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Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 9 de 24

Capítulo 9: Lo que cuesta

Claudio se quedó tres días en Niebla.

Arrendó un cuarto en la hospedería del puerto, de paredes de madera y colchón de resorte.

Todas las mañanas lo veía pasar por mi calle con el abrigo gris y la cara sin dormir.

No tocó otra vez mi puerta.

Dejaba cosas.

El primer día, una bolsa con pan, queso y mermelada de mora, colgada del picaporte.

El segundo, un termo de té con una nota: "Para el frío. No tienes que contestar."

El tercero, una caja de acuarelas finas, de las que yo usaba en Santiago.

Él me la había regalado hacía dos Navidades, y se había quedado en el penthouse.

No las toqué.

Tampoco las tiré.

La tercera mañana salí a la costanera a las seis, con un abrigo y el pelo recogido.

Lo encontré sentado en un banco frente al río, con los codos sobre las rodillas.

El Fuerte de Niebla se alzaba a nuestra izquierda, negro y húmedo, bajo un cielo plomizo.

Una gaviota se burlaba del viento sobre el muelle.

Me senté en el otro extremo del banco.

No lo miré.

"Gracias por las acuarelas", dije.

"No las agradezcas. Eran tuyas."

"Gracias igual."

Pasó un rato largo.

"Tienes cinco minutos", dije.

Asintió.

Se frotó las manos, rojas por el frío.

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