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El Blanco Ocaso De Un Alfa Sin Alma, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: El huérfano

Kendrick trae a un niño como huérfano adoptado. Linnea finge calma y graba a Wystan.

Esperé dos semanas.

Fueron las más largas de mi vida.

Me levanté cada mañana, preparé el té, fui al comedor de la manada, escuché las quejas de las madres y firmé los turnos de guardia.

Kendrick dormía a mi lado.

Yo me quedaba despierta, mirando el techo, oyendo su respiración tranquila.

Cada noche me preguntaba cómo un hombre capaz de esa traición podía dormir tan bien.

La respuesta era sencilla: no se sentía culpable.

Se sentía justificado.

Una noche, tres días después del entierro, se giró en la cama, me abrazó por la cintura y apoyó la frente en mi nuca.

"Te quiero, Linnea."

"Lo sé."

"No me dejes."

"No te voy a dejar."

Era mentira.

Y me salió sin esfuerzo.

La segunda semana, Kendrick me pidió que lo acompañara a la casa de la manada para una reunión.

Entré al salón principal con el vestido gris de luto.

Estaban allí la mayoría de los ancianos.

Y al lado de la chimenea, de pie, con una chaqueta azul demasiado grande y los zapatos mal atados, había un niño de siete años.

Pelo castaño, ojos oscuros, una carita redonda que tenía algo de Kendrick en la barbilla.

Eamon.

Sentí cómo el aire se me quedaba atrapado en la garganta.

"Linnea", dijo Kendrick, y me tomó de la mano. "Quiero presentarte a alguien."

"¿Quién es?"

"Es un niño huérfano de una pareja de lobos que murió en un accidente en la carretera. Lo encontramos hace unos días. No tiene a nadie."

Rhiannon estaba junto al niño, con las manos entrelazadas y los ojos bajos.

Llevaba un vestido negro de luto.

Era todo tan perfectamente ensayado que me dieron ganas de reír.

"Se llama Eamon", continuó Kendrick. "Pensé que... después de lo que pasó... una casa tan grande, tan vacía..."

"Pensaste que me haría bien."

"Pensé que a los dos nos haría bien."

Lo miré.

Los ancianos me observaban, esperando.

Rhiannon me observaba con una ternura calculada.

El niño me observaba con los ojos muy abiertos, sin entender nada.

Podía gritar.

Podía enseñar los colmillos.

Podía contarles en ese mismo instante lo que había oído detrás del cobertizo, y entonces Kendrick lo negaría, Rhiannon lloraría, Wystan mentiría, y yo no tendría ninguna prueba.

Una Luna de luto, desquiciada de dolor, acusando a su pareja.

Yo conocía esa película.

Había visto cómo terminaba para otras.

"Hola, Eamon", dije, y me agaché a su altura.

El niño me miró con miedo.

Su madre le había enseñado qué decir. Lo vi en cómo apretaba los labios.

"Hola, Luna."

"Puedes llamarme Linnea."

"Mamá Linnea", susurró.

Me quedé inmóvil.

Rhiannon sonrió, triunfante.

Le acaricié el pelo al niño, con una ternura que no sentí contra él, sino contra mi propio hijo, que ya no estaba para decirme mamá.

"Eso lo hablamos más adelante", dije. "Ahora ve con tu madre... con la señora, a tomar la merienda."

Todos soltaron el aire a la vez.

Kendrick me besó la sien.

"Gracias, amor."

Esa noche me quedé despierta hasta las tres.

Cuando estuve segura de que Kendrick dormía, me deslicé fuera de la cama.

Fui a la oficina, saqué mi teléfono y marqué el número de Wystan.

Lo llamé a las tres y cuarto de la madrugada, cuando sabía que estaba de guardia en el límite norte.

Contestó con la voz espesa.

"¿Luna?"

"Wystan, necesito hablar. Es sobre Finley."

"Ahora no."

"Es urgente."

Un silencio largo.

Después, bajo:

"Dime."

Había dejado la grabadora en marcha, escondida en el bolsillo de mi bata.

"Quiero que me digas la verdad", susurré. "Sobre esa noche. Tú estabas allí. Tú oíste a Kendrick hablar con el sanador."

Wystan tragó saliva.

No dijo nada.

"No te estoy acusando", añadí. "Te estoy preguntando si tienes un hijo."

"Tengo una hija. De cinco años."

"Entonces sabes lo que te pregunto."

Pasó otro silencio.

"Fue una noche terrible, Luna", dijo al fin. "El Alfa mandó al sanador a la ciudad. Dijo que había una urgencia en otro territorio. Cuando volvió el cachorro ya... ya no estaba."

"¿Cuánto tiempo pasó?"

"Cuarenta minutos. Quizá más."

"Cuarenta minutos."

"Luna, por favor..."

"Gracias, Wystan."

Colgué.

Detuve la grabadora.

Esa grabación no era suficiente, pero era un comienzo.

A la mañana siguiente, mientras Kendrick desayunaba, me puse el abrigo y le dije que mi padre estaba muy enfermo y que necesitaba despedirme de él.

Frunció el ceño.

"¿Tu padre? No habías hablado con él en cinco años."

"Llamó anoche."

"¿Y quieres ir?"

"Quiero cerrar esa puerta."

Se quedó pensativo.

Después sonrió, aliviado, como alguien que ve resolverse un problema.

"Ve, amor. Tómate el tiempo que necesites. Aquí te esperamos."

Salí por la puerta con una mochila al hombro.

No miré atrás.

No me despedí del roble.

Lo hice dos días antes, sola, con la mano sobre la tierra.

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