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Mis cenizas a los pies de mi esposo, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: El garaje

Rebeca se muda a la cama de Lourdes y Consuelo toca el portón.

Me dejaron en el garaje.

Ricardo me puso sobre un estante de metal, entre un galón de pintura blanca y una caja de tornillos, con la etiqueta hacia la pared.

"Mañana veo qué hago", dijo.

"Ay, sí, mi amor, mañana", dijo Rebeca.

Apagaron la luz.

Yo me quedé a oscuras, con el olor a tiner y a gasolina.

Desde un estante no se ve nada.

Pero hay una regla que aprendí esa primera noche: donde está una cosa mía, puedo estar yo.

El garaje tenía mi caja.

La casa tenía mi cama, mis zapatos, mi peine, mi perfume, mis aretes en el tocador, las llaves en el cuenco de la entrada.

Así que me solté de la caja y fui adonde estaba lo mío.

Entré al cuarto por una grieta en la puerta, con la sensación de pasar por debajo del agua.

Todo seguía como yo lo había dejado el martes en la mañana.

La cama tendida.

La bata de seda azul en el gancho del baño.

La foto de nuestra boda sobre la mesa de noche, en un marco de plata, donde yo reía con la boca abierta y Ricardo me levantaba en sus brazos.

Rebeca se paró en el medio del cuarto con las manos en la cintura.

Miró alrededor, despacio, como quien tasa un apartamento.

"Es más grande de lo que pensé."

"Tiene dos closets", dijo Ricardo.

"¿Y esa ropa?"

"Se la regalamos a alguien."

"¿Mañana?"

"Mañana."

Ella se quitó el vestido de verano por la cabeza.

Se quedó con un encaje negro, el pelo suelto, las uñas largas como cuchillos.

Tomó mi bata azul del gancho, se la puso sin atarla y se miró en el espejo.

"Me queda bien."

"Te queda perfecta."

Ricardo la agarró por la cintura.

La besó contra el espejo con la boca abierta, torpe, ansioso, como un chico.

La empujó sobre la cama que yo había tendido el martes.

Le abrió las piernas de un tirón y se hundió en ella, gruñendo, sin quitarse siquiera la camisa.

Ella gemía alto, exagerado, mirando de reojo el techo.

"Aquí no hay nadie que nos moleste ya", jadeó él.

"Dime que soy tuya."

"Eres mía."

"Dime que ella no fue nada."

"No fue nada."

Cada embestida hacía rechinar el marco.

Cada gemido me caía encima, como una lluvia sucia.

Yo estaba ahí, sin cuerpo, en el borde de mi propia mesa de noche, y no tenía manos para taparme los oídos.

Tenía una cosa.

La foto.

La foto de plata, con mi risa, a treinta centímetros de la cara de Rebeca.

No sé cómo lo hice.

Me concentré en esa risa como quien aprieta los dientes.

Pensé: esto es mío.

Pensé: yo la elegí.

Pensé: se cae.

Y el marco, sin que nadie lo tocara, se deslizó por el borde de la mesa de noche y se estrelló contra el piso de cerámica.

El vidrio estalló.

Rebeca gritó.

"¡Dios mío!"

Ricardo se quedó rígido, a medio movimiento.

"¿Qué fue eso?"

"¡La foto! ¡Se cayó sola!"

"Se habrá corrido por el temblor."

"No hubo temblor."

"Entonces el aire."

"Ricardo, me asusté."

"Tranquila." La besó en el cuello, nervioso. "Mañana la boto."

"¿La foto?"

"Todo."

Se rieron.

Se les quitó el susto en dos minutos.

Terminaron como habían empezado, con una prisa sin ternura.

Yo me quedé sentada en el borde de la cama, mirando el vidrio en el suelo.

Mi cara reía, partida en cuatro pedazos.

No había sido gran cosa.

Un marco caído.

Pero me dejó vacía, como cuando haces un esfuerzo enorme y descubres que solo moviste una pluma.

Aprendí esa noche que podía mover lo mío.

Una vez.

Después me debilitaba, y tenía que volver a la caja a descansar.

Y la caja estaba en el garaje, entre los tornillos.

Pasé la noche ahí, oyendo los grillos, pensando.

Pensé en mis últimos cinco meses.

En el consultorio de la doctora, con una carpeta amarilla sobre las rodillas.

En cómo había ensayado diez veces la frase que iba a decirle esa noche.

"Ricardo, estoy enferma."

En cómo, cuando por fin se lo había insinuado, me había dicho: "No me hables de enfermedades, Lourdes. Me deprimen."

Me quedé callada.

Seguí callada hasta el martes.

El amanecer entró por el portón, gris y tibio.

Oí el motor de un carro que se detenía en la calle.

Después, unos pasos lentos, con un golpeteo cada dos, de bastón sobre el cemento.

Alguien tocó el portón con los nudillos.

Tres veces.

Con una voz que conocía bien, vieja y firme, preguntó:

"Ricardo. ¿Dónde está mi nuera?"

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