Sándwiches e Incesto, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: La cocina
Nilda lo cachetea y lo monta sobre la mesa, y le dice que lo sabe todo y lo que quiere de los dos.
La bofetada me volteó la cara.
Fue una bofetada de mano abierta, seca, de mujer que lleva años cargando agua y leña.
Me ardió la mejilla hasta la oreja.
Nilda estaba de pie junto a la mesa de la cocina, con los puños apretados y los ojos secos.
"Eso es por el pajonal", dijo.
"Nilda."
"Y esto es por la tarima."
Me dio otra, más fuerte.
No me defendí.
Me quedé con la cabeza gacha, esperando una tercera, y la cocina olía a ají, a leña y a mi propia vergüenza.
"Te vi", siguió ella. "Desde el altillo, por la ventana del granero. Vi cómo te puso de rodillas a mi hermana. Y cómo ella te lo pidió."
"Te lo puedo explicar."
"No quiero que me expliques nada."
Se acercó hasta pegar su cuerpo al mío.
Su aliento me quemó la barbilla.
"Anoche no dormía, Efraín. Sentí cómo te movías. Sentí tu mano, sentí la humedad, sentí todo, pegada a tu espalda."
"Perdóname."
"¿Perdonarte qué? ¿Que mi marido quiera a mi hermana, o que lo haga a escondidas?"
La pregunta me dejó sin palabras.
Nilda me empujó contra la mesa, y las ollas de barro tintinearon.
Me desabrochó el cinturón, de un tirón, sin ninguna ternura.
"Nilda, por Dios, tus papás…"
"Salieron a la procesión. Tienen para tres horas."
Me bajó el pantalón hasta las rodillas y me tomó con una mano.
Estaba flácido de puro susto.
Ella me miró a los ojos, y empezó a mover la mano, sin quitarme la mirada de encima.
"A mí también me gustaba esto", dijo, con rabia. "Antes de que tú empezaras a llegar cansado de los viajes y a dormir de espaldas."
Mi cuerpo respondió, a pesar de todo.
Crecí en su mano, hinchándome, y ella soltó un sonido seco, de burla.
"Mira qué rápido."
"Es que eres mi esposa."
"Lo sé."
Se levantó la pollera hasta la cintura.
No llevaba calzón.
Me subió a la mesa de un empujón, de espaldas sobre la madera rasposa, y se encaramó encima de mí a horcajadas.
Me montó de una sola vez.
Me cerré dentro de ella, caliente, apretada, y los dos soltamos un gemido corto.
Cuatro años de matrimonio, y su cuerpo seguía siendo un país donde yo me perdía.
"Mírame", mandó.
La miré.
Cabalgó con rabia, con las uñas clavadas en mi pecho, y el golpe de sus nalgas contra mis muslos resonaba en la cocina.
Se le soltó la trenza, y el pelo largo nos cubrió a los dos como una cortina.
"Dime que me quieres a mí."
"Te quiero a ti."
"Dime que soy mejor que ella."
"No digas eso."
"Dilo."
"Eres mi esposa."
Me abofeteó otra vez, con la mano ya sin fuerza, y después me besó con la boca abierta, mordiéndome el labio.
Yo la agarré de las caderas y empecé a embestir hacia arriba, y ella soltó un grito que no tuvo nada de enojo.
Era el sonido de una mujer que había esperado mucho tiempo.
"Más", gimió. "Más duro, así."
"Nilda."
"Así, así, así."
Se vino con un temblor largo, apretándome con tanta fuerza que me arrancó un gruñido.
Me vine detrás de ella, hundido hasta el fondo, con las manos en su cintura y la cara en su cuello.
Nos quedamos pegados, jadeando.
Nilda se apartó con cuidado, y se bajó la pollera.
Se recogió el pelo con una liga que sacó del bolsillo, sin mirarme.
Yo me subí el pantalón, con las rodillas flojas.
Pasaron unos minutos sin que ninguno hablara.
Afuera, el bombo de la comparsa seguía sonando.
"Ahora escúchame bien", dijo Nilda por fin, con la voz firme. "Porque lo voy a decir una sola vez."
Se sentó en el banco, con la espalda recta.
"Mi hermana te escogió, y no voy a ser tan tonta de pelearme con una muchacha de veintidós años que sabe lo que quiere."
"Nilda."
"No me interrumpas." Levantó un dedo. "El domingo viene don Basilio, y mi padre le va a entregar a Yesenia como si fuera una vaca. ¿Sabes qué hizo conmigo el mismo viejo, hace cuatro años?"
"No."
"Me mandó llamar. Quiso casarme con su hermano." Se le torció la boca. "Me escapé a Chiclayo y me casé con el primer hombre bueno que encontré en una parada de buses. Ese fuiste tú."
Se me cerró la garganta.
"Yo no te elegí por amor al principio, Efraín. Te elegí para salir. Y después aprendí a quererte."
"Nilda…"
"Y no voy a dejar que a mi hermana le pase lo que casi me pasa a mí."
Me miró de frente.
"Así que lo que va a pasar es esto. Tú no vas a seguir cogiéndote a mi hermana a escondidas. Lo vas a hacer conmigo delante. Conmigo adentro."
El suelo se me movió bajo los pies.
"¿Qué dices?"
"Que si te vas a acostar con ella, será como yo mande. Los tres. Y mañana, y pasado, y hasta que yo diga." Me sostuvo la mirada. "Porque necesito tu camión, tu silencio y tu obediencia. Y porque yo también te deseo, aunque esté furiosa."
"Es una locura."
"Es una orden." Se levantó, y me tocó la cara donde me había pegado. "Esta noche, en el troje del fondo. Los tres."