Montando A La Vieja, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Las cartas
Durante la partida de póker, ella lo sigue al establo.
La sala de los Ornelas olía a humo de cigarro y a café de olla.
Alrededor de una mesa redonda de madera había cinco hombres, una baraja y un montón de billetes arrugados.
Gerardo me puso una silla al lado suyo y me dio una palmada en la espalda.
"Siéntate, hermano. Te presento a don Cayetano."
Don Cayetano Lozano era un hombre de cincuenta y ocho años, con sombrero negro.
Tenía anillos de oro en los cinco dedos de una mano y un diente brillante que asomaba cuando sonreía.
Me estrechó la mano sin levantarse.
"Valdivia", dijo. "He oído hablar de usted. El domador de Texas."
"El mismo."
"Qué bien. Aquí hace falta gente que sepa de caballos y de cartas."
Miró a Gerardo con una sonrisa de dentista.
Gerardo se rio, nervioso, y repartió.
Yo jugué dos manos sin interés.
Don Cayetano ganaba casi todas.
Cada vez que barajaba, con esos dedos llenos de anillos, tenía una forma extraña de cortar la baraja con el pulgar.
La vi tres veces.
No dije nada.
A las diez, Marisol entró con una charola de café.
Se había cambiado la blusa por una de manga corta, y llevaba el pelo trenzado sobre el hombro.
Sirvió una taza a cada hombre, y al llegar a mí se inclinó para dejar la mía.
Ella dejó la taza, me miró un segundo y siguió con el siguiente.
Cuando terminó la ronda, se sentó en la silla vacía a mi lado, con la charola sobre las rodillas, a mirar la partida.
Su bota rozó la mía por debajo de la mesa.
Me quedé quieto.
La punta de su bota se quedó contra mi tobillo.
Después subió, despacio, por la pantorrilla.
"Nacho, tu apuesta", dijo Gerardo.
"Voy."
"¿Cuánto?"
"Doscientos."
"Qué valiente."
Don Cayetano sonrió.
Marisol subió su pie hasta mi rodilla, y de ahí a la parte interior del muslo.
Apreté los dientes y miré las cartas sin verlas.
"Pareja de reyes", dije.
Perdí con una escalera.
Gerardo aulló de risa.
"¡Tienes que aprender a jugar, hermano!"
Me levanté.
"Voy por aire."
"Vuelve pronto."
Crucé la sala, abrí la puerta del patio y salí a la noche.
Hacía frío.
El cielo estaba lleno de estrellas.
Caminé hasta el establo, que olía a alfalfa y a cuero, y me recargué contra el poste a esperar sin saber qué.
Pasaron cinco minutos.
La puerta del establo crujió.
Marisol entró, con el rebozo sobre los hombros y la respiración agitada.
Cerró detrás de ella, despacio.
"Vas a hacer que me maten", dije.
"Me dijeron que eres valiente."
"Me dijeron mal."
Se acercó.
Me tomó la camisa con las dos manos y me jaló hacia ella.
Me besó.
Fue un beso duro, hambriento, con sabor a café y a algo más antiguo.
La agarré de la cintura y la apreté contra mí.
Sus senos, grandes, calientes, se aplastaron contra mi pecho.
Gimió contra mi boca.
"Tu marido..."
"Juega hasta las tres."
"Marisol."
"Cállate, Nacho."
Me desabrochó el cinturón.
Me bajó el cierre con una mano mientras con la otra me agarraba del cuello.
Cuando me sacó la verga, dura como un tronco, hizo un ruido bajo en la garganta.
"Dios mío."
La envolvió con los dedos y empezó a mover la mano de arriba abajo, firme, con la seguridad de quien conoce el trabajo.
Eché la cabeza hacia atrás contra el poste.
"Mírame", ordenó.
La miré.
"Hace años que nadie me toca así."
"¿Así cómo?"
"Con ganas."
Le levanté la falda.
Le agarré las nalgas desnudas, porque no llevaba nada debajo.
La alcé con las dos manos y la apoyé contra el poste.
Le metí los dedos entre las piernas.
Estaba empapada.
"Desde el corral", susurró. "Desde que me sentaste en tu regazo."
"Fuiste tú la que se sentó."
"Entonces tú me enseñas."
Metí dos dedos en ella, despacio.
Estaba apretada y caliente.
Ella se mordió el rebozo para no gritar, y movió las caderas contra mi mano.
Mientras tanto me acariciaba, subiendo y bajando, y los dos jadeábamos en la penumbra del establo.
Un caballo relinchó cerca.
"Más rápido", pidió.
"Marisol."
"Más."
Aceleré.
Con la otra mano le apreté el pecho por encima de la blusa, le pellizqué el pezón, y ella se arqueó con un temblor.
Se vino sobre mis dedos, apretándome, mordiendo tela, con las uñas clavadas en mi hombro.
La sostuve hasta que dejó de temblar.
Entonces me tomó otra vez la verga, con rabia.
Me masturbó hasta que me vine con un gruñido ahogado contra su pelo, empapándole la mano.
Nos quedamos quietos, abrazados, oyendo el viento.
"Esto no puede volver a pasar", dije.
"Ya sé."
"No quiero hacerle esto a Gerardo."
"Ya sé."
"Pero..."
"Pero quieres."
No contesté.
Desde la casa llegó el golpe de una puerta que se abría.
Una voz de hombre, fuerte, alegre, borracha.
"¡Nachooo! ¿Dónde te metiste? ¡Don Cayetano quiere la revancha!"
Marisol se soltó de mí y se acomodó la falda con dedos temblorosos.
Yo me abroché el pantalón.
La voz de Gerardo se acercaba por el patio.
"¡Nacho!"
Entre las sombras del establo, la puerta empezó a abrirse.