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No Mirar Atrás, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Doscientos mil soles

Ricardo corre detrás del bus sin alcanzarlo. En la carretera, Consuelo le ofrece dinero a Noelia por desaparecer.

Ricardo corrió junto al bus.

Lo vi por la ventanilla, con el traje de gala desabrochado, golpeando el vidrio con la palma abierta.

"¡Noelia!"

El bus avanzaba despacio, entre otros buses, saliendo de la plataforma.

"¡Noelia, abre!"

No abrí.

Ni lo miré directamente.

Miré a Thiago, que dormía con la boca abierta sobre mi hombro.

Ricardo corrió veinte metros, treinta, cuarenta.

Se le cayó un zapato.

Siguió con un pie descalzo.

Vi su cara iluminada por los faroles de la avenida.

Era la cara de un hombre que nunca en su vida había tenido que correr detrás de nada.

Movía los labios.

No oía lo que decía.

Pero sí leí una palabra, formada con claridad sobre el vidrio.

"Hijo."

El bus giró hacia la autopista.

Ricardo se quedó parado en medio de la avenida, mirando cómo nos alejábamos.

Tenía el zapato en la mano y una bocina furiosa a sus espaldas.

Volví los ojos al frente.

Cerré las manos sobre las piernas hasta que dejaron de temblarme.

El viaje duró dieciséis horas.

Thiago despertó a las seis de la mañana y preguntó dónde estábamos.

"En la carretera, mi amor. Vamos a casa de mi tía."

"¿El tío Ricardo viene?"

"No."

"¿Se enojó?"

"No lo sé."

"¿Me porté mal?"

"No, mi vida. Tú nunca te portas mal."

Me abrazó el cuello.

Pasé el resto del viaje mirando el desierto.

Dunas largas, rojas, y de vez en cuando una cruz de madera a un costado del camino.

Encendí el teléfono en una parada de Nazca.

Cuarenta y tres llamadas perdidas.

Veintiocho mensajes.

Los fui leyendo de a uno, parada junto al bus, con un café aguado en la mano.

"Noelia, ¿dónde estás?"

"Dime que no es verdad."

"Contéstame."

"Voy a firmar. No hace falta que te vayas."

"No me hagas esto."

"Por favor."

"Hablemos."

"El niño necesita a su padre."

Ese último me detuvo.

Lo leí otra vez.

"El niño necesita a su padre."

Seis años le había dicho yo esas mismas palabras, con otras voces, y siempre me había contestado con paciencia: "Falta poco".

Lo apagué.

Subí al bus.

Seguimos.

A las once de la mañana, entre las curvas de la sierra, el teléfono vibró con un número que no tenía registrado.

Lo miré durante tres timbres.

Contesté.

"¿Noelia?"

La voz era femenina, mayor, con un acento limeño perfecto.

Una voz de colegio de monjas.

"Soy Consuelo Belaunde."

Me enderecé en el asiento.

La madre de Ricardo.

En seis años la había visto tres veces.

La primera, a los pocos días de casarnos, en una cena a la que me llevó sin avisar.

Allí me dio la mano sin mirarme.

La segunda, en la inauguración de un almacén, a la distancia.

La tercera, en una cafetería, donde me dijo que, si de verdad quería a su hijo, desaparecería.

"Doña Consuelo", dije. "Buenos días."

"Qué sorpresa agradable que haya encendido su teléfono. Mi hijo lleva toda la noche sin dormir."

"Lo lamento."

"No, no lo lamenta. Pero no importa."

Hizo una pausa elegante.

"Le llamo para felicitarla."

"¿Por qué?"

"Por ser una mujer práctica. Por ahorrarnos todos el trámite. Ya era hora de que se diera cuenta."

Sentí una mezcla fría de rabia y alivio.

"Entonces usted sabía."

"Siempre supe que esto iba a terminar así."

"Qué bien."

"Hablemos con claridad, entonces, ya que somos adultas."

La voz se hizo más baja, más dulce.

"Le ofrezco doscientos mil soles. En una cuenta de su nombre, mañana mismo. A cambio, firma el divorcio sin reclamar nada, y renuncia a cualquier derecho sobre la familia Belaunde."

"¿Cualquier derecho?"

"Todos."

"¿Incluidos los de mi hijo?"

Silencio.

El motor del bus rugía en mis oídos.

"Su hijo", dijo Consuelo, con calma, "es un Belaunde por apellido."

"Es mío."

"Es nieto mío."

"Es mi hijo."

"Es un Belaunde, querida", repitió, con una dulzura helada. "Y los Belaunde no los cría una mujer sin apellido en una casa de provincia."

Apreté el teléfono tan fuerte que me dolieron los dedos.

"Doña Consuelo."

"Dígame."

"No quiero su plata."

"Todo el mundo la quiere."

"Yo no."

"Ya veremos."

"Y le aviso una cosa."

"Dígame."

"Ricardo no firmó nada. Yo sí. Yo sí lo firmé. Pero mi hijo no es parte de ningún trato."

"Qué ingenua", dijo Consuelo, y suspiró. "Eso es lo que usted cree."

Colgó.

Me quedé mirando la pantalla.

Una gota me cayó sobre la mano.

Era mía.

No me había dado cuenta de que estaba llorando.

Thiago se removió en el asiento de al lado.

"Mami, ¿quién era?"

"Una señora."

"¿La abuela?"

Lo miré.

"¿Qué abuela?"

"La que no viene nunca. La que mi tío Ricardo dice que es muy ocupada."

El corazón me dio un golpe.

"¿Quién te habló de ella?"

"El tío Ricardo. Una vez que se quedó dormido en el sofá. Me dijo que tengo una abuela muy rica que no quiere que la llame abuela."

Respiré.

"Mi amor, vamos a hablar de eso cuando llegues a Arequipa."

"Está bien."

"Descansa un poco."

Se acurrucó contra mí.

Y yo me quedé mirando por la ventana las primeras montañas, con una sola certeza clara.

Doña Consuelo no había llamado solo para ofrecerme plata.

Había llamado para asegurarse de que no me llevara a su nieto.

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