Renació en la época de los matrimonios entre humanos y bestias, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Noche de bodas
Eloísa le pide a Baltasar lo que él no se atreve a pedir; la manada de lobos los invita a cenar.
Pasé el día siguiente recorriendo su casa con una cesta de hierbas, hablando con los criados que no me hablaban.
Al caer la noche había hecho tres cosas.
Había vaciado y limpiado el cuarto de botica que nadie usaba desde hacía veinte años.
Había aprendido el nombre de la cocinera.
Y había decidido que no iba a esperar ni una noche más.
Baltasar no había vuelto a tocarme.
Me traía el desayuno en una bandeja, me preguntaba si dormía bien, me acompañaba al huerto, y se quedaba a dos pasos de distancia, mirándome con los puños cerrados.
A la tercera hora de la tarde ya no podía mirarle las manos sin imaginarlas sobre mí.
Esa noche, después de la cena, subí a mi cuarto, me lavé la cara, me quité el vestido y me puse solo una camisa de lino.
Salí al pasillo descalza.
Su puerta estaba al fondo.
Toqué dos veces.
"Adelante."
Estaba sentado en un sillón junto al fuego, sin camisa, con un libro cerrado sobre las rodillas.
Al verme, el libro cayó al piso.
La luz le recorría el pecho ancho, el vientre marcado, los hombros llenos de cicatrices viejas.
"Eloísa."
"No vine a hablar."
Cerré la puerta detrás de mí.
Caminé hasta él, despacio.
Se puso de pie.
Su altura me obligó a mirarlo hacia arriba.
"Me dijiste que no me tocarías hasta que te lo pidiera", dije.
"Sí."
"Te lo pido."
Cerró los ojos.
"Dilo otra vez."
"Tócame, Baltasar."
Abrió los ojos.
Los tenía completamente dorados, con la pupila alargada.
Me tomó de la cintura y me levantó contra su pecho.
Me besó.
No fue el beso tímido de la noche anterior.
Fue un beso hondo, hambriento, de años de espera, con una lengua que me exploraba como si pudiera saber todo de mí.
Le rodeé el cuello con los brazos.
Mis pies dejaron el suelo.
Me llevó hasta la cama sin dejar de besarme, me tendió sobre las colchas y se quedó de pie, mirándome.
"Quiero verte", dijo.
Me quité la camisa.
Me quedé desnuda sobre las sábanas, con la luz del fuego bailando en mi piel.
Él respiró hondo, entre dientes.
"Eres la mujer más hermosa que..."
"Cállate", dije, sonriendo. "Ven."
Se quitó el pantalón.
Su verga era gruesa, larga, ya erecta, y me quedé mirándola con la boca seca.
Se subió a la cama con cuidado y me besó el tobillo.
La pantorrilla.
El interior de la rodilla.
El muslo.
Cada beso me subía un poco más el calor.
Cuando llegó entre mis piernas, me lamió despacio, de abajo hacia arriba.
Se me escapó un gemido que resonó en las paredes de piedra.
"Así", murmuró contra mi piel. "Quiero oírte."
Su lengua encontró mi clítoris, lo rodeó, lo chupó con una paciencia cruel.
Le hundí las manos en el pelo negro, que se soltó de su cinta y me cayó entre los dedos como seda.
Me metió dos dedos, lentos, gruesos.
Los curvó hacia arriba.
Me vine casi sin aviso, con un grito, arqueando la espalda.
Él no se detuvo hasta sacarme otro temblor más.
Cuando subió por mi cuerpo, tenía la boca húmeda y los ojos negros de deseo.
"Estoy lista", dije.
"Tengo miedo de hacerte daño."
"No me lo harás."
"Soy más grande que cualquier hombre que hayas conocido."
"Eso espero."
Se rio, ronco, y la risa le sacudió el pecho contra el mío.
Se acomodó entre mis muslos.
Sentí la punta de su verga contra mi entrada, caliente y resbalosa.
Entró despacio, sin apuro, centímetro a centímetro.
Me estiró, me llenó, me abrió hasta que contuve el aliento.
"No pares", susurré.
Siguió hasta el fondo, y se quedó quieto, temblando, con la frente apoyada en la mía.
"Eloísa."
"Muévete."
Empezó a moverse.
Lento al principio, con embestidas largas y profundas.
Yo me agarré a sus hombros, enredé las piernas alrededor de sus caderas.
Cada empuje me arrancaba un gemido distinto.
La cama crujía, el fuego chisporroteaba, el viento golpeaba la ventana.
Él me acarició la cara con una mano, apartándome el pelo, y me besó en cada pausa.
"Mírame", pidió.
Lo miré.
Tenía los ojos fijos en los míos, brillantes, y los colmillos apenas visibles detrás del labio.
"Te veo", susurré. "Te veo, Baltasar."
Su respiración se rompió.
Aceleró.
Me tomó de las caderas y me embistió con fuerza, ya sin contenerse, golpeando justo en el lugar exacto.
Yo grité su nombre.
Grité que no parara.
Grité que era mío y que yo era suya.
Él gruñó, un sonido animal, profundo, que me puso la piel de gallina.
Las uñas de él se alargaron un instante en las sábanas, desgarrando la tela.
Se detuvo, avergonzado.
"Perdón. No..."
Le tomé la mano y la apreté contra mi pecho.
"No te escondas de mí."
Dudó.
Después, despacio, dejó que le brotaran las garras y las pasó, con una suavidad infinita, por mi costado, sin arañarme.
La piel se me erizó toda.
"Otra vez", le dije.
"¿Otra vez qué?"
"Como eres. Todo."
Me embistió de nuevo con una fuerza nueva, libre, y la cama golpeó la pared.
Me vine con las piernas temblando, con un sollozo de placer.
Él me siguió pocos segundos después, enterrando la cara en mi cuello, con un rugido ahogado.
Sentí cómo se vaciaba dentro de mí, caliente, en pulsos largos.
Nos quedamos tendidos, jadeando, abrazados, mientras el fuego bajaba.
Él me besó la sien.
"No quiero que te vayas."
"No me voy."
"Duerme aquí."
Me acurruqué contra su pecho.
Su corazón latía fuerte y despacio, como un tambor de montaña.
Dormí.
A la mañana siguiente me despertó el golpe de unos nudillos en la puerta.
Baltasar se puso un pantalón y salió.
Volvió con un sobre blanco, lacrado con cera gris, y una expresión que ya conocía.
"Es de la Torre Aldana."
Lo abrí.
Era una invitación a cenar esa misma noche, escrita con una letra redonda y pulcra.
"Los esperamos para brindar por nuestros matrimonios. Con cariño, tu hermana."