La Amante Favorita del Don Desapareció, novela · Capítulo 3 de 24
Capítulo 3: La muerta de Pilsen
Herida en su taller secreto, Fiora llama a su padre en Italia y Fabrizio le trae la grabación que revela quién exigió su muerte.
Mi taller estaba en Pilsen, sobre una panadería que abría a las cuatro de la mañana.
Solo dos personas en el mundo conocían esa dirección, y una de ellas ya no era de fiar.
Subí las escaleras empapada, con el brazo envuelto en el abrigo y el olor a harina caliente en la nariz.
Cerré con tres cerrojos, encendí la lámpara de la mesa de trabajo y me miré la quemadura.
Era una franja roja y brillante desde la muñeca hasta el codo, con ampollas que ya empezaban a abrirse.
Me la lavé con agua fría hasta que dejé de ver puntos negros.
Después la unté con la pomada que usaba para los barnices, la vendé con gasa.
Me tomé cuatro pastillas de las que guardaba para las migrañas.
Mi padre me había mandado un mensaje cifrado, tan corto como él.
Un avión te espera en Midway. Dos días. No hagas nada estúpido.
Borré el mensaje.
Hacer algo estúpido era exactamente lo que tenía pensado.
A las cinco de la mañana alguien golpeó la puerta con el toque que solo conocíamos él y yo.
Dos golpes, una pausa, tres golpes.
Saqué la pistola de la caja de pigmentos y apunté a la puerta con la mano buena.
"Abre despacio", dije.
La puerta se abrió, y Fabrizio Negri entró con las manos en alto y la cara empapada.
No era por la lluvia.
El consigliere de Corrado, el hombre que me había enseñado a leer un balance, estaba llorando como un niño.
"Dios mío", dijo. "Estás viva."
"Cierra la puerta."
Cerró, y no se movió de donde estaba.
Yo no bajé la pistola.
"Tú estabas en el muelle", dije. "Lo vi todo."
"Estaba en el despacho cuando llamó Gleb. Lo oí todo y no pude detenerlo. Te lo juro por mi hija."
"¿Y por qué sigues vivo, Fabrizio? Corrado no deja testigos."
"Porque yo grabé la llamada."
Sacó de su chaqueta un teléfono viejo y lo dejó en la mesa, con las manos temblando.
"Anoche, antes de que tú llegaras al almacén, Gleb Orlov llamó a Corrado. Yo estaba en el despacho. Siempre grabo lo que importa."
Bajé la pistola un centímetro.
"Ponla."
Pulsó el botón, y la voz de Gleb salió pesada y tranquila, con su acento pesado.
"Mi hija quiere una prueba de que usted va en serio, Don Sandri. La mujer del taller debe desaparecer antes del sábado."
Luego, una voz de mujer, más aguda, con una risa corta.
"No puedo casarme con un hombre que duerme con otra, papá. Que la mate o no hay boda."
Zinaida.
Sentí cómo se me enfriaban los dedos.
Después de eso, el audio quedó mudo.
No era un fallo de la grabación.
Fabrizio me miró, y me di cuenta de que él también lo había contado.
Pasaron once segundos de puro silencio.
Once, mientras Corrado pensaba.
Yo los conté con él, uno por uno, con el corazón latiendo en la quemadura.
Al final de los once segundos oí la voz del hombre al que había querido durante diez años.
"Está bien."
Y, un minuto más tarde, la orden para sus hombres.
"Ciérrenla."
Fabrizio apagó el teléfono.
"No dijo nada más", susurró. "Se encerró en su despacho. Todavía está allí."
Me senté en el borde de la silla, porque las piernas ya no me sostenían.
Once segundos.
No habló de las veces que yo le había salvado la vida.
No habló de la red que construí para él ni del imperio que armé en las sombras.
Pensó once segundos y dijo que sí.
"¿Qué quieres?", preguntó Fabrizio. "Dímelo. Lo que sea."
"Quiero la grabación. Y quiero que me cuentes todo lo que pasa en esa casa."
"Todo."
"¿Qué han dicho de mí?"
"Que hubo un accidente en el puerto."
"Han encontrado tu maletín quemado, tu abrigo, ese dije que usabas." Se pasó la mano por la cara.
"Corrado ordenó un funeral. Mañana a las diez, en San Ignacio. Ataúd cerrado."
"Vacío."
"Vacío. Dijo que no quería que nadie viera lo que quedó."
Tragué saliva.
"¿Va a ir Zinaida?"
"Va a sentarse a su lado, con un velo negro."
Me quedé mirando mis manos, vendadas y manchadas de pintura vieja.
Había empezado la noche esperando un anillo.
La terminaba con una grabación, una quemadura y una idea.
"Fabrizio", dije. "Tráeme un vestido negro de viuda, un velo largo y un asiento en el último banco."
Él abrió la boca para protestar y la cerró.
Había visto mi cara.
"Mañana entierran un ataúd con tu nombre", dijo.
"Entonces voy a verlo."