Aprendiendo a que Me Manejen, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: El mirador
Primera vez en la cabina de la camioneta, con la ciudad abajo.
Rafael no me dijo que no.
Al día siguiente, a las seis de la tarde, esperó en la misma esquina con la misma camioneta azul.
Yo había dormido tres horas.
Me había cambiado cinco veces de ropa.
Terminé con una falda de mezclilla corta y una blusa blanca de tirantes que Andrea me había regalado.
Subí sin decir nada.
Él tampoco habló.
Manejó por la autopista hacia el valle, con las dos manos en el volante, los nudillos blancos y la mandíbula tensa.
Tomó un desvío de tierra que subía por una loma, entre cultivos de papas y matorrales de chilca.
A los veinte minutos llegamos a un mirador de piedra, en lo alto de un cerro.
Se veía el valle entero de Tumbaco, con las luces de las casas empezando a encenderse y las montañas moradas detrás.
Rafael apagó el motor.
Nos quedamos en silencio.
"Es mi lugar favorito", dijo al fin. "Vengo aquí a pensar."
"Es hermoso."
"Nunca he traído a nadie."
Me giré hacia él.
Tenía la mirada fija en el parabrisas.
"Le dije que dejara de verme", murmuré.
"Y yo te dije que no me lo dijeras."
"¿Entonces?"
"Entonces estoy aquí." Se volvió hacia mí. "Y no puedo irme."
Algo me subió por la garganta, caliente.
Me desabroché el cinturón.
Me incliné hacia él.
Lo besé.
Un beso largo, lento, con las manos en su cara.
Respondió con la misma hambre de la víspera, pero más hondo, más seguro.
Me tomó de la cintura y me acomodó sobre sus piernas, de frente, con la falda arrugada entre los dos.
Me besó el cuello.
Me mordió suavemente el hombro.
"Quiero verte", dijo.
"Mire."
Me quité la blusa.
Me quité el sostén.
Él me miró con ojos oscuros, sin pestañear.
"Más despacio", susurró, "la próxima vez que me hagas esto."
"¿Por qué?"
"Porque me matas."
Lo hice más despacio.
Me llevé las manos a los pechos y los acaricié frente a él, con los pulgares sobre los pezones.
Rafael tragó saliva.
Tenía los nudillos blancos sobre las rodillas, como si se obligara a no tocarme.
"Tóqueme", dije.
"Todavía no."
"¿Por qué?"
"Porque quiero ver hasta dónde llegas sola."
Me incliné, le abrí la camisa y le pasé la lengua por el cuello, por el pecho, por el vientre duro.
Él soltó un aire largo, temblando.
Bajé de su regazo y me arrodillé en el piso de la camioneta, entre sus piernas, con las rodillas contra el metal.
Le abrí el cinturón.
Le bajé el pantalón.
Su verga saltó libre, dura, gruesa, tensa contra el vientre.
La miré un momento.
Después la tomé con una mano y le pasé la lengua por la punta.
Rafael contuvo el aliento.
"Lucero."
"Dígame cómo."
"Despacio."
Bajé la boca.
Lo recibí hasta donde pude, caliente, salado, ancho, moviendo la lengua contra la parte de abajo.
Él gimió con la voz rota.
"Muy bien", dijo. "Así. Más profundo."
Obedecí.
Sentí cómo su mano se enredaba en mi pelo, sin empujar, guiándome.
"Respira por la nariz."
Respiré.
"Buena chica."
Me estremecí.
Subí y bajé, chupando, con la mano en la base, mirándolo desde abajo con los ojos llenos de lágrimas por el esfuerzo.
Él me miraba con una intensidad que me quemaba.
Bajé una mano entre mis propias piernas, sin que me lo pidiera.
Estaba empapada, resbalosa, hinchada de ganas.
Gemí con la boca llena de él.
La vibración le arrancó un sonido que nunca le había oído.
"Lucero, qué haces."
No contesté.
Me tragué más de él, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta.
Se le tensaron los muslos.
"Para", dijo, de pronto. "Para o termino."
Me detuve.
Me limpié la boca con el dorso de la mano.
"¿Y si quiero que termine?"
"No hoy."
"¿Por qué?"
"Porque hoy quiero estar dentro de ti."
Me levantó.
Me sentó en el asiento del copiloto, con la espalda contra la puerta, y se arrodilló en el suelo de la cabina, entre mis piernas.
Me quitó la falda.
Me quitó la tanga.
Me abrió los muslos con las dos manos y hundió la cara entre ellos.
Su lengua me encontró sin pedir permiso.
Me arqueé con un grito.
Me lamió con una paciencia que me desarmaba, de abajo hacia arriba, con toda la lengua.
Después con la punta, en círculos pequeños, sobre el clítoris.
Me metió dos dedos, curvándolos, y todo mi cuerpo se tensó.
"Don... Rafael..."
"Rafael."
"Rafael, por favor..."
"Por favor, qué."
"No pare."
"No voy a parar."
Me chupó el clítoris con los labios, suave, y después fuerte.
Mis talones se clavaron en su espalda.
"Dígame que es mío", dijo, sin soltarme.
