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La esposa olvidada por el Mafioso: embarazada y abandonada., novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Sin padre

Los padres de Soraya la llaman puta y le piden que aborte; ella se va y deja el anillo.

La casa de mis padres olía a café y a crema de manos.

Llegué al amanecer con mi bolso de viaje y un nudo en la garganta.

La sala estaba llena.

Mi papá, de pie junto a la ventana, con la camisa abotonada hasta el cuello.

Mi mamá, en el sofá, con los ojos hinchados.

Dos tías, un tío y el compadre que era el doctor de la clínica.

Todos callaron cuando entré.

"Aquí está", dijo mi tío.

Mi padre no se volvió.

"Siéntate."

"Prefiero estar de pie."

"Siéntate, Soraya."

Me senté en una silla del comedor, lejos del grupo.

Mi madre me miró con una expresión que me partió el pecho.

Tenía una mano en el pecho y la otra apretando un pañuelo.

"Mija, ¿es verdad?"

"Estoy embarazada, mamá."

Se oyó un suspiro de escándalo.

Una de mis tías se santiguó.

"Y Lázaro dice que el hijo que va a nacer es de otra", dijo mi padre. "Que te deja hasta que tenga el de ella. Que lo tuyo no importa."

"No dijo eso."

"¡Dijo que el de la otra es suyo! ¡Y tú vienes con otro!"

"¡El mío es suyo!"

"¿Y por qué no lo dice?", gritó él, volviéndose por fin. "¿Por qué no dice que el hijo de su esposa es de su esposa? ¡Porque sabe que no lo es!"

"Papá..."

"¡Nunca me gustó ese hombre! Pero que mi hija, mi hija, salga embarazada de quién sabe quién..."

"¡Es de Lázaro!"

"¡Puta!"

La palabra rebotó en la sala.

Nadie respiró.

Mi madre soltó un sollozo.

Yo me quedé mirando a mi padre.

Mi padre, que me había enseñado a montar en bicicleta.

Que me había llevado de la mano al altar.

"Repítelo", dije.

Él abrió la boca y la cerró.

Entonces mi madre se levantó, fue a la cocina y volvió con un vaso de agua y un sobrecito blanco.

Lo puso delante de mí, sobre la mesa.

"El doctor dice que son diez semanas", susurró. "Todavía es seguro. Se toma esto, y mañana ya no hay nada."

Miré el sobre.

Miré al doctor, que miraba sus zapatos.

"Mamá."

"Hazlo, mija. Por favor. Antes de que se entere más gente. Tu marido se va a casar con esa mujer y tú te quedas sin nada, sin hijo, sin casa, sin apellido. Esto lo arregla todo."

"Me llamaron puta", dije, despacio, "porque esperan que se lo crea. Y tú, mamá, quieres que lo haga más fácil."

"No es eso."

"Es exactamente eso."

Tomé el sobre.

Lo rompí por la mitad.

Después en cuatro.

Lo tiré al piso, a los pies de mi padre.

"No voy a tomar nada. Este hijo se queda."

"Te vas a quedar sola", dijo él.

"Ya estoy sola."

"No voy a mantener a una mujer que..."

"Nunca te pedí un peso."

Mi tía me agarró del brazo.

"Soraya, por Dios..."

Me solté.

Me puse de pie.

Mi padre dio un paso hacia mí, con la mano levantada.

Se la atrapé en el aire.

Lo miré a los ojos, sin soltar, sin temblar.

"Nunca más", dije.

Él bajó el brazo.

Tenía los ojos húmedos y la boca torcida.

No supe si de rabia o de vergüenza.

Recogí mi bolso.

Mi madre se aferró a mi manga.

"Mija, ¿adónde vas?"

"Lejos."

"No hagas locuras."

"No es una locura, mamá. Es lo único que me queda."

Salí.

El sol de Barranquilla me dio en la cara, blanco, caliente, como una bofetada.

Tomé un taxi hasta la hacienda El Mirador.

Quería recoger una cosa.

El guardia de la puerta, uno de los hombres de Lázaro, se acercó a mi ventanilla.

"Señora Soraya, el patrón salió de madrugada para Santa Marta con la señorita Lorenza. Dijo que usted se quedara en casa."

"Gracias por avisarme."

"Dijo que no la dejáramos salir."

Lo miré.

Era un muchacho de veintidós años, con la mano en la cintura, junto a la pistola.

Yo le había guardado un trozo de pastel en todos los cumpleaños de mi marido, desde que llegó a trabajar a la hacienda.

"¿Qué dijo exactamente?", pregunté. "¿Que no me dejaran salir, o que no me dejaran irme?"

Él dudó.

"No sé, señora."

"Voy a entrar, recoger mis cosas y salir por esta misma puerta. Si me detienes, vas a tener que llamar a tu patrón, y vas a tener que contarle por qué una mujer embarazada lloraba en el portón."

El muchacho miró el suelo.

Después, despacio, abrió la reja.

Entré a la casa vacía.

En el dormitorio, la cama seguía deshecha.

Me quité el anillo de matrimonio.

Lo puse sobre la almohada de Lázaro, junto al reloj.

No dejé nota.

No tenía nada que decirle.

Me guardé la ecografía en el bolso.

Salí por la misma puerta.

El muchacho no me miró.

Tomé un taxi a la terminal de buses y compré un boleto al otro extremo del país.

Cuando el bus arrancó, mi teléfono se encendió con un mensaje.

Era de Lázaro, desde Santa Marta.

"¿Dónde estás?"

Lo miré.

Lo apagué.

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