Nuera Compartida, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Los becerros
Yoselin cuenta las reses, nota fierros retocados y paga el descubrimiento en el corral.
Yoselin se crió entre becerros.
Hija de un vaquero de Calabozo, aprendió a leer un fierro antes de aprender a leer una carta.
Yo lo supe el primer día que entró a mi hato, hace dos años, cuando se plantó delante de una vaca parida y dijo, sin que nadie le preguntara, el nombre de la madre, el del padre, y el mes en que había nacido.
Me gustó entonces.
No sabía cuánto.
Esa mañana, el calor ya apretaba a las nueve.
Los peones habían encerrado a trescientos ochenta animales en los corrales para la vacuna de primavera, y el polvo flotaba como una neblina marrón.
Yoselin recorría los corrales con una libreta en la mano y el sombrero de paja echado hacia atrás.
Llevaba una camisa de hombre anudada a la cintura y unos jeans gastados que le marcaban las caderas.
Yo la seguía a dos pasos, fingiendo revisar las cercas.
"Cuarenta y dos", murmuró ella. "Cuarenta y tres."
"Anda con calma."
"Es que no me cuadra la cuenta."
Se detuvo frente al corral grande.
Sacó la libreta, la comparó con una hoja doblada del bolsillo, y frunció el ceño.
"Eleuterio."
Nunca me llamaba por mi nombre cuando había gente cerca.
Me acerqué.
"Dime."
"Mira esas."
Señaló con la barbilla un grupo de novillos que se amontonaban junto a la cerca del fondo.
Eran alrededor de treinta, lomos pardos y orejas grandes.
"¿Qué tienen?"
"El fierro."
Me incliné sobre la tabla, entrecerrando los ojos.
Todos los animales del hato llevaban la marca de mi familia: una P dentro de un círculo, quemada en la cadera izquierda.
Esos tenían otra.
Una M con una raya por encima, grande y gruesa.
La marca de Rufino Mata.
"Son de Rufino", dije. "Se pasaron por la cerca."
"No lo son." Yoselin se agachó, y pasó el dedo por el aire cerca del lomo de un novillo. "Mira bien. Debajo de la M hay otra marca. Una P, más vieja, cicatrizada."
Me arrodillé a su lado.
Con la mano abierta, aparté el pelo de la piel del animal.
Tenía razón.
Bajo la cicatriz nueva, hinchada y rosada, se adivinaba el contorno de un círculo y una letra.
Mi marca.
Retocada con un fierro caliente, convertida en la de otro.
"Hijo de su madre", susurré.
"Treinta aquí", dijo ella, sin levantar la voz. "He contado ciento veinte repartidos en los corrales de Rufino, que se han ido colando en los potreros del oeste. Los he ido apuntando."
"¿Desde cuándo?"
"Desde diciembre."
La miré.
"¿Y por qué no me dijiste nada?"
"Porque necesitaba estar segura." Me sostuvo la mirada. "Y porque tú ya tenías bastante con las deudas."
Se me hizo un nudo en la garganta.
Se había pasado seis meses haciendo mi trabajo en silencio.
"Esto es abigeato", dije. "Es robo de ganado."
"Es un delito grave. Lo juzgan los de la asociación."
"Necesitamos pruebas."
"Las tengo." Sacó la hoja del bolsillo. "Fechas, números de lote, fotos. Falta que un inspector las certifique."
Cerré los ojos un segundo.
Cuando los abrí, ella sonreía.
"No pongas esa cara", dijo.
"¿Qué cara?"
"La de un hombre que acaba de descubrir que su nuera es más lista que él."
Me reí.
Le tomé la mano, y la apreté.
"Eres un peligro."
"Lo sé."
Los peones estaban lejos, encima de los potreros del fondo.
El corral grande quedaba al otro lado de la casa.
Yo la miré con otra hambre.
Una que no venía del cuerpo, sino de algo más hondo.
Le pasé el pulgar por el labio.
"Ven."
La llevé al corral chico, el de los terneros recién nacidos, con paredes de tablas altas y pacas de heno en un rincón.
Cerré el portón con la tranca.
Ella dejó la libreta sobre una paca.
Se desató la camisa de la cintura.
"¿Aquí?"
"Aquí."
"¿Y si viene alguien?"
"Está cerrado."
Descolgué una reata de la pared, un lazo de cuero trenzado, suave y largo, y se lo mostré.
Sus ojos se agrandaron.
"¿Eso?"
"Si quieres."
"Quiero, Papi."
Le tomé las muñecas, y se las até despacio, con dos vueltas flojas, a un poste del corral.
No apretado.
Lo justo para que sintiera el cuero.
Quedó de pie, de frente al poste, con los brazos arriba y la espalda arqueada.
Le desabroché el pantalón y se lo bajé hasta las rodillas.
Su culo moreno, redondo, quedó expuesto a la luz del mediodía que se colaba por las rendijas.
Le di una palmada, fuerte.
Gimió.
Otra.
"Por no decirme", dije.
"Por no decirte."
"Y esta, por ser tan lista."
Le di una tercera, y su piel se puso roja.
Me bajé el cinto.
Me abrí el pantalón.
Su espalda se estremeció al sentir mi verga rozándola.
La penetré de un solo golpe, hasta el fondo.
Gritó, con la cabeza echada hacia atrás.
"Calla", ordené.
Le tapé la boca con una mano, y empecé a moverme.
Largo, profundo.
El poste crujía.
La reata tiraba.
El polvo flotaba en los rayos de sol.
Ella mordió mi palma.
Yo aceleré.
La sujetaba por la cadera con la otra mano, y la embestía con todo el peso, escuchando cómo gemía contra mi mano.
Se vino temblando, con las muñecas tensas en las ataduras.
Yo me vine dentro, con la frente apoyada en su espalda, jadeando.
Cuando la desaté, tenía las marcas rosadas del cuero en las muñecas.
Las besé.
"Me gustó", dijo.
"Lo sé."
"Hazlo otra vez."
"Mañana."
Se acomodó la ropa, riendo.
Abrí la tranca y salimos al sol, con los corazones todavía acelerados.
A cien metros, junto a la cerca del potrero, un jinete a caballo nos miraba.
Un peón de camisa roja, con sombrero negro.
No era de mi hato.
Al verse descubierto, dio la vuelta al caballo y se alejó al galope, levantando una nube de polvo, hacia El Corozo.