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Aprobó El Examen Sentada En Mis Piernas, novela · Capítulo 9 de 24

Capítulo 9: El examen del embrague

A las once de la noche, el estacionamiento norte estaba vacío otra vez.

La fiesta de Paola había terminado, el guardia había recibido su propina.

Los conos seguían donde yo los había dejado esa tarde, en filas rectas.

Estacioné el Nissan gris bajo la única lámpara que funcionaba, apagué los faros y dejé el motor encendido.

Daniela abrió la puerta del copiloto con el papel de aprobación en la mano y lo pegó en el parabrisas con una cinta.

"Para que la cámara lo vea", dijo.

La cámara estaba muerta.

Yo mismo le había sacado la batería esa mañana.

"Sube", le dije. "Aquí no hay examinador. Hay un instructor con una cuenta pendiente."

"¿Y qué se evalúa?"

"Control."

Cerró la puerta y me miró con una sonrisa traviesa.

Llevaba un vestido de tirantes color vino y unas sandalias, y el pelo negro recogido en un moño que se le caía.

"Ya aprobé mi examen", dijo.

"El de Tránsito. Falta el mío."

Bajé el asiento del conductor lo justo para dar espacio.

"Siéntate."

"¿Dónde?"

"Donde empezó todo."

Se levantó el vestido hasta la cintura.

Debajo llevaba una tanga de encaje negro, la docena que le había prometido en el mirador.

Se sentó de lado sobre mis piernas, con las rodillas contra la puerta.

Luego se giró para quedar de frente al volante, con la espalda contra mi pecho y las nalgas pegadas a mi entrepierna.

Mi verga ya estaba dura bajo su peso.

Ella se movió un poco, buscando el ángulo, y me arrancó un gruñido.

"Qué incómodo", dijo, burlona.

"Pon las manos en el volante. A las diez y a las dos."

Obedeció.

"Pie izquierdo en el embrague. Pie derecho en el acelerador."

"Me quedan lejos los pedales."

"Estira las piernas."

Se estiró, y el vestido se le subió más, y yo agarré sus caderas para sostenerla.

"Ahora pisa el embrague y mete primera."

Metió la palanca a fondo, con la mano temblorosa.

"No avances. Quédate en neutral. Pisa el acelerador y mantén el motor a tres mil vueltas."

Apretó el pedal derecho.

El motor rugió.

La aguja del tablero subió y se estabilizó cerca del tres.

"Muy bien. Si baja de dos mil ochocientas o sube de tres mil doscientas, repites el examen."

"¿Y qué pasa si lo repito?"

"Que empiezo otra vez."

"¿Empieza qué?"

Le aparté la tanga con los dedos.

Estaba empapada.

Le acaricié los labios con la yema, despacio, de abajo hacia arriba, y ella contuvo el aliento sin quitar el pie del acelerador.

"Eso", dije. "Mantén el ritmo."

"Es... difícil."

"Para eso es el examen."

Le metí un dedo.

Después dos.

El motor tembló.

La aguja bajó, subió, y ella apretó con el pie derecho para corregirla.

"Octavio..."

"Control."

Con la mano libre, le desabroché el vestido por delante y lo abrí.

Sus tetas rebotaron, libres, y las tomé con los dedos, pellizcándole los pezones.

Ella gimió y la aguja se disparó hacia tres mil quinientas.

"Suelta."

Aflojó el pie.

La aguja cayó.

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