Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 10 de 24
Capítulo 10: El temporal
El temporal nos alcanzó en el último tramo, entre Chacao y Castro.
El ferry se detuvo en mitad del canal, con el viento aullando y las olas rompiendo contra el casco, y no pudimos desembarcar hasta casi la medianoche.
Salvador manejó su camioneta por un camino de tierra, bajo una lluvia horizontal, hasta una casa de madera sobre pilotes, al borde del mar.
"Mi casa", dijo. "La pensión se quedó sin luz. Aquí tengo estufa."
Entramos empapados.
Él encendió la estufa a leña con dos movimientos rápidos.
Puso agua a calentar.
Yo me quedé de pie en medio de la sala, con la peluca rubia colgando del brazo, el abrigo de su tía chorreando, y las manos temblorosas.
Vi a Eliseo en la iglesia.
Vi sus ojos buscándome.
Vi a Priscila con mis perlas.
"Siéntese", dijo Salvador.
"No puedo."
"Violeta."
Me quité el abrigo.
Me quité los lentes.
Dejé la peluca sobre la mesa y me pasé las manos por el pelo cortado, aplastado de sudor y de lluvia.
Cuando levanté la vista, él me estaba mirando.
Sin disimulo.
Con el tipo de mirada que se le dedica a un fuego.
"¿Qué?", pregunté.
"Nada."
"Dígalo."
"Usted es la persona más valiente que he conocido."
"Estoy temblando."
"Eso es lo que quiero decir."
Me reí, con un sonido que me salió roto.
Me acerqué.
Lo miré de abajo hacia arriba.
Era tan alto que tenía que echar la cabeza hacia atrás.
"Salvador."
"Dígame."
"Estoy muerta."
"Lo sé."
"Soy una mujer muerta. No existo. Nadie me espera. Nadie me puede pedir cuentas." Tragué. "Y quiero hacer algo antes de resucitar."
"¿Qué?"
"Quiero acostarme con usted."
Se quedó helado.
La estufa chisporroteó.
El viento golpeó los ventanales.
"Violeta."
"No me pidas que lo piense."
"No iba a pedirte eso."
"¿Entonces?"
"Iba a decirte que llevo cuatro días pensando en lo mismo."
Se me cortó el aire.
Le puse las manos en el pecho.
Sentí su corazón, firme, rápido.
"Entonces bésame."
Lo hizo.
Se inclinó, me tomó la cara con las dos manos callosas, y me besó.
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