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Solo por comprarle ropa, ¿es necesario divorciarte de mí?, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: Cuentas claras

Rhadamés defiende que solo fue ropa; Massiel, directora financiera, empieza a leer las cuentas de la empresa.

Milady llegó en veinte minutos, en pantuflas y con un abrigo de lana sobre el pijama de ositos.

Traía una botella de vino, una laptop, una libreta amarilla y tres paquetes de galletas saladas.

"Dijiste calculadora, pero yo soy más de datos", anunció, cerrando la puerta con el pie.

"Hola, Milady", dijo Rhadamés desde la cocina.

Ella lo miró de arriba abajo.

"Hola, Rhadamés. Me da pena decirte que no vine por ti."

"Ya me imagino."

"Pero igual te agradezco que estés en pantalones."

Él se puso rojo.

Yo oculté la sonrisa tras la copa.

Nos sentamos en la sala, ella y yo, en el sofá, con las rodillas encogidas.

Rhadamés se quedó de pie junto a la barra, con los brazos cruzados.

Respiraba como un toro.

"Massiel, esto es una exageración."

"Dime."

"Es una compra. No hay ninguna relación. Yenny es una empleada que se portó bien en un evento, le mandé un detalle."

"Un detalle."

"Sí."

"De lencería."

"De ropa. Era un conjunto."

"¿Y por qué la asistente te lo robó de las manos del mensajero?"

"No me lo robó."

"Gritó 'dirección equivocada' y casi se desmaya."

"Es nerviosa."

"Ajá."

Milady había abierto la laptop sobre las rodillas.

Tecleaba sin mirar.

"Rhadamés", dijo con dulzura. "¿Cuánto costó el conjunto?"

"¿Qué importa?"

"Curiosidad profesional."

"Doscientos cincuenta dólares."

"Con sostén, tanga y portaligas."

"Con... sí."

"¿Y quién lo pagó?"

Se quedó con la boca abierta.

Yo cerré los ojos.

La pregunta era el cuchillo más pequeño y más afilado que existe.

"Yo", dijo al fin.

"¿Con qué tarjeta?"

"Mi tarjeta."

"¿Cuál de las tres?"

"La..."

"La tuya, la mía o la de la empresa."

Se pasó la lengua por los labios.

"La personal."

"Qué raro", murmuró Milady. "Porque a mí me llegó una notificación de que en esa tienda hubo un cargo hace un mes con la de la empresa."

Rhadamés se puso pálido.

"¿Tú... tienes acceso?"

"Soy la abogada de la sociedad. Tengo acceso a las notificaciones por seguridad." Sonrió. "Gracias por preocuparte."

Dejé la copa sobre la mesa.

"Rhadamés", dije, con la voz más tranquila que tuve en la vida. "Te voy a explicar cómo va a funcionar esto."

"Massiel, por favor, no hagas una escena."

"No haré ninguna."

"Gracias."

"Voy a hacer una auditoría."

Se quedó mudo.

"Soy la directora financiera. Soy la accionista mayoritaria. Y todo gasto de más de quinientos dólares pasa por mi firma o por la tuya. Por eso, los que no pasaron por mi firma, pasaron por la tuya."

"No entiendo."

"Voy a revisar la contabilidad de los últimos veinticuatro meses. Cada centavo."

"No hace falta."

"Sí hace."

"Es un malentendido, amor."

"No me digas amor."

"Massiel..."

"Hay dos opciones", dije. "Esta noche, mañana, o cuando quieras, firmamos el divorcio de común acuerdo. Reparto de bienes simple, sin pelea. Tú te llevas tu apartamento de Bella Vista y tu carro, y yo me quedo con la empresa."

"¿Con toda?"

"Con el sesenta y cinco por ciento que ya tengo. El treinta y cinco tuyo se te compra a valor de libros."

"¿A valor de libros?"

"Sí."

"Eso es nada."

"Es lo que vale una empresa cuando la mitad de sus gastos son regalos."

Él abrió y cerró la boca.

"O", continué.

"O qué."

"O no firmas, nos peleamos, y yo hago la auditoría completa delante de un juez. Con peritos. Con facturas. Con nombres."

Rhadamés bajó los brazos.

"Estás amenazándome."

"Te estoy dando opciones."

"Es mi empresa también."

"Lo es. Hasta donde me alcanza el papel."

Hubo un silencio largo.

Milady masticó una galleta salada con un crujido decidido.

Rhadamés pasó la mirada de una a otra.

"No lo vas a hacer", dijo al fin, con una sonrisa temblorosa. "Me amas, Massiel. Llevamos cinco años. No vas a tirar todo por una caja de ropa."

Me puse de pie.

Caminé hasta él.

Me detuve a una distancia en la que podía contarle las pestañas.

"Rhadamés."

"Dime, amor."

"Hay una cosa que no te dije."

"¿Qué?"

"El martes, cuando me preguntaste por los sostenes sin aro, yo estaba feliz. Pensé: por fin entendió algo de mí." Le acaricié la solapa. "Y tú ya los habías comprado. Para otra."

Palideció.

"Me quedé con esa risa. Y no se me va a olvidar."

Retrocedí.

"Duerme en el cuarto de huéspedes. Mañana me llevo la llave de la oficina."

"No puedes..."

"Puedo."

Se fue hacia el pasillo con los hombros caídos.

Cerró la puerta del cuarto de huéspedes con un golpe suave.

Milady se limpió las migas de las manos.

"Tengo un par de cosas que decirte."

"Dime."

"La primera es que estuviste magnífica."

"Gracias."

"La segunda es que él va a tratar de convencerte por la vía fácil. Flores, lágrimas, su mamá." Se acomodó los lentes. "No cedas."

"No voy a ceder."

"Y la tercera es que me debes una botella de vino."

Me reí.

Y justo cuando iba a servirle, la laptop de Milady emitió un pitido corto.

Ella frunció el ceño.

Giró la pantalla hacia mí.

Era el acceso de solo lectura a la banca en línea de la empresa.

Una lista de movimientos.

Cada fila tenía una fecha, un comercio y un monto.

Pasé el dedo por la pantalla.

Estaba llena de líneas con el mismo concepto.

"Gastos de representación."

Todas con la tarjeta corporativa.

Y todas, sin excepción, con un nombre que ya conocía.

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