Enferma con adicción al sexo, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Lunes
El profesor da su clase como si nada, y en su despacho los dos admiten que no pueden parar.
No siguió.
Se quedó con mi mano cerrada sobre su muñeca, mirándome con los ojos muy abiertos detrás de las gafas.
Después, con una suavidad que me dolió, se soltó.
Retrocedió dos pasos.
Se quitó los guantes de látex, uno por uno, y los dejó en la bandeja de acero.
"Vístase, señorita Arosemena", dijo.
La voz le temblaba, pero las palabras eran las de la última fila.
"Profesor..."
"Por favor."
Me bajé la bata sobre las caderas y me recoloqué el antifaz en el cuello.
Busqué mi ropa en la silla.
Me vestí a la vista de él, que miraba la pared.
Nadie dijo una palabra más.
Salí de la Clínica Imaginaria a las nueve y diez de la noche, con la ropa interior en el bolso y el cuerpo ardiendo.
El lunes llegué a clase quince minutos antes que nadie.
Me senté en mi sitio habitual, la última fila, junto a la ventana, con el cuaderno abierto en una hoja en blanco.
Odalys llegó con su bolso gigante y una sonrisa.
"¿Qué tienes?", susurró. "Tienes cara de haber visto un fantasma."
"Nada."
"Mientes fatal."
"No he dormido."
"¿Por quién?"
"Por nadie."
"Mmm."
A las ocho en punto, entró el profesor Quesada.
Camisa de lino beige arremangada, pantalón oscuro, el maletín de cuero, las gafas.
Dejó el maletín sobre el escritorio.
"Buenos días. Hoy hablaremos de la narración como herida."
Escribió el tema en la pizarra con una letra firme y bonita.
No me miró ni una vez.
Pero cada vez que se giraba hacia el aula, su mirada rebotaba contra mí y se apartaba, como si hubiera tocado una estufa.
Hablaba de Rulfo, de la voz de los muertos, del silencio entre dos frases.
Yo escuchaba con la piel erizada.
Era la misma voz grave que me había dicho "respire hondo".
Dios mío.
Dos años escuchándolo sin saberlo.
Cuando terminó la clase, todos recogieron sus cosas.
Odalys me tiró del brazo.
"¿Vamos al comedor?"
"Ve tú. Tengo que preguntarle una cosa al profe."
Me miró con las cejas levantadas.
"¿Una cosa?"
"Una cosa de la tarea."
"Claro. De la tarea."
Se fue riéndose.
Esperé a que el aula quedara vacía.
El profesor Quesada guardaba papeles en su maletín, con las manos que no le obedecían del todo.
"Señorita Arosemena."
"Profesor."
"Mi despacho está en el tercer piso. Podemos hablar allí."
"Prefiero aquí."
"Aquí no."
Nos miramos.
Caminó delante de mí por el pasillo, sin voltear.
Su despacho era un cuarto pequeño y atiborrado, con una estantería hasta el techo y una ventana a las palmeras del campus.
Cerré la puerta a mis espaldas.
Él se quedó junto al escritorio, de pie, con las manos en los bolsillos.
"Tengo treinta y nueve años", dijo, a modo de saludo. "Usted tiene veintidós. Soy su profesor. Usted está en mi curso de este semestre."
"Lo sé."
"Lo que pasó el sábado..."
"Fue un error."
"Fue un error", repitió él, aliviado.
"Pero no fue por culpa de nadie."
Se quedó quieto.
"Yo no sabía quién era usted", continuó, con la voz tensa.
"Se lo juro."
"Entré en esa aplicación hace un año, cuando me sentía muy solo. Quería hablar con alguien sin que me conocieran."
"Usted escribió una frase, una noche..."
"Que me gustaba demasiado."
"Que le gustaba demasiado." Se pasó una mano por la cara. "Y yo escribí que quería examinarla con cuidado."
"Lo recuerdo."
"No lo sabía, Mayte."
"Yo tampoco."
Respiré hondo.
"Teodoro."
"Ninguno de los dos engañó a nadie."
"Nos conocimos así, a ciegas, porque queríamos."
"Eso no lo puede cambiar el hecho de que seamos... esto."
"Soy su profesor."
"Es el hombre que me hizo acabar el sábado."
Se atragantó.
"Eso no se dice en un despacho universitario."
"Es verdad."
"No debe volver a ocurrir."
"Dígame que no lo desea."
Silencio.
Los ojos le brillaban detrás de las gafas.
"No puedo decírselo."
"Entonces."
"Entonces voy a pedir que la pasen a otra sección. Hoy mismo. Es lo correcto."
"No."
"Mayte."
"No voy a cambiarme de sección. Y no voy a olvidarlo."
Di dos pasos.
Quedé a un palmo de él.
Olía a lino, a jabón de hombre, a café.
"Dígame que pare", susurré. "Y paro."
Alzó la mano, como para apartarme.
Y se quedó con ella en el aire, a un centímetro de mi mejilla.
La rocé yo con el rostro.
Cerró los ojos.
Lo besé.
Un beso breve, de prueba, apenas un roce de labios.
Él se quedó petrificado.
Después soltó un gemido ronco.
Me agarró de la cintura con las dos manos y me devolvió el beso con una violencia que me quitó el aire.
Me empujó hasta la estantería.
Los libros temblaron a mi espalda.
Sus manos me recorrieron las costillas, las caderas, y subieron hasta mis pechos por encima de la blusa.
Los apretó, y yo gemí en su boca.
"No debería", jadeó.
"Cállese."
"Soy..."
"Cállese, profesor."
Le desabroché dos botones de la camisa y le metí la mano en el pecho.
Tenía el corazón desbocado, como el mío.
Su boca bajó por mi cuello.
Mordisqueó mi clavícula, y levanté una pierna alrededor de su cadera.
Sentí su erección contra mi vientre, dura, a través de la ropa.
Él empujó contra mí, despacio.
Ambos gemimos.
Y entonces golpearon a la puerta con los nudillos.
Tres golpes secos.
"Profesor Quesada", dijo una voz de hombre del otro lado. "¿Tiene un minuto?"
Me quedé de piedra.
Esa voz yo la conocía de memoria.
Era la de Bruno.