Nuera Compartida, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El caño
Rufino llega a cobrar y a mirar, y esa tarde el suegro y la nuera se encuentran en el banco de arena del caño.
Yoselin desapareció por el pasillo antes de que Rufino Mata bajara de la camioneta.
Me lavé las manos en el fregadero, me abroché el pantalón, y puse agua a hervir.
Para cuando él entró por la puerta de la cocina, sin tocar, ya había dos tazas sobre la mesa y yo estaba de espaldas al fogón, tranquilo.
"Buenos días, compadre", dijo.
"Buenos días, don Rufino."
Rufino Mata tenía sesenta años y la panza apretada por una correa de cuero con hebilla de plata.
Un sombrero blanco, un anillo de sello en el meñique, y una sonrisa de dientes grandes que le tapaba los ojos.
Era el dueño del hato vecino, El Corozo, y de la mitad de las deudas de la comarca.
Se sentó sin que lo invitara, y miró las dos tazas.
"Tan temprano, y ya con visitas."
"El café es mío."
"Y el otro."
"También."
Se rió, y revolvió su café con una cucharita.
"Mire, Eleuterio. Vengo a lo de siempre."
"Falta un mes."
"Faltan sesenta días. Cuarenta mil dólares, más intereses." Dejó la cuchara. "Pero yo soy un hombre razonable. Le propongo algo mejor."
"No necesito propuestas."
"Me vende el caño."
Lo miré.
"El Samán es mío."
"Los derechos de agua. Nada más." Alzó las manos. "Las tierras de abajo se las dejo. Yo solo quiero la compuerta. Con eso le perdono la deuda."
"Sin el caño, me quedo sin ganado."
"Hay otros caminos."
Su mirada se desvió hacia la puerta del pasillo.
Se quedó mirando la huella pequeña, mojada, de un pie descalzo, en el cemento.
Después me miró a mí.
La sonrisa no se le movió.
"Qué buena mañana", dijo. "Y qué bonita su nuera, compadre. Siempre despierta temprano."
"Está en su cuarto."
"Claro, claro."
Terminó el café, se levantó, y me estrechó la mano con una palma sudorosa.
"Lo pienso, compadre. Dos meses."
Lo acompañé hasta el portón, y no volví a respirar hasta que su camioneta se perdió en el polvo.
Esa tarde, el calor caía a plomo sobre los llanos.
Nelson se había ido temprano a Calabozo, con la excusa de comprar medicinas para el ganado.
La casa estaba desierta.
Yo bajé al caño a revisar el nivel del agua.
Era un río chico, de aguas oscuras y fresquísimas, que serpenteaba entre samanes enormes y bancos de arena blanca.
Lo vi desde lejos.
Una figura en el agua, hundida hasta la cintura, con el pelo mojado pegado a la espalda.
Yoselin se estaba bañando.
Desnuda.
Se había quitado el vestido, que colgaba de una rama, y se enjuagaba los senos con las manos juntas, de espaldas al sol.
Me quedé quieto, entre los árboles.
Ella giró la cabeza.
Sonrió.
"Sabía que venías."
"No sabías nada."
"Siempre vienes a esta hora a ver el agua." Se echó el pelo hacia atrás. "Y yo vengo a ver cómo me miras."
Me quité las botas.
Después la camisa.
Después el pantalón.
Entré al caño desnudo, y el agua fría me cortó la respiración.
Llegué hasta ella en tres pasos.
La tomé de la cintura, y la besé.
Su boca sabía a agua y a sol.
Sus manos me recorrieron el pecho, y bajaron.
Me tomó con la mano, bajo el agua.
"Estás duro."
"Es tu culpa."
"Quiero mirarte."
Me arrastró hacia el banco de arena, al pie de un samán, donde el sol caía en manchas.
Me hizo sentar en la arena tibia, con la espalda contra una piedra lisa.
Se arrodilló delante de mí, entre mis piernas.
Su pelo mojado me cayó sobre los muslos.
"Yoselin."
"Calla, Papi."
Me tomó entre los labios.
Una boca caliente, golosa, que me recibió hasta la garganta.
Eché la cabeza hacia atrás contra la roca, con un gruñido.
Me chupaba con una dedicación tan inocente y tan sucia que me temblaron los muslos.
Su lengua me recorría de abajo hacia arriba, mientras sus ojos color miel me miraban desde abajo, sin pestañear.
Le tomé el pelo con las dos manos.
"Despacio."
Aceleró, a propósito.
Me hundí en ella hasta el fondo.
Sentí que estaba a punto de perder el control.
La levanté por las axilas, y la senté a horcajadas sobre mi regazo.
"Ahora me toca a mí."
"Sí, Papi."
La penetré así, sentado, con ella sobre mí, y el agua del caño lamiéndonos los tobillos.
Subía y bajaba, sosteniéndose de mis hombros, con los senos balanceándose a la altura de mi boca.
Se los chupé, uno y otro.
Los mordí.
"Más fuerte."
"Así."
"Más."
La agarré de las nalgas y la ayudé a montarme, rápido, con golpes secos, mientras los pájaros del monte se alborotaban en las ramas.
Se vino con un grito largo que espantó una bandada de garzas.
Yo me vine segundos después, enterrado hasta el fondo, con la cara hundida en su cuello.
Nos quedamos abrazados, sudados, mojados.
Ella me acarició la nuca, despacio, riéndose.
"No me arrepiento", dijo.
"Yo tampoco."
"Menos mal."
Me besó en la frente.
Fue entonces cuando oí el chasquido.
Un ruido seco, del otro lado del río, entre los matorrales.
Levanté la vista.
En la orilla opuesta, entre las ramas, brilló algo.
Un reflejo de lente.
Y detrás de él, un sombrero blanco.
Rufino Mata bajó los binoculares, despacio, y alzó una mano, como saludando.