Siete años de amor ciego, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El rescate
Abelardo la saca de la bodega y Federico llega al hospital con flores y la excusa de que fue una lección.
Me sacaron de la bodega a las once y cuarto de la noche, con los ojos vendados y los pies descalzos.
Todo lo que supe del rescate lo supe después.
En ese momento solo sentí aire.
Aire frío, de madrugada, entrando en mi nariz por primera vez en nueve días.
Alguien me tomó de los hombros.
"Señora Ballesteros. Soy Abelardo Zamudio. Su mamá me contrató. ¿Puede caminar?"
La voz era tranquila y baja, la voz de alguien que sabe esperar.
"Creo que sí."
"No se preocupe. Me apoyo en usted."
Me levantó en brazos de todas formas.
Olía a humo de cigarro viejo y a jabón de pastilla.
Oí portazos, gritos lejanos y el motor de una camioneta.
Me acostó en un asiento, me puso una manta encima y me quitó la venda.
Parpadeé.
Un hombre muy alto, con la cabeza rapada y una barba gris, me miraba desde el asiento del copiloto.
En el antebrazo izquierdo, bajo la manga remangada, tenía una cicatriz de quemadura que le subía hasta el codo.
"Soy el negociador."
"Hace cuarenta minutos pagamos tres millones de pesos en una gasolinera de Apodaca."
"Ellos le entregaron a usted a un policía de confianza."
"Ya terminó."
"¿Y los demás?"
"Detenidos, casi todos. Eso se lo cuenta otro día."
Se me aflojaron las rodillas, aunque iba acostada.
Me eché a llorar.
No hice ruido.
Solo corrieron las lágrimas, una tras otra, por la cara sucia.
Él no dijo nada.
Me puso un pañuelo de tela en la mano y miró hacia el frente, para darme privacidad.
En el Hospital Zambrano me recibieron cuatro enfermeras y un médico.
Radiografías, suero, yeso en el meñique, vendas en las muñecas.
Mi mamá llegó corriendo, con el abrigo sobre la bata de dormir y las pantuflas puestas.
Se abalanzó a la cama.
Me abrazó tan fuerte que me dolió.
Y no me importó.
"Mi niña", lloraba. "Mi niña, mi niña."
"Mamá, tu casa..."
"Una casa es una casa."
"La vendiste."
"Y la vendería otra vez. Ya habrá otra."
Yo me aferré a su bata como cuando tenía cuatro años.
Una hora después, la puerta se abrió otra vez.
Entró Federico.
Traía un ramo de rosas rojas del tamaño de un niño y la camisa mal abotonada.
Detrás de él, en el pasillo, entró Rubí.
Con un vestido color vino, el pelo negro suelto y una sonrisa preparada para el momento.
"Amor", dijo Federico.
Mi mamá se puso de pie.
Se paró entre él y la cama.
"No."
"Señora, por favor."
"No se acerca."
"Soy su marido."
"Lo fue hasta ayer."
Federico miró a los lados como si buscara público.
Después miró hacia mí, por encima de los hombros de mi mamá.
"Maite. Dime algo."
Lo miré.
Lo miré con calma, sin dolor, porque algo se había apagado en mí en la bodega.
Un interruptor.
"Fui a verte a la oficina", dije. "Hace dos semanas. Te pedí que cerraras tu cuenta personal para pagar la hipoteca de mi mamá."
"Maite..."
"Dijiste que no era el momento."
"Estaba en una junta."
"Y hace nueve días me secuestraron."
"Yo no sabía..."
"Lo oí. En altavoz. Dijiste que no ibas a pagar."
Un silencio pesado cayó sobre la habitación.
Rubí dio un paso al frente.
"Señora Maite, hay una explicación."
"¿Tú también estabas en la llamada?"
Se quedó quieta.
Una sombra le cruzó la cara.
Después recuperó la sonrisa.
"Estaba cenando con Federico. Fue un malentendido."
"Dile lo que me dijiste", musitó Federico.
Rubí tragó saliva.
Y él, en vez de callarse, se arrodilló junto a la cama.
Puso las rosas sobre mis piernas, con el papel crujiendo.
"Fue una lección, amor", dijo con los ojos húmedos.
"Pensé que eras tú quien lo había armado."
"Que querías asustarme para que te diera lo que pedías."
"Rubí me dijo que ya habías hecho berrinches parecidos."
"Y yo quería que aprendieras a no manipularme."
Rubí asintió en silencio.
Mi mamá soltó un sonido de asco.
Yo miré las rosas.
Estaban frescas, bien cortadas, con las espinas quitadas.
Todo en esa habitación era lo que él sabía hacer: dar flores sin espinas.
"Federico."
"Dime, mi amor."
"Me rompieron el dedo."
"Yo no lo..."
"Me cortaron el pelo. Me ataron cada noche. Me pegaron."
"Yo no ordené..."
"No pagaste."
"Iba a pagar. Esperaba una semana más. Rubí me dijo que..."
Levanté la mano.
El gesto me dolió, pero salió firme.
"Sal de mi cuarto."
"Maite..."
"Sal. Y llévate las flores."
Él me miró de rodillas, con las rosas todavía en mi regazo.
Rubí lo tomó del brazo.
"Vámonos, Federico."
Salieron.
Rubí, antes de cruzar la puerta, se volvió y me miró con algo parecido a la lástima.
Como si yo fuera quien había perdido.
Mi mamá cerró la puerta y puso el pestillo.
Por la ventana del pasillo, en la sala de espera, vi a Abelardo Zamudio de pie, con los brazos cruzados.
Entró despacio cuando mi mamá le hizo una seña.
"Señora Ballesteros."
"Dígame, licenciado."
"Hay algo que no le dije en la camioneta. Cuando usted quiera saberlo."
Lo miré.
Todavía tenía las manos vendadas, el cuerpo molido, el corazón en pedazos.
Pero en ese momento supe que el interruptor apagado en mí iba a volver a encenderse.
"Cuando yo quiera", dije.
Él asintió, dejó una tarjeta sobre la mesa y se fue.