Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 2 de 24
Capítulo 2: La otra esposa
Priscila se presenta con su bebé; Violeta finge ser una prima y oye un plan.
Tuve un segundo para decidir quién iba a ser.
No hubo más.
"Sí", dije. "Soy su prima."
"¡Lo sabía! Tiene los mismos ojos color miel."
Priscila Madariaga se llevó una mano al pecho, feliz, como si acabara de resolver un acertijo.
"Eliseo habla mucho de usted. Dice que es muy reservada, que casi no sale. Que es la hija de un tío que murió, que la ayuda con los gastos." Se agachó para acomodar la mantita del cochecito. "Yo me muero de ganas de conocerla desde hace meses."
"Qué amable."
"Me llamo Priscila. Soy la esposa de Eliseo."
La sonrisa que me salió fue una de las mejores actuaciones de mi vida.
"Mucho gusto."
"Este es Eliseo hijo."
Me incliné sobre el cochecito.
Dentro dormía un bebé de dos meses, rosado, de puñitos apretados y pelo oscuro.
Tenía la frente de su padre.
La barbilla de su padre.
La curva de la oreja que yo había besado mil veces en la oscuridad.
Se me nubló la vista un segundo.
"Es precioso."
"¿Verdad? Tiene su carácter."
"Se parece mucho a él."
"Eliseo dice que no, que es mío." Se rio. "Pero yo veo su nariz."
Respiré.
Miré su mano, la que se apoyaba en el manillar del cochecito.
Un anillo de oro con una piedra pequeña.
"¿Hace mucho que se casaron?"
"Catorce meses. En Valdivia, una ceremonia chiquita." Suspiró. "Mi papá no estaba de acuerdo al principio. Eliseo era viudo, ¿sabe? Había perdido a su primera mujer. Una tragedia."
"¿Viudo?"
"Sí. Hace seis años. Un accidente."
Mi corazón dejó de latir y volvió a empezar.
"Qué terrible."
"Él nunca habla de eso. Me da pena preguntarle. Pero es muy bueno. Es el mejor hombre que conozco."
La miré.
Tenía veintiocho años, una cara honesta, el cansancio dulce de una madre reciente.
No me estaba provocando.
No sabía.
La estaban engañando a ella también.
Y por un instante, absurdamente, sentí una compasión tan grande por esa desconocida que me dolió.
"Tengo que irme", dije. "Fue un gusto, Priscila."
"Venga a cenar a casa un día. A Eliseo le encantará."
"Claro."
Me alejé.
Caminé por el pasillo con las piernas de goma.
Pasé por delante de la puerta de la dirección, una puerta doble de nogal con una placa dorada.
"Dr. Hernán Madariaga. Director."
Estaba entreabierta.
Me detuve.
No sé por qué.
Tal vez porque reconocí, dentro, la voz de mi marido.
"...no te preocupes, Hernán. Está todo coordinado."
Una voz mayor, más áspera, le contestó.
"¿El gas?"
"Listo. El técnico hace la reforma esta semana. Una pequeña falla en el regulador, algo que parece un descuido."
"¿Y ella?"
"Va a ir. Le voy a regalar un fin de semana por nuestro aniversario. Está encantada con la idea de reconciliarnos."
"¿Y el seguro?"
"Tres veces la suma. Firmado en enero."
"¿Y la empresa?"
"Cuando falte ella, el cuarenta por ciento pasa a mí. Y yo se lo vendo a usted por la mitad."
Silencio.
Después, la risa de Madariaga.
"Eres un buen yerno, Eliseo."
"Aprendí del mejor."
Se me heló la sangre.
Mis pies se pegaron al suelo.
"¿La fecha?", preguntó Madariaga.
"El catorce de marzo. La casa del lago. Una noche de sábado. Nadie sospechará de un cardiólogo con una guardia de urgencia."
Retrocedí un paso.
Las baldosas, bajo mis zapatos, parecían de hielo.
No grité.
Me di la vuelta, caminé sin prisa hasta la puerta de servicio, empujé la barra de metal, y salí al estacionamiento.
El sol de la tarde me dio en la cara.
Me apoyé contra un pilar.
Respiré con la boca abierta, como si me hubieran sacado del agua.
El catorce de marzo.
Faltaban veintiséis días.
Miré mi teléfono.
Teresa había respondido.
"Estoy en mi oficina. Ven ya."
Fui.