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Desposar al Rey Vampiro Después de Renacer, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Ceniza

El rito de sangre, el desprecio de la corte y un asesino nocturno rompen los guantes de Alaric y dejan ver unas manos quemadas.

El rito de sangre se hizo esa misma tarde, en la capilla vieja de los vampiros.

Fue breve, frío y silencioso.

No había flores.

Había una nave larga de piedra, antorchas verdes y un altar de obsidiana.

En las bancas, rostros pálidos me miraban como se mira un plato que no se pidió.

Treinta vampiros de la corte.

Ninguno aplaudió.

A mi lado, Alaric no me soltaba la mano, aunque había vuelto a ponerse el guante.

Frente al altar nos esperaba una mujer alta, de pelo blanco recogido en una trenza de corona.

Tenía anillos en todos los dedos y una boca que no sonreía.

Lady Orsolya Valmont.

La tía.

"Una humana", dijo, sin mirarme. "Qué ocurrencia."

"Tía."

"No digo nada, sobrino. Solo observo que tu elección ha dejado sin esposa a mi sobrina de sangre pura, que lleva dos años esperando."

"Entonces tiene dos años de paciencia que aprovechar", dije yo.

Se oyó un murmullo.

Orsolya me miró por primera vez, con unos ojos gris violeta que parecían medir cuánto pesaba mi cuello.

"Usted me tratará de usted, niña."

"Y usted a mí."

Alaric no se movió, pero tuve la sensación de que sonreía por dentro.

El cuchillo era de plata, con mango de hueso.

Me hice un corte limpio en la palma de la mano izquierda, y la sangre brotó, roja y espesa.

Alaric me tomó la muñeca.

Se inclinó, y noté cómo todo el cuerpo se le tensaba, como un animal que lleva días sin comer.

Su boca rozó mi piel.

Y bebió.

Fue solo un trago.

Me recorrió un calor extraño desde la palma hasta el pecho, un mareo dulce, una especie de hilo que se tensaba entre los dos.

Entonces se quedó quieto.

Abrió los ojos, rojos como brasas, y me miró como si hubiera visto un fantasma.

"Su sangre", murmuró, tan bajo que solo yo lo oí. "Sabe a un recuerdo."

"¿Qué recuerdo?"

"No sé. Un humo."

Se me heló la espalda.

Alaric se enderezó, soltó mi muñeca y me ofreció la suya, enguantada.

"Su turno."

Le quité el guante con cuidado, como quien levanta una venda.

Vi que tenía la piel de la mano marcada, rojiza y arrugada.

Él cerró el puño antes de que yo pudiera mirar de cerca.

Se hizo un corte con el cuchillo.

Bebí.

Sabía a hierro y a algo más, a madera y a noche.

Los treinta vampiros, en silencio, se pusieron de pie para la fórmula final.

"Quedan unidos ante las cuatro casas", dijo Orsolya, con voz de sentencia.

Y yo era la esposa del señor de los vampiros.

Nos llevaron al castillo de la Niebla Negra al anochecer.

Era una fortaleza de piedra gris que dominaba un barranco, con torres cubiertas de musgo y ventanas altas, estrechas.

Dentro olía a cera, a polvo y a rosas marchitas.

Las criadas me miraron con una mezcla de lástima y hambre.

"Su habitación, señora", dijo un mayordomo muy delgado. "El Lord ha ordenado que se le dé la del ala este, con chimenea y ventanal."

"Gracias."

"Cena a las nueve. Si desea que se le suba, avise."

Era una habitación inmensa, con cama de cuatro postes y cortinas de terciopelo.

Pero había sido preparada con cuidado: un fuego encendido, un jarro de agua, flores secas en la mesa.

Alguien había pensado en mí.

La cena la hice sola.

Alaric no bajó.

Su criado dijo que tenía asuntos que atender, y entendí que tenía que respetar sus tiempos.

Me acosté tarde, en la oscuridad, con las manos todavía temblando.

Había vuelto de la muerte.

Había entregado la mano al señor más temido del mundo.

Había visto a mi hermana mirarme con odio.

Dormí mal, a trozos.

No sé cuánto tiempo pasó cuando algo me despertó.

Un crujido.

La cortina de mi ventana se movía, aunque no había viento.

Abrí los ojos.

Una figura encapuchada estaba parada junto a mi cama, con una daga larga y brillante en la mano.

Me quedé paralizada.

La figura levantó el brazo.

Grité.

Un golpe seco, un ruido de huesos.

La daga cayó al suelo.

Alaric estaba allí, de pronto, y no lo vi llegar.

Tenía una mano alrededor del cuello del asesino y la otra todavía en el aire.

Lo había levantado como si pesara una pluma.

Tenía los ojos completamente rojos y colmillos largos, blancos.

"¿Quién te envió?", preguntó, con una voz que no era la suya.

El asesino jadeó.

Alaric apretó.

Hubo un chasquido y el cuerpo quedó colgando, sin vida.

Lo dejó caer con desprecio.

Respiraba con dificultad.

Sus guantes, rasgados por el forcejeo, colgaban de sus manos como tiras.

Se los arrancó con rabia.

Y yo vi sus palmas bajo la luz del fuego.

Estaban cubiertas de cicatrices.

Cicatrices gruesas, brillantes, de piel derretida y vuelta a cerrar, que subían por las muñecas hasta el antebrazo.

Y yo las conocía.

Eran las marcas de unas manos que intentaron arrancarme de un fuego.

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