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La Mentira que Me Alimentó, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: La mesa de Concetta

En la cena de su suegra, la amante ocupa su silla; Giulia oye que los muelles de su padre son la razón por la que sigue casada.

"Buscaba un lápiz", dije.

Sandro entró al estudio y cerró la puerta detrás de él.

No con fuerza.

Con la suavidad de un hombre que sabe que el ruido no hace falta.

"Tienes lápices en tu escritorio."

"Se me acabó la punta."

"Giulia."

Me levanté de su silla, alisándome la falda.

El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que él lo oiría.

Dejé mi teléfono dentro del bolso, con la pantalla hacia abajo.

"Vi la publicación de Fabiola", dije.

No era lo que había planeado decir.

Pero era lo único que podía explicar mi cara.

Sandro se quedó inmóvil.

Después sus hombros bajaron unos milímetros, como si hubiera estado esperando un golpe más fuerte.

"Iba a decírtelo esta noche."

"¿Decirme qué?"

"Que Fabiola está embarazada. Que el hijo es mío."

Lo dijo así, sin una sola vacilación.

Me miró directo a los ojos, con esa calma que había aprendido de su padre muerto.

Tenía las manos en los bolsillos.

Yo había visto esas manos matar a un hombre por una cuenta de cincuenta mil euros, una noche de mi segundo año de casada.

Y las había visto tocar mi cara como si fuera de vidrio.

"Cinco años", dije.

"Lo sé."

"Cinco años de esperar un hijo tuyo."

"No es culpa tuya." Se acercó. "Los médicos lo dijeron. Eres frágil, Giulia. Tu cuerpo no..."

Se detuvo.

Había visto algo en mi cara.

"Dime lo que piensas."

Tragué saliva.

Pensé en el farmacéutico, en la pastilla rosa, en el mensaje de su madre.

Pensé en cuántos hombres había visto desaparecer en esta familia por decir una frase de más.

Y pensé algo más frío.

Pensé: él no sabe que lo sé.

Esa era mi ventaja.

La única que tenía.

"Pienso que me duele", dije, bajando la voz. "Pienso que estoy cansada. Y que no quiero hablar de esto ahora."

Los ojos de Sandro se suavizaron.

Me tomó la cara con las dos manos.

"Sigues siendo mi esposa. Eso no cambia. Fabiola va a dar a luz a mi heredero, pero tú eres la señora Ruggeri."

Casi me reí.

Qué generoso.

"¿Y yo qué soy mientras tanto?"

"La que está a mi lado." Me besó la frente. "Esta noche cenamos en casa de mi madre, y quiero que vayas con el vestido verde."

Cuando se fue, me quedé mirando el escritorio durante un largo rato.

La cena en casa de Concetta Ruggeri era a las nueve.

Llegué a las nueve y diez, con el vestido verde, el pelo recogido y una sonrisa tan limpia que me dolía la cara.

La casa de mi suegra, en el centro viejo de Palermo, tiene cuarenta habitaciones y un jardín interior con una fuente de mármol.

Concetta me esperaba en el comedor, sentada en la cabecera, de negro riguroso, con un collar de perlas de tres vueltas.

Sesenta y dos años.

Ojos como cuchillos.

"Llegas tarde", dijo.

"Lo siento, doña Concetta."

"Siéntate."

Me senté.

A mi derecha estaba Sandro.

A mi izquierda, en la silla donde siempre se sentaba la esposa del heredero, estaba Fabiola Lanza.

Con un vestido rosa pálido de seda, el pelo castaño suelto sobre los hombros y una mano apoyada sobre su vientre todavía plano.

Mi silla.

Mi lugar.

Me sonrió con todos los dientes.

"Giulia, qué guapa. Siempre tan puntual."

"Fabiola."

"Perdóname el descaro de sentarme aquí", dijo, con voz de miel. "Concetta insistió. Dice que ahora que estoy embarazada, necesito estar cerca de la familia."

"Claro."

Concetta levantó su copa.

"Por el heredero", dijo.

Todos levantaron la suya.

Yo también.

La levanté, y brindé, y bebí, con los ojos clavados en el fondo de mi copa.

"Dime, hija", dijo mi suegra. "¿Ya hablaste con los médicos de tu... situación?"

"Sí, doña Concetta."

"¿Y?"

"Dicen que no hay nada que hacer."

"Una lástima."

Lo dijo sin una pizca de pena.

Fabiola soltó una risita en su servilleta.

Sandro, a mi lado, no movió ni un músculo.

Comí.

Comí cada bocado de los cinco platos, para no dejar entrar la rabia por la boca.

Después, durante el postre, pedí permiso para ir al baño.

Eran las diez y media.

En el pasillo de piedra, justo antes de la puerta del baño, oí voces detrás de una puerta de roble entreabierta.

Era el pequeño salón de Concetta.

Me quedé inmóvil junto al marco, con la espalda contra la pared fría.

"La mujer ya está resignada", decía mi suegra, bajando la voz. "Pero no firmes nada con Fabiola hasta que la otra firme la cesión."

"Lo sé, madre."

La voz de Sandro.

"Los muelles de su padre", siguió Concetta. "Son suyos por testamento. Sin su firma, no son nuestros. Hasta que firme, la tienes de esposa."

"Firmará."

"Y cuando firme..."

"La mandamos a un convento, a Cefalù. Tranquila, bien cuidada."

"Y las pastillas."

"Hasta que firme, madre. Como siempre."

Se me contrajo el estómago.

Los muelles.

Los muelles del puerto de Palermo, que mi padre había construido durante cuarenta años, y que Sandro llevaba años pidiéndome que "administrara" con su firma.

Cinco años de papeles que yo firmaba sin leer, porque confiaba.

Todavía no había firmado la cesión.

Me quedaban dos páginas por firmar.

Y mi marido acababa de decirle a su madre que mi próxima parada era un convento.

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