Fingí Mi Muerte y Él Perdió la Razón, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Paracas
Aarón escucha el plan de Fiorella y pone sus condiciones.
Conduje tres horas hacia el sur por la Panamericana, con la ventanilla abierta y el desierto pasando a los lados como una sábana gris.
No puse música.
No lloré.
Tampoco pensé.
Solo manejé, con las dos manos en el volante, hasta que vi el cartel de la reserva de Paracas.
Aarón me esperaba en el muelle.
Estaba de pie junto a su barco, un casco blanco de doce metros.
Tenía una bandera azul y el nombre pintado a mano en la proa.
Llevaba una camiseta negra, pantalón de buceo y las manos manchadas de grasa.
Tenía treinta y cinco años, el pelo corto y una barba de tres días.
Había sido el contramaestre de mi padre durante doce años.
Me había enseñado a atar nudos de marinero cuando yo tenía catorce.
Después se compró su propio barco, y yo dejé de verlo, salvo en el entierro.
Allí me abrazó sin decir una palabra, con una mano enorme en la nuca.
Bajé del carro.
Me quedé de pie ante él.
"Estás peor de lo que pensaba", dijo.
"Gracias."
"No lo digo por tu cara."
"Entonces, ¿por qué?"
"Por cómo caminas."
Me miró unos segundos más.
Después abrió la puerta de la cabina.
"Entra. Tengo café."
Su casa quedaba pegada al muelle, una construcción de madera y calamina con vistas a la bahía.
Dentro había un sofá viejo y estantes llenos de reguladores y trajes de neopreno.
La mesa de la cocina tenía una sola silla, ocupada por una caja de herramientas.
Aarón la quitó.
Me senté.
Me dio una taza.
Bebí.
Hablé durante diez minutos, de corrido, sin respirar.
Le conté lo de la clínica.
Lo del "es mío".
Lo del "yo fui el primero".
Cuando terminé, la taza estaba vacía y yo, quieta como una estatua.
Aarón no dijo nada durante un largo rato.
Estaba apoyado en el fregadero, de brazos cruzados.
"Qué hijo de puta."
"Sí."
"¿Dónde está él ahora?"
"Con ella. Seguramente preguntándose dónde estoy."
"¿Y tú?"
"Quiero desaparecer."
Aarón frunció el ceño.
"Desaparecer es irse a vivir a otra ciudad. Cambiar de teléfono. Divorciarse."
"Quiero morirme."
"Fiorella..."
"Para ellos", aclaré. "Quiero que crean que me ahogué. Esta noche. Que se queden con la duda, la culpa, la búsqueda. Que no puedan llamarme, ni buscarme, ni pedirme que lo comprenda."
"Eso es una locura."
"Lo sé."
"Es un delito."
"No tengo seguro de vida ni deudas. Nadie cobra nada. Solo van a pasar unos días muy malos."
"Y a ti, ¿qué te pasa?"
"A mí me da igual."
"No te da igual."
"Aarón..."
"No me vengas con eso. Te conozco desde que tenías catorce años y eras terca como una mula."
Miré la taza.
"Mi papá habría dicho que dejara a Aníbal y me fuera a vivir donde me diera la gana."
"Tu papá habría matado a Aníbal."
"También."
Aarón se rió, sin ganas.
Después se pasó la mano por la nuca.
"No voy a dejarte hacer esto sola. Si hay una locura, mejor que yo la vea."
"¿Me ayudas?"
"Con condiciones."
Levanté la vista.
"Dime."
"Una. Nadie sale herido. Ni tú, ni yo, ni la Marina. Hay marineros que se meten al agua a buscar personas y mueren. No quiero eso."
"Vale."
"Dos. Te quedas aquí hasta que se calme todo. Aquí, en mi casa. Con mi teléfono, no con el tuyo. Sin salir al muelle de día."
"Vale."
"Tres." Dudó. "Cuando esto acabe, vuelves. Das la cara. No te quedas muerta para siempre."
Sonreí sin querer.
"Eso no estaba en mis planes."
"Está en los míos."
"Vale."
Se levantó.
Se sirvió café.
"Si lo hacemos", dijo despacio, "lo hacemos bien."
Fuimos al muelle.
Me explicó el plan mientras pintaba una boya y yo le pasaba la brocha.
Dejaría mi carro en el mirador del malecón de la Costa Verde, en Lima, a las nueve de la noche.
Con las llaves puestas, una chalina mía en el asiento, un zapato en el borde del acantilado.
Él me esperaría abajo, en la cala de los pescadores, con una lancha sin luces.
Me recogería y volveríamos a Paracas por el mar, a ocho nudos, antes del amanecer.
"Hay un detalle", dije.
"Dime."
"Quiero que Aníbal me vea hacerlo."
Aarón dejó la brocha.
"¿Cómo?"
"Quiero que sepa que me fui, hablando por teléfono con él. Quiero que oiga mi voz justo antes."
"Eso es cruel."
"Lo sé."
"¿Seguro que quieres ser así?"
Pensé en el brazo cálido sobre mi hombro.
En la sonrisa tranquila.
En el "no te asustes, amor".
"Seguro", dije.