Cuando el Alfa Me Reclamó... Ya Era Demasiado Tarde, novela · Capítulo 10 de 12
Capítulo 10: Una casa recién barrida
Elio dejó la sede con una mochila al hombro y su hijo en brazos.
Nadie lo escoltó.
Había nombrado ante el Consejo a su hermano menor como Alfa de Espino Negro.
Había firmado la entrega de las tierras y renunciado a todo derecho sobre la manada.
Se había quedado sin apellido de Alfa, sin casa, sin vínculo.
Lo esperé en el patio, bajo el alero, mientras la nieve caía en copos gordos.
No quería despedirme.
Pero tenía que decirle algo que no me dejaba dormir.
"Elio."
Se volvió.
Tenía el aspecto de un hombre que ha envejecido diez años en una semana.
Nahuel, en sus brazos, dormía con la cara aplastada contra su cuello.
"Ámbar."
"Una cosa. Va a venir a revisión cada diez días. Si no viene, lo busco yo."
"Vendrá."
"Y la raíz, ni una gota. Ni en la ropa, ni en las sábanas, ni en la leche."
"No hay raíz. Lo prometo."
Asentí.
Hubo un silencio incómodo.
"Alquilé una cabaña a las afueras del pueblo", dijo. "Voy a cortar leña para la municipalidad. No es mucho. Es lo que hay."
"Está bien."
"No vengo a que me perdones."
"Lo sé."
"Solo quería que supieras..." Se detuvo. Tragó. "Que lo que hice, lo hice por cobardía. No por maldad. Y que eso no es una excusa."
"No lo es."
"Gracias por salvarlo."
"No lo hice por ti."
"Ya lo sé."
Se dio la vuelta y se alejó por el sendero de nieve, un hombre grande con un niño dormido en el hombro.
Lo vi desaparecer detrás de los pinos.
No sentí nada.
Eso era lo que más me asombraba.
Ni rabia, ni lástima, ni dolor.
Solo el vacío limpio de una casa recién barrida.
Subí a la torre del ala norte a las diez de la noche, sin avisar.
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