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Un Anhelo Sin Final, novela · Capítulo 2 de 24

Capítulo 2: Cinco años

En la cena de aniversario, Amelia pone dos actas sobre la mesa delante de todos. Hugo pide hablar en el estudio.

Hugo había preparado el salón principal de la casona de los Larco, en Barranco.

Había mesas redondas con velas, un violinista en la esquina y veinte invitados en trajes de gala.

Todos eran gente de su mundo: socios de la constructora, sus tíos, sus primos, un par de ministros retirados.

Mi suegra, Fidelia Larco, presidía la mesa principal con un collar de perlas y una sonrisa de museo.

A su lado estaba el patriarca de la familia, Arsenio Larco, de ochenta y dos años, con su bastón entre las rodillas.

Yo llegué a las ocho con un vestido rojo.

No sé por qué lo elegí.

Quizás porque quería parecer una mujer que sabe lo que hace.

"Estás hermosa", me susurró Hugo al oído, y me besó la mejilla.

Sentí náuseas.

Me senté a su derecha.

Durante la entrada, escuché a un socio contar un chiste de abogados.

Durante el plato de fondo, a un tío hablar de golf.

Yo cortaba la carne en pedacitos y no probaba nada, con el sobre de manila en el regazo, bajo la servilleta.

A los postres, Hugo se puso de pie y golpeó la copa con la cuchara.

"Amigos", dijo. "Quiero decir unas palabras."

Todos callaron.

"Hoy hace cinco años que mi esposa me dio el mejor día de mi vida."

"Amelia, mi amor, gracias por tu paciencia, por tu música y por no hacerme preguntas incómodas."

Hubo risas suaves.

Mi suegra aplaudió con la punta de los dedos.

"Por Amelia", dijo Hugo, levantando la copa. "Mi esposa."

"Por Amelia", respondieron todos.

Me puse de pie.

Mis rodillas temblaban, pero mi voz salió limpia.

"Gracias, Hugo. Yo también quiero decir algo."

Su sonrisa vaciló un segundo.

Saqué el sobre de debajo de la servilleta y lo abrí sobre el mantel blanco.

Dejé el acta falsa a la izquierda de mi plato.

Del bolso saqué una segunda hoja.

El empleado de la municipalidad me la había impreso esa misma tarde, con sello y fecha.

La puse a la derecha.

"Esta es mi acta de matrimonio", dije, señalando la primera. "La que firmé hace cinco años."

Nadie se movió.

"Y esta es la verdadera acta de matrimonio de mi esposo."

El violinista dejó de tocar.

Mi suegra dejó la copa.

"El sello de la primera es falso", seguí. "Según el Registro Civil, yo estoy soltera."

"Y según el mismo registro, Hugo Larco lleva cinco años y dos meses casado con Carolina Maúrtua."

Una prima soltó un grito ahogado.

Un socio tosió.

Arsenio levantó despacio la cabeza, y sus ojos grises me miraron sin ninguna sorpresa.

Ese gesto me heló más que todo lo demás.

Él ya lo sabía.

"Amelia", dijo Hugo, muy bajo. "Estás confundida."

"No."

"Hablemos en privado."

"Aquí hay veinte personas que me han llamado señora Larco durante cinco años", dije. "Creo que merecen escuchar a quién han estado saludando."

"Amelia, por favor."

"¿Es verdad o no es verdad?"

Hugo miró a su abuelo, y después a su madre, y después a la mesa vacía de postres.

Tenía la cara pálida y los labios apretados.

"Es complicado", dijo al fin.

Alguien soltó una risa nerviosa.

"No pregunté si es complicado."

"Amelia..."

"¿Es verdad?"

Entonces mi suegra se levantó.

Se alisó la falda de seda, caminó hasta mí con pasos medidos y puso una mano sobre mi brazo.

"Hijita", dijo, dulce como el almíbar. "Estás cansada. Todos entendemos que estás sensible. Hugo, llévala a casa."

Retiré el brazo.

"No me toque."

"Amelia."

"Dije que no me toque, señora."

Los invitados empezaron a murmurar.

Una mujer se levantó y se fue hacia el baño con el celular en la mano.

Hugo me agarró de la muñeca, no fuerte, pero con la firmeza de quien está acostumbrado a que lo obedezcan.

"Hablamos en el estudio de la casa de mi madre", dijo en voz baja. "Ahora. Por favor."

Miré su mano en mi muñeca.

Después lo miré a los ojos.

"Suéltame", dije. "No voy a ningún estudio. Contéstame aquí."

Hugo abrió la boca y no le salió nada.

Veinte pares de ojos esperaban.

Entonces, desde la cabecera, sonó el golpe seco de un bastón contra el piso.

"Hugo", dijo Arsenio Larco, sin alzar la voz. "Lleva a la muchacha al estudio de tu madre."

Todos los invitados bajaron la vista a sus platos.

"Los demás pueden terminar el postre."

Y la sala, que un minuto antes se agitaba, quedó en un silencio obediente.

Entendí en ese instante que el verdadero dueño de la mentira no era mi marido.

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