Cuando el Alfa Me Reclamó... Ya Era Demasiado Tarde, novela · Capítulo 8 de 12
Capítulo 8: Un niño de dos años
Bajé la escalera con la bata mal anudada y el pelo revuelto.
Silvestre bajó detrás, a dos escalones, con el abrigo en la mano.
En el vestíbulo había charcos de nieve derretida y tres guardias formando un semicírculo.
En el centro, Greta Zúñiga, empapada hasta los huesos, con un abrigo de lana lleno de barro, sostenía a Nahuel contra su pecho.
El niño tenía la boca morada.
Respiraba con un silbido hondo, desesperado, y cada tos le sacudía el cuerpecito entero.
Greta levantó la vista.
Vio a Silvestre y no lo miró.
Me miró a mí.
"Ayúdalo."
Me quedé quieta un instante.
"Por favor", dijo. Se le quebró la voz. "Ayúdalo. Se está ahogando."
Había visto a Greta sonreír, mentir, burlarse, brindar por mi desgracia.
No la había visto aterrada.
Me hizo falta un segundo.
Después le saqué al niño de los brazos.
"A la sala dos", ordené. "Oxígeno, agua salada tibia y una compresa de eucalipto en el pecho. Ahora."
Corrimos.
Lo tendí sobre la camilla.
Le abrí el pijama de lobitos.
Tenía el torso lleno de manchas oscuras, pequeñas, del tamaño de monedas.
Le pasé la nariz por la piel.
Ceniza mojada.
Mucha más que en la casa.
"¿Cuándo le diste la raíz por última vez?", pregunté sin mirarla.
"Esta mañana."
"¿Cuánta?"
"Una gota en el cuello, como siempre."
"¿Siempre?"
"Todos los días."
Cerré los ojos.
La raíz de ceniza, usada una vez, deja el olor en la piel unas horas.
Usada cada día sobre la piel de un bebé, se mete por los poros y por la respiración.
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