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Quédate Con Tu Luna Podrida, novela · Capítulo 2 de 20

Capítulo 2: Renuncia

Nereida renuncia ante el consejo de guerra, Ambrosio se niega a soltarla y ella cruza la frontera con la marca ardiendo.

Presenté mi renuncia al amanecer.

Sin carta, sin discurso.

Entré a la sala del consejo de guerra, donde los once jefes de patrulla desayunaban de pie alrededor de la mesa de mapas, y puse mi cuchillo de Beta sobre el cuero.

Un golpe seco, metal sobre madera.

Todos callaron.

"Renuncio a mi rango en Colmillo Rojo", dije. "A partir de hoy."

Nicasio Terán, el Gamma, dejó el pan en el plato.

Treinta años, rizos cortos y los ojos cansados de quien lleva tiempo sin dormir bien.

"Nereida, ¿qué pasó?"

"Nada que importe."

"Anoche el Alfa..."

"No me pregunten por el Alfa."

El murmullo recorrió la mesa.

Entonces se abrió la puerta, y entró Ambrosio.

Venía sin chaqueta, con la camisa abierta, y la barba sin recortar.

Tenía el aspecto de quien no ha dormido.

Se detuvo al ver el cuchillo sobre los mapas.

"¿Qué es esto?"

"Mi renuncia."

"Rechazada."

Lo dijo sin pensar, en voz alta, delante de los once.

Yo lo miré.

"La ley de la manada dice que un guerrero puede retirarse cuando no tiene deuda de sangre. No debo ninguna."

"La ley también dice que el Alfa puede retener a un Beta en tiempos de amenaza."

"No hay amenaza."

"La habrá."

Lo dijo con una calma que me erizó la piel.

Me di cuenta de que no hablaba de guerra.

Hablaba de mí.

"No me puedes obligar a quedarme", dije. "Si lo haces delante de tu consejo, ellos van a preguntarse por qué."

Él apretó la mandíbula.

Nicasio se aclaró la garganta.

"Alfa, la ley..."

"Cállate, Nicasio."

El silencio se volvió pesado.

Uno de los jefes de patrulla miró a otro.

Una de las mujeres de la mesa bajó los ojos hacia sus botas.

Ambrosio comprendió.

Lo vi comprenderlo, con la rabia mezclada de una vergüenza que ni él sabía de dónde venía.

"Vete, entonces", dijo en voz baja. "Pero no vas a cruzar con las armas de la manada."

"No pensaba llevármelas."

Dejé el cuchillo.

Dejé el cinturón de cuero, la placa de plata del Beta, la chaqueta con el emblema de Colmillo Rojo.

Quedé en mi camiseta gris y mis pantalones de campo.

Me eché al hombro mi bolso de lona.

Nadie me detuvo.

Salí al patio exterior, donde la niebla de la mañana se enredaba en las cercas, y me encontré con ella.

Mirta.

Estaba apoyada en el pilar del porche, con la chaqueta de Ambrosio echada sobre los hombros y una taza de té humeante entre las manos.

"Hermana", dijo. "Qué temprano."

"Voy de salida."

"Lo sé. Lo oí todo por la ventana." Dio un sorbo, sin apurarse. "No te vayas por mí. Yo siempre quise tener una hermana mayor."

"No tenías que haber vuelto."

"Era mi casa antes que la tuya." Sus ojos plateados brillaron. "Papá me lo dijo cuando estaba muriendo. 'Tu hermana es fuerte, pero tú eres la que debe tener el lugar.'"

Fue un golpe más preciso que cualquier puñetazo.

Mi padre jamás habría dicho eso.

Lo supe con una certeza fría.

"Qué mentira tan mala", dije.

La sonrisa de Mirta tembló un instante.

"Ambrosio me quiere a mí, Nereida. Siempre me quiso. Tú solo estabas entretanto."

"Entonces que te aproveche."

Seguí caminando.

La grava crujía bajo mis botas.

Pasé el portón de la manada, el establo, la última fila de cabañas donde dormían los jóvenes que alguna vez entrené.

Me ardía la marca.

Cuanto más me alejaba, más me quemaba, como si alguien me estirara de la nuca con un hilo de fuego.

Los dientes me castañeteaban.

Mi lobo gemía dentro del pecho.

No te vayas, decía. No te vayas.

"Cállate", murmuré. "Nos vamos."

En el último puesto de guardia, dos jóvenes lobos de patrulla me cerraron el paso con las lanzas cruzadas.

"Órdenes del Alfa, Beta Aldunate."

"Ya no soy Beta."

"Sigue siéndolo hasta que él lo diga."

Eran muchachos de veinte años.

Los había entrenado yo.

"Háganse a un lado", dije.

"No podemos."

Les sonreí con cariño.

En el siguiente segundo, tenía la lanza del primero en mis manos, su cara contra la tierra, y la bota sobre la espalda del segundo.

Fue rápido, sin daño.

"Perdón", les dije. "Pero lo hacen mal. Bajen la lanza cuando alguien les sonría."

Les devolví las armas.

Crucé el puesto.

A cuatrocientos pasos del río, donde la cerca de piedra marcaba el final del territorio de Colmillo Rojo, me detuve.

Allí empezaba el bosque de Cresta de Plata.

Un solo paso, y era otra manada.

Cuatro años de mi vida a mi espalda.

Di el paso.

La marca estalló.

Me caí de rodillas, con un grito que me desgarró la garganta.

Una luz blanca me cruzó los ojos, y sentí la nuca abierta, como si me la rajaran con un hierro caliente.

Entonces lo oí.

Desde muy lejos, desde el otro lado del valle, un aullido largo, hondo, terrible, que se alzó sobre los pinos.

Un aullido de Alfa.

Y no sonaba a orden.

Sonaba a llamada.

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