Así que hui con mis gemelos, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: La ambulancia
Escapa en una ambulancia, enfrenta a Misael en la carretera y él desvía a los hombres de su padre.
A las cuatro menos diez de la madrugada, giró la llave por segunda vez.
Everardo había apagado la cámara del pasillo con un pañuelo de gasa y cinta médica.
Los diez hombres de don Eleazar dormían a medias en sillas de plástico, repartidos a lo largo del corredor.
Dos eran los de la puerta.
Everardo les había dejado a todos un termo de café, y el café traía suficiente sedante para que nadie despertara antes del amanecer.
Lo hizo sin que yo se lo pidiera, y sin mirarme cuando lo contó.
Me puso una bata de enfermera y una gorra, y me tomó del codo.
"Camine natural, doña. Como si trabajara aquí."
"Yo vivo aquí."
"Entonces mejor aún."
Bajamos por la escalera de servicio con mi bolsa y un termo vacío.
En el estacionamiento esperaba una ambulancia blanca con la franja azul de la clínica.
Subí a la parte de atrás, junto a la camilla, y Everardo cerró las puertas.
"Se va a acostar y se va a tapar con la sábana. No va a asomarse hasta que yo diga."
"¿A dónde vamos?"
"A un lugar donde nadie la va a buscar."
Arrancó sin sirena.
Me tendí en la camilla, con la sábana hasta la barbilla, y oí cómo la ciudad pasaba por las ventanas.
Monterrey dormía bajo una neblina baja, y la carretera olía a asfalto húmedo y a diésel.
En la primera caseta de peaje, un guardia asomó la cabeza.
"Buenas, doctor."
"Buenas. Una urgencia a Saltillo."
"Que le vaya bien."
La barrera subió.
Respiré.
A veinte kilómetros de la ciudad, Everardo frenó de golpe.
La ambulancia patinó sobre la grava y se detuvo con un chirrido.
Oí que apagaba el motor.
Por el cristal trasero vi una camioneta negra atravesada en la carretera, con los faros encendidos.
De ella bajó un hombre alto, solo, con las manos vacías.
Lo conocía por su manera de caminar.
"Misael", susurré.
Everardo giró en su asiento.
"¿Qué hago?"
"Ábreme la puerta."
"Doña..."
"Ábreme."
Salí de la ambulancia con la bata de enfermera y la bolsa colgada del hombro, en medio de la carretera vacía.
Misael estaba a diez pasos, bajo los faros.
Tenía los ojos rojos, la corbata suelta, y el traje arrugado de quien llevaba toda la noche en pie.
No traía guardaespaldas.
"Estela", dijo. "El de la caseta me llamó. Todos me llaman, soy el hijo del Don."
"Mi padre dijo que te habías escapado."
"No me escapé. Me fui."
"Vuelve a casa. Esto es una locura."
"Es mi decisión."
"Estás emocionada por lo de Azucena. Todo va a pasar."
"Misael."
Él se detuvo.
Saqué de la bolsa el segundo juego de papeles, y se lo tendí.
"Firma."
Los miró sin recibirlos.
"No voy a divorciarme de ti por una pataleta."
"No es una pataleta. Hace cinco años que me llamas estéril con tu silencio, y hoy dejaste que tu madre lo dijera en voz alta junto a una cama."
"Fue un desliz de ella."
"Y a ti te pareció normal."
"Estela, Azucena se está muriendo."
"Lo sé. Me da pena. Es una buena mujer."
"Entonces entiende."
"Entiendo perfectamente", dije. "Entiendo que le debes un hijo, y que yo no estaba en tu cuenta."
Bajó la mirada.
Tuvo la decencia de avergonzarse, aunque fuera un segundo.
"Mi padre te va a buscar", dijo en voz baja. "Y no va a ser amable."
"Lo sé."
"Puedo protegerte si vuelves."
"No necesito que me protejas de tu padre. Necesito que me dejes ir."
Le lancé los papeles al pecho.
Cayeron al suelo y se abrieron como un abanico entre los faros.
Misael no los levantó.
Me miró de arriba abajo, y por primera vez vio mi vestido de enfermera, mi cara sin maquillaje, la curva suave de mi vientre bajo la tela.
Lo vi dudar.
Lo vi abrir la boca, y cerrarla.
No preguntó nada.
Me di la vuelta y subí a la ambulancia sin mirar atrás.
Everardo arrancó otra vez.
Por el espejo retrovisor vi cómo la camioneta negra se quedaba inmóvil en la carretera, con las luces encendidas, cada vez más lejos.
"¿Está bien?", preguntó Everardo.
"No."
"Lo siento."
"No lo sienta. Siga manejando."
Los kilómetros se estiraron bajo las ruedas.
A los treinta minutos, Everardo frenó otra vez y miró por el retrovisor.
Dos faros se acercaban a toda velocidad por el carril izquierdo, y detrás de ellos otros cuatro.
"Los hombres de don Eleazar", dijo.
Apreté los puños.
Pero los faros pasaron a nuestro lado sin detenerse.
Uno de los autos, el primero, se atravesó delante de ellos con un derrape, frenando a los demás.
Vi a Misael salir del auto y levantar los brazos.
Habló con los hombres, gesticulando hacia el norte, y los señaló con la mano, mandándolos de vuelta a la ciudad.
Los autos giraron.
Se fueron.
Everardo soltó el aire por la boca.
"Su esposo acaba de mentirle a su padre por usted", dijo.
"No se lo crea todavía, doctor", respondí. "Yo no me lo creo."