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Aprobó El Examen Sentada En Mis Piernas, novela · Capítulo 12 de 24

Capítulo 12: Mano a mano

El jacuzzi de la terraza echaba vapor bajo un cielo lleno de estrellas.

Eran las nueve de la noche.

Habíamos cenado en la cabaña, con cerveza fría y quesadillas de una tienda del camino.

Daniela había tardado una hora en dejarme servir el último vaso sin interrumpirme con besos.

Ahora estaba sentada en el borde de madera, con los pies metidos en el agua y una toalla blanca sobre los hombros.

Yo me quité la camisa y los pantalones en la penumbra y me metí en el agua caliente.

"Ven."

"Me da vergüenza."

"Tú no tienes vergüenza."

"Contigo, a veces sí."

Dejó caer la toalla.

Se quedó de pie, desnuda, con la luz de las estrellas sobre la piel morena y las gotas del vapor pegándosele al pelo.

Se metió despacio, estremeciéndose, y se sentó a mi lado.

El agua le llegaba a los pechos.

Los pezones, oscuros, duros por el frío del aire, asomaban sobre la superficie.

Me acerqué y le besé uno.

Ella se arqueó con un suspiro.

"Octavio."

"Dime."

"Tengo que decirte algo antes."

Me aparté para mirarla.

"Elegí tus martes y tus jueves a propósito. Te lo dije. Pero no te dije por qué."

"¿Por qué?"

"Porque cuando te vi arreglando la rueda de aquella chica, te vi cansado."

"Y me dieron ganas de que alguien te mirara como si valieras la pena."

Bajó los ojos.

"Yo quería ser esa persona."

"Aunque me costara la beca."

Algo se me desató en el pecho.

Le tomé la cara con las dos manos.

"Desde la segunda semana del curso", dije.

"Cuando entraste al estacionamiento con unos tenis rotos, mirando los conos como si fueran un enemigo."

"Desde esa semana no pude dejar de pensar en ti."

"¿Por qué no lo dijiste?"

"Porque soy un cobarde."

"Eres un instructor."

"Eso también."

Se rio, y me besó, con las manos mojadas en mi cuello.

El agua nos envolvía hasta la cintura, caliente, burbujeante.

La subí sobre mis piernas, de frente, con sus rodillas a mis lados.

Sentí cómo se deslizaba hacia mí, mojada y suave, y sus labios abrieron la boca contra la mía.

"Te quiero", dijo contra mis dientes. "No sé si esto se dice, pero es verdad."

"Se dice."

"Entonces te quiero."

"Yo también."

Mi verga, dura entre los dos bajo el agua, rozó la entrada de su cuerpo.

Ella se alzó apenas, tomándome con la mano, y se dejó caer hasta que los dos ahogamos un gemido.

El agua subió y bajó con el movimiento.

Se aferró a mis hombros, y comenzó a mecerse, despacio, sin prisa, con la mirada fija en la mía.

Yo la sostenía de las caderas.

Sentía el calor del agua, el calor de ella, el roce de sus pechos contra mi pecho, el vapor mojándonos la cara.

"Más hondo", pidió.

Le levanté un poco las caderas y la hundí otra vez, y ella tembló.

"Así."

"Dime que eres mía."

"Soy tuya."

"¿Hasta Madrid?"

"Hasta Madrid. Y después de Madrid. Y donde sea."

La besé con una ternura que me dolía.

Después la levanté en brazos, salpicando agua por toda la terraza.

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