí, con las manos juntas.

"Mija", dijo. "Desde que te vi en el matrimonio, dije: esa muchacha es demasiado buena para mi hijo. Y no dije nada, porque soy su madre."

Yo la escuchaba.

"Te dejé sola. Estuve ocho años mirando cómo te quedabas callada."

Le caían lágrimas por las arrugas, sin sollozos.

"Ahora te voy a escuchar yo."

Entonces sonó el teléfono fijo de la sala.

Doña Consuelo se secó la cara y contestó.

"¿Aló?"

"Doña Consuelo Bonilla", dijo una voz de hombre, tranquila, profesional. "Soy el abogado de su nuera. Lourdes me dejó una instrucción para cuando falleciera. Debía llamarla a usted antes que a nadie."

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