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Puse A Madre E Hija En Cuatro Ruedas, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: El patio

Con el patio vacío y el sol bajo, Génesis se inclina sobre el volante y le hace una mamada; al salir lo espera Zulay en la puerta de la oficina.

Pasé la noche mirando el techo.

Me repetí en voz alta que no iba a tocarla.

Que era la hija de mi administradora.

Que era mi ahijada.

Que tenía veintidós años y yo cuarenta y uno, y que a mi edad uno tiene la obligación de pensar con la cabeza de arriba.

A las cinco de la tarde del miércoles, Génesis entró al patio con unos shorts blancos y una camisa anudada bajo el pecho.

Se detuvo junto al carro, con las llaves en la mano.

"Buenas tardes, padrino."

"Buenas tardes."

"¿Me vas a regañar?"

"Te voy a enseñar a manejar."

"Qué lástima."

Se rio.

Abrió la puerta del conductor y se sentó al volante, con las piernas separadas y el pelo recogido en un moño alto.

Yo me senté al lado, en el asiento del copiloto, con el pedal de freno entre los pies.

"Esta vez, yo manejo", dijo.

"Yo te corrijo."

"Eso lo veremos."

Encendió el motor sin que se le apagara.

Metió primera.

Soltó el embrague con una suavidad que me sorprendió.

El Aveo avanzó, despacio, por el patio vacío.

"Muy bien."

"¿Ves? Aprendo rápido."

"Se nota."

"A mí me gusta aprender cosas nuevas."

Me miró de reojo.

Le sostuve la mirada un segundo de más.

Dimos la primera vuelta al patio a cinco kilómetros por hora.

En la segunda, su mano derecha dejó la palanca y se posó sobre mi muslo.

"Génesis."

"Mantén la vista en el camino."

"¿Qué haces?"

"Un ejercicio de coordinación."

Su mano subió.

Despacio, por la costura del pantalón, hasta encontrar el bulto que no había dejado de estar duro desde la tarde anterior.

Cerré los ojos.

"Dime que pare y paro."

"No pares."

"Esa es la respuesta correcta."

Me bajó la cremallera con dos dedos, sin soltar el volante con la otra mano.

Metió la mano dentro del bóxer.

Cuando me sacó la verga al aire, la sentí fría y caliente a la vez.

"Dios mío", susurré.

"Qué grande."

"No hables."

"Qué linda."

"Génesis..."

"Es verdad."

Giró el volante para tomar la curva del patio.

Apretó el freno de mano hasta dejar el carro detenido junto a un muro de bloques, y apagó el motor.

El silencio nos cayó encima.

Se desabrochó el cinturón de seguridad.

Se inclinó sobre la consola central, con el pelo cayéndole sobre la cara.

"Mira el horizonte", dijo.

"¿Qué horizonte?"

"El que quieras."

Se la metió en la boca.

Un calor húmedo, estrecho, me envolvió la cabeza de la verga, y mi cuerpo entero se arqueó contra el respaldo.

Gemí.

"Coño."

Sentí su lengua dar una vuelta lenta, apretar, subir.

Se detuvo a mitad de camino y la sacó con un ruido húmedo.

"Mírame", dijo.

La miré.

Me la chupó otra vez, más hondo, y yo agarré el apoyacabezas con una mano y el marco de la ventana con la otra.

Tenía una boca de campeona.

Lo hacía con ganas, con gusto, con la mano en la base, subiendo y bajando al mismo ritmo que la cabeza.

El carro se mecía apenas, sobre sus amortiguadores.

El sol se hundía detrás del muro.

Me llegó una sensación de vértigo.

"Me voy a venir."

"Mejor."

"Génesis, no..."

"Mejor."

Soltó un gemidito contra mi piel, y esa vibración me hizo perder los últimos hilos.

Me vine con un rugido, de golpe, con la cabeza echada atrás, empujando las caderas contra su cara.

Ella se tragó todo, sin apartarse.

Cuando terminé, levantó la cabeza, se limpió la comisura de los labios con el pulgar y se lo lamió, mirándome.

"Primera lección aprobada."

Yo no podía hablar.

Me subí el pantalón con las manos temblorosas.

Génesis se acomodó en su asiento, se arregló el pelo en el espejo retrovisor y me sonrió.

"¿Mañana sigo?"

"No..."

"Eso significa que sí."

"Génesis, tu mamá..."

"Mi mamá está feliz."

La frase me cayó como un balde de agua fría.

"¿Qué dijiste?"

"Nada. Vámonos."

Arrancó, y dimos la vuelta al patio otra vez, con el motor sonando sereno y mi cabeza dando vueltas.

Cuando estacionamos frente a la oficina, ella bajó con las llaves en la mano.

"Gracias por la clase, padrino."

Se fue caminando, sin mirar atrás.

Yo me quedé sentado un minuto largo.

Después bajé con las piernas flojas, cerré la puerta del carro y caminé hacia la oficina.

En el marco de la puerta, con los brazos cruzados y los labios pintados de rojo, me esperaba Zulay.

Tenía el pelo caoba recogido, una blusa blanca ajustada y un lápiz detrás de la oreja.

Me miró de arriba abajo.

Respiró hondo, como quien decide si gritar o no.

"Álvaro."

"Zulay, yo..."

"No digas nada."

Se acercó a mi cuello, aspiró y levantó la vista.

"Hueles a mi hija."

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