"Es suyo."
"¿Todo?"
"Todo, Rafael. Cójase lo que quiera."
Rió contra mi piel, y esa risa me hizo temblar más que la lengua.
Me vine con una sacudida brusca, aferrada a su pelo, con los muslos temblando contra sus hombros.
Él siguió lamiéndome hasta que no pude más.
Se puso de pie.
Me tomó de las caderas.
Me llevó de vuelta a su regazo, a horcajadas, de frente.
Yo me sostuve de sus hombros.
Él me miró.
"Tienes que decirme que sí."
"Sí."
"Dilo bien."
"Sí, Rafael. Quiero. Se lo pido."
Me levantó con una mano, y con la otra se alineó.
Bajé.
Despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo abrirme, llenarme, ocuparme entera.
Los dos gemimos.
Me quedé quieta, con las uñas clavadas en sus hombros.
"Es mucho", susurré.
"Lo sé."
"Es demasiado."
"Respira."
Respiré.
El dolor se disolvió en algo cálido, profundo, que me llenó hasta los dedos de los pies.
"Ahora muévete", dijo.
Me moví.
Arriba y abajo, con las rodillas apoyadas en el asiento, con las manos en su cuello, mirándolo a los ojos.
Él me sostenía las caderas y me guiaba.
"Más rápido."
Aceleré.
"Más profundo."
Bajé hasta el fondo.
"Eso es. Así, Lucero."
No sé por qué eso me hizo gritar.
Me apreté alrededor de él con un espasmo violento.
"Otra vez", ordenó.
"No puedo..."
"Puedes."
"Rafael..."
"Hazlo."
Me vine otra vez, con un sollozo, temblando entera.
"Todavía no terminé contigo", gruñó.
Salió de mí.
Me quejé, vacía, con las piernas aún temblando.
"Date la vuelta."
Me giré en el asiento, de rodillas, con las manos contra el vidrio empañado.
Me abrió las nalgas con las manos.
Sentí su aliento caliente en la espalda.
"Mírate", dijo. "Mojada, abierta, esperándome."
"Métamela."
"¿Así de rápido?"
"Rafael, métamela ya."
Entró de un solo golpe.
Grité contra el vidrio, y mi aliento dibujó una nube sobre el parabrisas.
Me agarró del pelo con una mano y de la cadera con la otra.
Tiró de mi cabeza hacia atrás, sin dañarme, lo justo para hablarme al oído.
"Eres mía en esta camioneta."
"Sí."
"Mía en este cerro."
"Sí, sí, sí."
Me embistió con un ritmo duro, hondo, que hacía rechinar los resortes del asiento.
Cada golpe me sacaba un grito.
Mis rodillas resbalaban sobre el vinilo gastado.
Mis palmas dejaban huellas húmedas en el vidrio.
Su mano bajó entre mis piernas y encontró el clítoris sin buscarlo.
"Otra vez", dijo.
"No aguanto."
"Aguantas."
"Rafael, me va a matar."
"Entonces mueres conmigo."
Me vine así, de rodillas, con la cara contra el vidrio y su mano enredada en mi pelo.
El orgasmo me recorrió la espalda como una descarga.
Casi no podía respirar.
Él no se detuvo.
Me giró de nuevo, sin salir de mí, hasta dejarme de espaldas sobre el asiento.
Me abrió las piernas contra su pecho, con mis rodillas junto a sus hombros.
Quedé abierta del todo, y él me miró entrar y salir con los ojos negros.
"Mira cómo me recibes."
Miré.
Me ardió la cara, y me gustó.
"Más fuerte", pedí.
"Dilo otra vez."
"Más fuerte, Rafael. Rómpame."
Gruñó algo que no entendí.
Aceleró, y el asiento entero se sacudió con nosotros.
El claxon sonó una vez, aplastado por mi codo, y nos reímos jadeando, sin parar de movernos.
Sentí que me llegaba otra ola, más profunda, desde el fondo.
"Contigo", dije. "Hágalo conmigo."
"Mírame."
Lo miré.
Me vine gritando su nombre, con las uñas arañando el respaldo y los muslos abiertos contra su pecho.
Todavía sin aire, lo rodeé con las piernas para que no saliera.
Él se vino dentro de mí con un rugido, hundido hasta el fondo.
Me abrazó contra su pecho con un gruñido ahogado, apretándome tan fuerte que me faltó el aire.
El valle se oscureció.
La cabina estaba empañada.
Nos quedamos mucho tiempo abrazados, jadeando, sin movernos.
Cuando por fin levanté la cabeza, una luz blanca barrió el parabrisas.
Unos faros.
Un carro subía por el camino de tierra hacia el mirador.
Rafael se tensó.
"Agáchate."
Me agaché contra su pecho.
El carro llegó a la explanada, frenó a diez metros, y se quedó con el motor encendido.
Era un Mazda rojo, nuevo, con el capó brillante.
Reconocí la placa.
Se me heló la sangre.
Por la ventanilla bajada asomó la cabeza de un chico de pelo engominado y zapatillas de marca, con el celular levantado en la mano.
Cristian Yépez.
El novio de Andrea.