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Papi Alfa, por favor no pares, novela · Capítulo 2 de 24

Capítulo 2: El cuarto de huéspedes

Esa noche Ciro entra en su cuarto sin llamar y le prohíbe gritar mientras la toca.

Mi cuarto de huéspedes tenía una cama de madera tallada, una ventana a los pinos y una puerta sin llave.

Me acosté a las once con el camisón puesto y el corazón en la garganta.

Mi madre dormía al final del pasillo, en el cuarto grande, y yo oía su respiración tranquila a través de la pared.

A las doce menos cuarto, la manija de mi puerta giró.

Me incorporé de golpe.

Una sombra enorme entró, cerró la puerta sin ruido, y se apoyó contra ella.

Olía a cedro y a pólvora.

"Señor Valenzuela", susurré.

"Ciro."

"Señor Valenzuela, usted es el prometido de mi madre."

"Lo sé."

"Entonces no puede estar aquí."

"Lo sé."

Se quedó quieto en la oscuridad, respirando fuerte, y la luz de la luna le plateó la mitad de la cara.

Tenía la mandíbula rígida, las manos cerradas.

Parecía un hombre que luchaba con algo mucho más grande que él.

"No sé qué me pasa", dijo con una voz que raspaba.

"Llevo cuatro horas dando vueltas en mi cama. Tu olor está en toda la casa, en todas las paredes. Me vuelve loco."

"Es mi champú."

"No es tu champú."

Dio un paso hacia la cama.

"Yo tampoco entiendo", dije, con la boca seca. "Pero siento que si te vas, me voy a morir."

Nunca había dicho nada tan absurdo, y era verdad.

Ciro cerró los ojos.

"Dime que me vaya", pidió.

"No."

"Tamara."

"No te voy a decir que te vayas."

Soltó un gruñido bajo, y cruzó el cuarto en dos pasos.

Se sentó en el borde de la cama, y me tomó la cara con una mano enorme.

"Entonces vas a obedecerme."

Se me cortó el aliento.

"Vas a quedarte quieta. Y vas a guardar silencio. Si tu madre te oye, esto se acaba, y a mí me matan."

"No grito."

"Sí gritas." Su pulgar me recorrió el labio inferior. "Te lo huelo."

Me besó.

Fue un beso áspero y profundo, de barba y de lengua, con un sabor a humo que me nubló la cabeza.

Le agarré la camisa con las dos manos.

Sus dedos bajaron por mi cuello, mi hombro, y se metieron bajo el tirante del camisón.

Me bajó la tela hasta la cintura.

Mis pechos quedaron al aire, con los pezones duros por el frío, y él los miró con una expresión casi de dolor.

"Hermosa", murmuró. "Tan hermosa que me da rabia."

Me pasó el pulgar por un pezón, despacio, y se me escapó un jadeo.

Su mano libre me tapó la boca.

"Shh. Buena chica."

Las dos palabras me recorrieron como una descarga.

Me empujó contra las almohadas, y su otra mano subió por mis muslos bajo el camisón.

Me abrió las piernas sin esfuerzo.

Sus dedos encontraron mi ropa interior, ya empapada, y se detuvieron.

Soltó el aire por la nariz, con los ojos oscuros.

"Mira cómo estás."

Apreté los dientes contra su palma.

Me apartó la tela, y me tocó.

Dos dedos largos, callosos, recorrieron mis labios de arriba abajo, mojándose, y subieron hasta el clítoris.

Me arqueé sobre la cama.

"Shh."

Hizo círculos lentos, pequeños, exactos, como si hubiera estudiado mi cuerpo toda la vida.

Cada vez que yo apretaba los muslos, él los abría más con la rodilla.

"Vas a quedarte callada", dijo contra mi oído. "Vas a aguantarte como una buena chica."

Asentí, con lágrimas en las pestañas.

Metió un dedo dentro de mí, despacio.

Después dos.

Eran gruesos, rudos, y me estiraron hasta el fondo.

Mordí su mano para no gemir.

Los movió adentro y afuera con un ritmo cruel, y con el pulgar siguió acariciándome el clítoris.

Mis caderas se levantaron solas.

Mi cuerpo se había convertido en un nudo de nervios.

"Eso", gruñó. "Así. Dámelo todo."

Del otro lado de la pared, mi madre se dio la vuelta en la cama y las tablas crujieron.

Nos quedamos inmóviles un instante, con el corazón en los oídos.

Después los dedos de Ciro se curvaron hacia arriba, y encontraron un punto que me hizo ver blanco.

Me vine con un temblor largo y mudo, apretada contra su mano, con los ojos desorbitados.

No grité.

Sentí cómo las lágrimas me caían hacia las sienes.

Ciro me sostuvo hasta que dejé de temblar.

Retiró los dedos despacio, brillantes, y me miró a los ojos mientras se los llevaba a la boca.

Los chupó uno por uno, sin apartar la mirada.

"Es lo mejor que he probado en mi vida", dijo en un hilo de voz.

Me subió el camisón con cuidado, me tapó con la sábana hasta la barbilla, y me dio un beso en la frente.

Parecía un hombre derrotado.

"Duerme", dijo.

Se levantó, abrió la puerta sin ruido, y se detuvo en el umbral, de espaldas.

"Mañana voy a intentar quedarme lejos de ti", añadió. "Y voy a fallar."

La puerta se cerró.

Yo me quedé en la oscuridad, con el cuerpo ardiendo, mirando el techo.

Y por primera vez en trece años, dormí sin soñar con mi padre.

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