Me fui embarazada del Don mafioso, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Ida sin vuelta
Compra un vuelo a Chile y llega a la casa de su tía con una sola maleta.
Mi estudio de piano quedaba en el segundo piso de un edificio de ladrillo, sobre una panadería de Bensonhurst.
Llegué en taxi, bajo la lluvia, con los pies sucios y el vestido pegado al cuerpo.
El auto de Ottaviano ya estaba en la esquina.
Dos hombres de traje oscuro esperaban afuera de la panadería, fumando.
Me había adelantado, otra vez.
Respiré hondo.
Entré por la puerta de la panadería, saludé a la dueña con un gesto, y crucé la cocina hasta la escalera de servicio.
La dueña me miró en silencio.
Había visto el video.
Me puso una bolsa de papel caliente en las manos, sin decir palabra.
Subí al estudio por atrás.
Abrí el piano de cola, levanté la tapa del teclado, y busqué debajo de la caja de resonancia.
Ahí guardaba lo único que Rinaldo me había enseñado a esconder.
Un sobre amarillo, con ochocientos dólares en billetes chicos y mi pasaporte chileno.
El de mi madre, el de Valparaíso.
El que mi padre no sabía que existía.
Lo guardé en el bolso.
Me cambié las medias por unos calcetines gruesos que tenía en el armario y unos tenis viejos.
Me miré en el espejo del baño.
Tenía los ojos hinchados y la cara pálida.
Mi niña se movió.
"Ya sé", le dije. "Vamos a ir a un lugar donde nadie nos conozca."
Apagué el celular.
Era lo único que usaban para encontrarme.
Llegué a JFK a las siete de la tarde, con el pelo mojado y la bolsa de la panadería sin abrir.
El aeropuerto estaba lleno de gente.
Me puse en la fila de la aerolínea con el pasaporte chileno en la mano.
Un hombre en la cola de al lado me miró un segundo de más.
Después sacó su celular y apuntó hacia mí.
Me tapé la cara con el pelo.
El empleado del mostrador revisó el pasaporte.
"¿Sola?"
"Sola."
"Cinco meses, ¿verdad?"
"Cinco."
"Tiene que llevar el certificado del médico para volar."
Se me cayó el alma al piso.
"No lo tengo."
Él miró la pantalla.
Después me miró a mí.
Bajó la voz.
"Mi hermana pasó por lo mismo hace dos años. Dígales que se siente bien y que es chilena. No le van a decir nada."
Me entregó la tarjeta de embarque.
"Buen viaje, señorita."
"Gracias."
"Y suerte."
Pasé por seguridad con las manos temblando.
En la sala de espera, tres pantallas mostraban el mismo video.
Yo, de rodillas, en la cocina.
Una mujer a mi lado, con un niño, murmuró algo sobre "pobrecita".
No me reconoció.
No tenía la cara que salía en la pantalla: la de entonces era de una muchacha asustada.
La mía era de otra.
Embarqué la última.
El asiento 34A estaba junto a la ventanilla.
Me abroché el cinturón sobre la panza, con cuidado.
El avión carreteó hacia la pista.
Encendí el celular un minuto, para mandarle dos líneas a mi tía Olga.
"Voy para allá. No me preguntes nada."
Ella contestó con un solo corazón.
Entonces el teléfono empezó a vibrar sin parar.
Cuarenta llamadas perdidas, todas de Ottaviano.
Y una lluvia de mensajes.
"Lu, contesta."
"Lu, por favor."
"El video no lo subí yo."
"Voy a explicarte."
"Dime dónde estás."
"No me importa cuántas llamadas hagan falta."
"Vuelve."
El último mensaje había llegado hacía un minuto.
"Si te pasa algo a ti o a la niña, no me lo perdono nunca."
La palabra "niña" me detuvo el aire.
Él sabía que era niña.
Se lo había dicho yo esa mañana.
Me mordí el labio.
La azafata pasó por el pasillo pidiendo apagar los aparatos.
Miré el último mensaje un momento.
Después apagué el teléfono.
Lo guardé en el fondo del bolso.
El avión aceleró, se levantó del suelo y atravesó las nubes.
Nueva York se fue haciendo chica debajo de mí, un rectángulo de luces entre el agua negra.
Al otro lado del pasillo, una abuela con rosario me sonrió.
"¿Primera vez a Chile?"
"No", dije. "Pero hace mucho."
"¿Va a ver a la familia?"
Miré por la ventanilla.
Tardé en contestar.
"A una tía."
"Qué bueno", dijo ella. "La familia siempre te recibe."
No dije nada.
Aterricé en Santiago de madrugada.
Tomé un bus a Valparaíso, dormida contra el vidrio, con la bolsa de la panadería convertida en migas.
Llegué a las nueve de la mañana, bajo un cielo gris y un viento frío que olía a mar.
La ciudad subía por los cerros como una escalera de colores.
Casas azules, rosadas, verdes, amarillas, con balcones de latón y ropa tendida.
Tomé un ascensor antiguo hasta el cerro Alegre.
En la esquina de una calle empinada había una puerta celeste.
Apoyada en ella, con una trenza gris sobre el hombro y un chal de lana, me esperaba una mujer pequeña.
"Luciana", dijo mi tía Olga, y abrió los brazos. "Te estaba esperando."