UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

Renací como la hija de mi enemiga, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: La fundación

A los tres años, Alma ve la fundación con su nombre y ve a su verdadera madre rechazada en la puerta.

A los tres años ya sabía hablar, caminar y mentir.

Hablaba poco, para no asustar a nadie.

Caminaba rápido, para no depender de nadie.

Y mentía con una cara de querubín que a todos les parecía adorable.

"¿Quién es la más linda de mamá?", preguntaba Jessica por las mañanas, vistiéndome frente al espejo.

"Yo", respondía.

Era mentira.

La más linda de todas era una niña de dieciséis años que ya no existía.

Pero a Jessica le encantaba oírlo.

Esa mañana de sábado, en pleno junio, me puso un vestido amarillo con volantes y me peinó con dos trencitas.

"Hoy es un día muy importante, Alma", dijo, atándome los zapatos. "Mamá va a inaugurar una cosa muy bonita. Y tú vas a salir en las fotos."

"¿Qué cosa?"

"Una fundación."

Cinco letras que yo conocía de memoria.

Aprendí a leer escuchando, rodeada de libros que Horacio le compraba a Jessica para que "estimulara mi inteligencia".

Alcancé a leer el cartel gigante cuando entramos al salón de eventos.

FUNDACIÓN PERLA GARZA.

CONTRA EL ACOSO ESCOLAR.

Sentí que el piso se movía.

Jessica me llevó de la mano por un pasillo lleno de globos y flores blancas.

Había señoras con trajes elegantes, un camarógrafo y una mesa larga de canapés.

Al fondo del salón, sobre una pared, había una fotografía enorme.

Una chica de catorce años, con frenos en los dientes y un suéter verde, sonreía a la cámara como si fuera la primera vez.

Era mi foto de la credencial de la secundaria.

La única que había salido bien.

Me quedé inmóvil frente a mi propia cara.

"Es Perla", dijo Jessica, y la voz se le quebró. "Fue mi mejor amiga."

Casi me atraganto.

"Mi... ¿mejor?"

"La mejor del mundo." Se secó los ojos con el dorso de la mano. "Y no pude salvarla."

Un periodista acercó el micrófono.

Jessica respiró hondo, con la mirada húmeda, y habló mirando a la cámara como si llevara años ensayándolo.

"Perla era una chica brillante. La conocí en primero de prepa. Unas compañeras de otra generación la molestaban sin parar, y yo traté de defenderla, pero era muy joven. Una tarde la encontraron en la azotea. Yo fui la primera en llegar."

Mentira.

Mentira.

Mentira.

Apreté los puños contra mi vestido amarillo.

"Hoy, ocho años después, quiero que ninguna niña vuelva a sentirse sola como ella se sintió. Por eso nace esta fundación."

Aplausos.

Una señora lloraba.

Horacio, junto a Jessica, la miraba con tanto orgullo que sentí ganas de vomitar.

Alguien me levantó para que saludara a la cámara.

Sonreí.

Me dolió la cara de tanto fingir.

Entonces, entre la multitud, vi a una mujer en la puerta.

Pequeña, de unos cincuenta años, con un vestido de algodón descolorido, un mandil bajo el abrigo y una bolsa de plástico en la mano.

El pelo gris sujeto con una liga.

La reconocí antes de ver sus ojos.

Por la manera de apoyar los pies, con los dedos hacia adentro, como siempre.

Mamá.

Un guardia de traje le cerraba el paso.

"Disculpe, señora, es un evento privado."

"Vengo por mi hija", dijo ella. "La fundación lleva su nombre. Soy su mamá."

El guardia dudó.

Jessica lo vio.

Su sonrisa se rompió, apenas, en una grieta que solo yo noté.

Me dejó en brazos de Horacio y cruzó el salón con paso ligero.

Habló en voz muy baja con el guardia.

Después sacó un billete del bolso y se lo puso a mi mamá en la mano.

"Por favor, señora", susurró. "Hoy no. Hay prensa. Venga otro día."

"Yo solo quería ver su foto."

"Se la mandamos por correo."

Mamá miró el billete.

Quinientos pesos.

Lo apretó con la mano arrugada y se lo devolvió.

"No vine por dinero."

Se dio vuelta para irse.

Y entonces me vio.

Horacio, que me tenía en brazos, estaba justo en el borde del pasillo.

Mamá se detuvo.

Me miró a la cara.

Ojos cansados, enrojecidos, de quien no ha dormido bien en ocho años.

Sonrió.

"Qué niña tan bonita", dijo. "¿Cómo te llamas, mi amor?"

Se me hizo un nudo en la garganta.

"Alma."

"Alma." Alargó la mano y me acarició la mejilla con un dedo áspero. "Qué nombre precioso."

Me quedé quieta, dejando que me tocara.

Sentí las lágrimas subir.

"Tienes unos ojos...", murmuró. Se le quebró la voz. "Perdóname. Es que tienes los ojos de mi hija."

← Capítulo 1 · Todos los capítulos · Capítulo 3 →