Su corazón de vampiro nunca latió por mí, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Cinco años
En su aniversario en el palacio, Abril y Alejandro se aman; él le regala una llave que abre una sala que ella nunca vio.
El Palacio del Sol Frío se alzaba al final del Valle Sagrado, entre terrazas incaicas, eucaliptos y picos nevados.
Una casona de piedra blanca, de cuatro patios y noventa habitaciones, con una torre del este que miraba al río Urubamba.
Yo vivía ahí hacía cinco años.
Cinco años exactos, esa noche.
"Tienes los ojos más lindos de todo el salón", me dijo Alejandro en el oído, mientras bajábamos la escalera.
"Tú dices eso en todos los aniversarios."
"Porque es verdad en todos."
Llevaba un traje negro con la camisa abierta en el cuello.
Yo, un vestido de seda verde oscuro que él había mandado traer de París, con la espalda desnuda hasta la cintura.
El gran salón estaba lleno.
Cien vampiros de la Corte del Sol Frío, en trajes de gala, bebían de copas de cristal tallado.
Ancianos de siglos.
Mujeres de belleza helada.
Jóvenes de sonrisa peligrosa.
Cuando entramos, todas las cabezas giraron.
Algunas con admiración.
Otras con una curiosidad que olía a envidia.
"La humana", murmuró una vampira de pelo rojo, a mi izquierda, sin bajar la voz. "Cinco años y el príncipe aún no se cansa."
Alejandro giró la cabeza.
No dijo nada.
Solo la miró.
La vampira bajó los ojos y se alejó, con las mejillas pálidas de vergüenza.
Me apretó la mano.
"Perdónalos."
"No es nada."
"Es mucho."
"Lo soporto."
"Lo sé." Me besó la sien. "Por eso te quiero."
Me llevó hasta el estrado.
Alzó una copa y la sala calló.
"Hace cinco años, en una noche de tormenta, encontré a una mujer que lloraba bajo la lluvia", dijo, con su voz de terciopelo.
"Le dije que la había buscado durante siglos."
Un murmullo de risas.
"Era verdad. Y no lo sabía todavía."
Me miró.
"Ella es Abril. Es mi alma gemela. Mi única."
La palabra me atravesó, como cada vez.
"Brindo por ella."
Los cien vampiros alzaron las copas.
Yo sonreí, con el corazón apretado en el pecho.
Pensé en la tormenta y en el altar.
Pensé en el hombre que me había echado de su vida y en la mano que me levantó del barro.
Pensé en todo lo que me había dado: una casa, un nombre, una luz.
Y en lo que había callado.
Dos años atrás.
La noche del ataque de los lobos.
Pero esa noche no tenía lugar en la fiesta.
Bebí un sorbo de champán, y guardé la memoria donde guardaba todas las cosas que dolían demasiado.
A medianoche, Alejandro me tomó de la mano y me sacó del salón.
"Ven."
"¿Adónde?"
"A nuestra habitación."
"Hay cien invitados."
"Que se las arreglen."
Subimos corriendo la escalera de piedra, riendo como dos adolescentes.
Abrió la puerta de un empujón.
La habitación estaba iluminada por velas.
La cama de cuatro postes estaba cubierta de pétalos de rosas blancas, y el balcón abierto a la noche fría del valle.
Cerró con llave detrás de nosotros.
Me atrapó contra la puerta.
"Tengo que decirte una cosa", susurró.
"Dime."
"Hoy me trajeron un regalo para ti."
"No quiero regalos."
"Es el último."
"¿Qué es?"
"Esto."
Me puso en la palma una llave pequeña, de bronce, con un sol grabado en la cabeza.
La miré.
"¿Para qué?"
"Para la puerta que quieras abrir."
"Las puertas de esta casa ya las puedo abrir todas."
Sonrió, enigmático.
"Casi todas."
No le pregunté.
Esa noche no quería preguntas.
Me bajó el cierre del vestido.
La seda verde cayó a mis pies.
Él retrocedió un paso y me miró entera, bajo las velas.
"Eres lo único que he amado", murmuró.
Se arrodilló.
Me besó el vientre, la cadera, el muslo.
Sentí la lengua fría en mi centro y me aferré a su pelo con las dos manos.
"Alejandro."
"Dime."
"No pares."
No paró.
Su boca me recorrió con una paciencia de siglos, lamiendo, chupando, hasta que mis rodillas cedieron.
Me vine con un grito, apoyada contra la puerta.
Me alzó en brazos y me llevó a la cama.
Se desnudó sin apartar los ojos de mí.
Su cuerpo era blanco, esbelto, fuerte, sin un vello fuera de lugar.
Se tendió sobre mí y me besó con la boca todavía mojada.
Entró despacio.
Los dos gemimos.
"Mírame", dijo.
Lo miré.
Los ojos dorados, el pelo negro caído sobre la frente, los colmillos asomando.
Empezó a moverse con embestidas profundas y lentas, con las manos sobre mi cara.
"Te quiero."
"Yo también."
"Dímelo otra vez."
"Te quiero, Alejandro."
Aceleró.
La cama crujió.
Me aferré a sus hombros y me arqueé hacia él, y el placer subió desde el vientre, en olas largas.
Él inclinó la cabeza hasta mi cuello.
"Hazlo", jadeé.
Me mordió.
Fue un dolor rápido, brillante, que se volvió dulce enseguida.
Me vine otra vez, temblando, mientras sentía su sangre fría mezclarse con mi pulso.
Él gimió en mi piel y se derramó dentro, con un rugido corto.
Nos quedamos abrazados, jadeando.
Su cuerpo no tenía calor, ni sudor, ni pulso.
Hacía cinco años que lo sabía.
Nunca le había oído el corazón.
Apoyé la oreja en su pecho, como siempre hacía.
Silencio.
Un silencio hondo, perfecto, de estatua.
"Algún día", susurré, "me gustaría oírlo."
"¿Qué?"
"Tu corazón."
Se quedó quieto.
"Los vampiros no tenemos latido."
"Lo sé."
"No te pierdes nada."
"Lo sé."
Me besó el pelo.
Por un segundo, en su voz hubo algo raro, una vibración apretada.
No le di importancia.
Pensé que era cansancio.
Dormí con la llave de bronce apretada en el puño.
A las cinco de la mañana, cuando desperté, la cama estaba vacía.
En la almohada, una nota con su letra elegante.
"Vuelvo en tres días. Asuntos de la Corte. Te quiero. A."
Miré la llave.
Y por primera vez, me pregunté qué puerta de esa casa seguía cerrada.